La moneda social, ¿una herramienta transformadora?

Grupo por la defensa del territorio del Alto Palancia

1. Entorno a algunas experiencias significativas en el ámbito cooperativista

Para analizar el nuevo fenómeno de la «moneda social», que se está introduciendo en la Península Ibérica y se ha extendido a lo largo y ancho del territorio, y cómo se ha formalizado esta propuesta para que pueda desarrollarse en nuestra comarca, tenemos que partir del análisis de los grupos promotores de dichas iniciativas: el Movimiento Decrecentista francés y la formación de la Cooperativa Integral Catalana (C.I.C.).

Por un lado, los decrecentistas franceses son los iniciadores a nivel europeo de este empuje cooperativista que está tomando forma bajo la influencia de Serge Latouche y otros pensadores menos conocidos, que reintrodujeron en la escena pública asuntos que tenían que ver con la necesidad de cuestionar la ideología del crecimiento sin límites y el desborde al que nos conduce. Muchas de sus ideas pueden parecer, en principio, atractivas, y así ha sido para el grueso del movimiento agroecológico, que necesitado de respuestas sencillas y convincentes, las han utilizado para formar el corpus teórico de estas prácticas en positivo, cuyo mayor exponente son las de las redes de ecoaldeas, grupos de consumo, la bioconstrucción, aunque no han sido los únicos. La revista progresista francesa más laureada, léase Le monde Diplomatique, o instituciones con tan poco talante transformador como la misma onu, se han sumado al carro en algún momento debido a lo superficial y fácilmente asimilables que eran las ideas generadas por dicha tendencia ideológica, pero sobre todo por el esquematismo general en el que son incluidas propuestas como la de la «moneda social», lo cual es prioritario valorar para entender cómo se llega a plantear esta iniciativa. Pues bien, esta atmósfera a analizar es la de «salir de la economía» sin un proceso de luchas y enfrentamientos previo, considerado no deseable. La fórmula consiste en apartarnos a un lado, crear islotes de autogestión y que se vayan reproduciendo, formando redes de gente dispuesta a practicar en positivo la autosuficiencia en el marco actual, para ir creando así la alternativa post-capitalista, como ya reza alguno de estos grupos. O lo que es lo mismo, salir del capitalismo sin un proceso de derribo, tan solo con la buena voluntad de un conjunto de «prosumidores» (productores/consumidores), nada nuevo bajo el sol.

Por otro lado, y refiriéndonos al interior de la Península Ibérica, no podemos olvidar la gran difusión que tanto la C.I.C. como los periódicos Podem y Rebelaos han realizado de estas propuestas. Ambos han sido los pioneros en introducir la herramienta de la «moneda social» en el ámbito cooperativista catalán, movimiento que ya empezaba a ser notorio unos cuantos años atrás, antes del «boom» de la difusión de la economía social en el resto de la Península Ibérica. En este periódico monográfico se fragua lo que llaman la alternativa cooperativista. En él se hace un llamamiento a que se generalice este modelo al resto del Estado con herramientas parecidas a las de la «moneda social», lo cual, nos dicen, será la base que permitirá esa «autogestión integral». No sabemos si el Ayuntamiento de Villarreal también se habrá irradiado con estas «perspectivas revolucionarias», ya que no ha tardado en formalizar su propia propuesta de «moneda social».

En este sentido, y por poner un ejemplo más consolidado a nivel europeo, en Toulouse, el Sol Violette (moneda social francesa) comenzó a andar en mayo de 2011. Desde sus inicios no ocultaron que debía ser complementaria con el Euro y que pretendía sustituirlo en un futuro, en un marco donde las «monedas sociales» ya estuvieran generalizadas, y tuvieran que ser los Estados los que dieran un paso al frente al hacer uso de esta nueva economía. Si vemos el vídeo promocional del Sol Violette, se nos explica que se han invertido 120.000 euros para que la moneda salga adelante y empiece a dar sus primeros pasos, bajo la colaboración del Ayuntamiento de Toulouse, un agente poco transformador para el entusiasmo emancipador que desprenden los protagonistas del vídeo.

A nuestro entender, los responsables en lanzar la iniciativa respiran un positivismo casi patológico (del de mirar hacia otro lado para que el problema desaparezca), generando la creencia de que si la gente se suma a la propuesta y el uso de la moneda se generaliza, la alternativa ya estará en marcha, borrando de un plumazo todo el proceso de conflicto, de lucha en defensa del territorio y por una comunidad libre, necesarios para que la gente podamos reapropiarnos del sentimiento de lo común y que las relaciones sociales se empiecen a entender de una manera diferente.

Dejando ahora a un lado el caso francés y analizando este fenómeno a un nivel general, iniciativas parecidas no son rechazadas, como ya decíamos, por los poderes locales (Villarreal, Barrio de Ruzafa, etc.). Es algo parecido a las propuestas de «bancos de tierras» realizadas por poderes municipales en estos últimos años de crisis, que permiten un lavado de imagen a los mismos que se han encargado de poner trabas al sentimiento colectivo e imponer un individualismo desmesurado en nuestros pueblos. Siguiendo esta línea, en poco tiempo estas propuestas serán asumidas también por los Estados, ya que sirven para que personas excluidas aguanten mejor una situación que en algún momento puede llegar a ser insostenible. Para constatar esta idea, en la página de la Xarxa Local d’Intercambi del Camp del Turia (promotora de los Ecos en el este peninsular) hemos encontrado la siguiente aseveración:

En otros países donde estos sistemas se han desarrollado bastante, el Estado ha ignorado también el coladero de impuestos porque esto ahorra al Estado el gasto en prestaciones sociales, o se llega a un acuerdo para proporcionar servicios al Estado. Nuestro punto de vista es que cuando el CES se haga grande, el Estado debería convertirse en un usuario del CES y participar en él con normalidad. De esta manera el Estado podría conseguir crédito por sí mismo a través de los servicios que proporciona a todos los miembros y cargar su débito al comprar los servicios de los usuarios del CES.

Afirmaciones parecidas podemos extrapolarlas a cualquier promotor de la «moneda social», incluso hay quien considera que la estabilidad económica de un país como Suiza se explica por el peso del wir en la economía nacional, argumento que aunque parezca exagerado sí que nos muestra cuales son los objetivos últimos de las «monedas sociales» en el ámbito europeo, estabilizar la economía del país en épocas de recesión.

2. El uso de Internet y el «ágora virtual»

La herramienta cibernética, o software, que necesita la moneda para registrar las operaciones se denomina ces. Cabe decir que es como un gestor centralizado donde deben inscribirse todos los intercambios o transacciones realizadas de modo que mantiene actualizado el estado en que se encuentra tu cuenta personal (ya se trate de un saldo positivo o en negativo). Su objetivo es aunar todas las «monedas sociales» del mundo permitiendo intercambios internacionales entre monedas de diferentes países.

El CES es algo parecido a una «comunidad virtual» cuando a la suma de los usuarios de todo el mundo se le quiere denominar «comunidad», hecho a nuestro juicio inadmisible de aceptar, ya que se está haciendo uso de un concepto de manera tan distorsionada, que coincide con la terminología que utilizan las «redes sociales» para nombrar a dichos espacios de interacción cibernética, lo cual ya tendría que haber alertado a más de uno, a excepción de los usuarios del asamblearismo cibernético, tan de moda últimamente, a los que desde luego les parecerá «normal».

Junto a esta globalización virtual de los intercambios, los argumentos defendidos van en la dirección de fortalecer los lazos comunitarios a un nivel local, pero nos preguntamos si realmente entienden lo que es el sentimiento de comunidad, ya que la sensación de comunidad o colectivo que ofrece Internet (ces, Facebook, Twitter…) es la consumación de la muerte de la comunidad real. Cuando hablamos de comunidad real nos referimos a la comunicación directa cara a cara, al sentimiento común de hacer las cosas en colectivo y de manera comunal. Todo ello en un marco lógico y humano, partiendo de lo local y utilizando el territorio como centro vertebrador de la vida humana. Y esto no es precisamente lo que fomenta Internet, sino que lo destruye, o más bien lo ha destruido y ha ocupado su espacio, ya que es la consolidación de su contradicción, uno de los factores de la desintegración de la vida rural. Por lo tanto, si lo que pretendemos es fortalecer los lazos colectivos nuestros fines deberían ir encaminados a recuperar, en la medida de lo posible, ese espacio agotado o destruido, que es el de las prácticas comunitarias e intercambios en un ámbito cercano, tal como se había hecho no hace tantos años en nuestro entorno, y así defender estos últimos vestigios casi extinguidos de una existencia razonable y lógica.

Este objetivo nos hace ver internet como una estructura poco imparcial, uno de los mayores soportes del mundo del Progreso y un elemento cuya existencia necesita del resto del mundo desarrollado para existir (velocidad instantánea, deslocalización, conurbación global, mercantilización…), por lo que pretender utilizarlo como una herramienta neutral no nos parece lo más correcto si lo que pretendemos es «transformar» la realidad, ya que posiblemente la estemos reproduciendo.

Internet es uno de los triunfos del nuevo modelo social imperante y por lo tanto una herramienta no deseable para una sociedad libre. Con esto no queremos ser dogmáticos, ya que en algún momento podemos hacer uso de él, pero este debe ser testimonial y para informar de la existencia de lo real, para nada más. Sin embrago, en el momento en que sustituye a iniciativas comunales o posibles instituciones colectivas, está contribuyendo a que el modelo social continúe con su reproducción, forjando un futuro de necesidad con respecto al sistema técnico vigente. [1]

3. Centralización asamblearia

Respecto a la manera en que se ha desarrollado la propuesta y el concepto asambleario que tiene el proyecto, habría que matizar algunas cosas. Es completamente cierto que desde el momento en que la moneda la asuma una región o comarca concreta se realizará de manera asamblearia y horizontal, pero: ¿Cómo ha llegado este producto más o menos creado a nuestras manos? Para nosotros un proyecto asambleario y autónomo debe de ser pensado, ejecutado y desarrollado por la misma asamblea según las necesidades más palpables. Estas monedas no se han difundido de esa manera, pues fue con el periódico Rebelaos que empezó a gestarse dicha iniciativa y a ser asumida por gran parte del movimiento agroecológico, que si algo ha demostrado es la falta de pensamiento crítico propio. El Rebelaos fue pensado por unas pocas personas (según tenemos entendido) y a la semana siguiente ya se encontraba difundido por la totalidad de ateneos y espacios del ambiente alternativo de toda la península, demostrando el carácter centralizado del proyecto (hoy en día aún podemos encontrar cientos de periódicos amontonados en los diferentes espacios del ámbito libertario). Además se han realizado hasta la fecha un sinfín de «cursos formativos» para instruir a personas que sirvieran de puente a su propuesta de «moneda social», y esta no nos parece la manera más horizontal de emprender un proyecto.

4. La transformación social y sus derivas

I.

La «moneda social» tiene como fin el desarrollo de una red de intercambios, tanto de saberes como de productos, y es precisamente esto lo que aparentemente puede influir a la hora de aceptar el uso de esta iniciativa a la gente de a pie. A primera vista resulta aceptable ya que es una idea interesante en cualquier situación de transformación social, pero debemos plantearnos algunas cuestiones que nos doten de una perspectiva más amplia de la que nos proporciona el pensamiento decrecentista. ¿Es necesario utilizar una moneda social centralizada para realizar intercambios?, ¿a quién beneficiará todo este «boom» que se ha creado en el mundo alternativo con las propuestas entorno a la economía social?, ¿nos lleva esta práctica a salirnos del capitalismo, como están vendiendo Enric Duran y sus acólitos, o tan solo es una manera más de buscarse la vida?

Muchas preguntas quedarán en el tintero sin una respuesta clara, ya que en muy pocas ocasiones se desarrolla un proceso de reflexión y debate ante cuestiones primordiales. Es un poco desmoralizante ver cómo ha calado un discurso tan facilón en el movimiento agroecológico, quien falto de estrategias bien orientadas ha optado por sumarse a la «gran propuesta» antes del avance del colapso, sin darse cuenta de que «productos» redentores de este tipo tan solo pueden triunfar en momentos de debilidad, en una sociedad que ya se hunde por su propio peso.

II.

El desarrollo de la idea de reapropiación nos parece más que interesante y debería ir unido al debate de cómo puede desarrollarse un proceso de recuperación de prácticas comunitarias. Desde hace muchos años este es uno de los grandes debates que ha existido en los círculos desde los que se plantea la emancipación, y que creemos no debe ser resuelto con soluciones mágicas que tan solo vayan orientadas a «apartarse a un lado y obrar en positivo», ya que esta opción, aunque no deje de ser necesaria, debe de ir unida a un espíritu de defensa y resistencia con respecto al ataque capitalista con el territorio, si no quiere ser un movimiento aplastado en el primero de los combates. Aunque queremos advertir que no es apropiado vender la moto a nadie cuando entramos en el debate de las «alternativas», ya que el escenario puede llegar a ser muy complicado en los próximos años para los que pretendemos trabajar políticamente desde lo rural.

En este sentido son bastante esclarecedoras las palabras de Guy Bernelas, quien incide en que «toda la buena voluntad del localismo, ya se refiera a la reterritorialización de la economía o a la reinvención de una democracia de proximidad, solo puede llevar a realizar su simulacro. Latouche fracasa en su intento de definir con claridad la diferencia existente entre «la impostura del desarrollo local o regional» subvencionado por Bruselas, y la «revitalización del mantillo local» a iniciativa de sus habitantes. La debilidad del razonamiento […], se encuentra en la exposición de los medios según los cuales debería nacer y extenderse esta revitalización […], y no hemos visto que los SEL (sistemas de trueque locales) se hayan extendido demasiado, sino que, por el contrario, han desaparecido por hastío en las cuentas o por integración en los sistemas de asistencia municipales […]. Hay que creer que de hecho se trata de una llamada tácita a la benevolencia del Estado, para que permita que se desarrolle esta economía informal […]. El Estado democrático del cual se considera buen ciudadano será susceptible de interesarse a su vez en las ideas alternativas de este buen ciudadano, y de darle la espalda a la globalización, a las empresas multinacionales, a las industrias de la química y el transporte, etc., o al menos de simularlo» [2].

Por lo tanto preferimos un pensamiento que tenga en cuenta las futuras acometidas que los poderes locales y nacionales llevarán a cabo contra proyectos autogestionarios que pretendan salir en la medida de lo posible del capitalismo o que pretendan enfrentarse al desarrollo, que no vender un producto con manual de instrucciones incluido, en el que se explica sencillamente lo fácil que es escapar del sistema.

Quizá la vuelta a lo rural tan preconizada, no sea tan fácil como parece [3], ya que el panorama de los pueblos en la actualidad no es nada alentador (envejecimiento de la población, pérdida de conocimientos, urbanización, etc.), y en los futuros años, el despoblamiento masivo de las ciudades puede provocar un estado de conflicto continuo para apoderarse del poco entorno fértil que quede, que sin duda derivará en ocupaciones de tierras, destrucción de recursos y sobre explotación de bosques y suelos, acompañados de episodios de violencia entre «autóctonos» y «foráneos» que podrían poner en juicio el debate de la propiedad de los primeros al ser llevada esta a la cruda supervivencia, situación que se verá agravada mientras la gestión del territorio continúe en manos municipales, autonómicas, y/o estatales, en vez de en las de unos habitantes organizados que pudieran plantear estos problemas desde lo real e igualitario, dando una, en cualquier caso difícil y limitada, respuesta al problema.

En este sentido no habría que desechar las alternativas surgidas desde los márgenes en las ciudades y no solo en lo que respecta a comunidades que tomen en consideración la cuestión de su propio autoabastecimiento, sino en la medida en que estas afronten la reapropiación y gestión de sus propios recursos unidas al cuestionamiento del orden social vigente. Prueba de ello es el nuevo marco jurídico que está preparando la ue entorno a la prohibición de las variedades autóctonas y demás restricciones, que imposibilitan y ponen en el punto de mira una futura autogestión del sustento y que nos hacen ser un poco más cautos al plantearnos estas cuestiones venideras.

Aún con todo creemos que es necesario mojarse en este debate y hablar de nuestros deseos, sin ganas de entrar en el terreno de la profecía, que nos convierta en jueces inapelables de lo que viene, dictaminando si es posible o no la destrucción del régimen capitalista. Es cierto que nos repele la palabra «alternativa», al haber sido tan manoseada por el espectro alterglobalizador y haber ocupado su nicho político dentro del régimen de dominación que nos aborrece con lo ecológico, verde, sostenible, alternativo, etc. Diferentes foros sociales y organizaciones poco transformadoras como por ejemplo Attac se han encargado en difundir un pensamiento como el de «Otro mundo es posible» defendiendo a la par un estatismo argumental declarado bajo el manto de la crítica al neoliberalismo. Pero todo esto no quita que tengamos una opinión propia respecto a la necesidad de trabajar en cuestiones que denominamos «positivas». Nuestro debate nos ha conducido a tomar una posición en la que caben las dos vías y ambas deben ir a la par y ser igual de necesarias, pero siempre si tienen como fin la crítica total al capitalismo y su vida industrializada. Son importantes todos los procesos de abastecimiento que nos puedan proporcionar poco a poco una incipiente autosuficiencia, y lo que es más importante, el aprendizaje colectivo de saberes necesarios para enfrentarnos a nuestra desposesión actual en la que cada minuto que pasa corre en nuestra contra. Los huertos comunitarios, los grupos de consumo (preferimos claramente los que buscan la autosuficiencia que los de compra-venta ya que mantienen un entramado de microempresas y autoempleos que no se alejan demasiado de las prácticas capitalistas), la recuperación de faenas colectivas; son pasos necesarios a dar si queremos recuperar esa comunidad necesaria cuya existencia depende en parte de estos factores necesarios para un proceso de reconstrucción.

III.

La cuestión económica debe también estar en los primeros lugares de la crítica, por eso consideramos importantes unas perspectivas iniciales que pueden identificarse, como nuestra propuesta en lo referido a cómo funcionaría un proyecto de autoconsumo. Para empezar habría que poner en común a los vecinos para ver qué posibilidades hay de producir lo que se necesita en un ámbito concreto, después, y contemplando estas posibilidades, se podría ampliar el ámbito de intercambios, con las comarcas cercanas o regiones próximas, para paliar la falta de productos básicos que no pudieran ser generados a nivel local. En esta situación habría que plantearse, como mucho, y en un punto del proceso muy avanzado, si se necesita algún tipo de vale local, descentralizado y autónomo, a la hora de realizar algún intercambio, pero nada más. Y este sería de ámbito local y generado por dicha comunidad, como evidencian los ejemplos concretos para nuestra comarca que históricamente se han dado: el médico, al que se le pagaba la iguala, que primero se daba en especie y más tarde en dinero; el molinero, con la maquila (un kilo por fanega o tres cuartillos); o el hornero que cedía el horno para que la comunidad amasara sus panes, con el pan de poya que se le dejaba, de ahí el nombre que recibían de hornos comunales, o de poya, los cuales llegaron a ser propiedad de los vecinos hasta que pasaron a manos particulares, y en los que aún con todo seguía acudiendo la gente a amasar. Al barbero de El Toro se le pagaba anualmente con trigo, y como dato podemos encontrar el de un huevo por dos sardinas. En Matet, dos huevos por tres sardinas, lo cual es lógico ya que el valor solía incrementarse si existía desplazamiento. En algunos pueblos como Gátova se pagaba con fascaljareta o trenilla de esparto, del de las esparteñas, que se utilizaba en agricultura para atar ramucha y aliagas que posteriormente se llevaban para encender el horno. El pelejero, que recogía las pieles de los conejos, cambiaba estas por mixtos o agujas para coser, siendo también muy significativos los casos de una barcilla de trigo por un cuarterón de aceite, el peso de garbanzos por el peso de alubias donde estas no se producían y viceversa, una olla por su capacidad de aceite, una cesta por lo que quepa en ella de patatas… Sacañet cambiaba los garbanzos a Soneja por cebollas. Todo ello sin olvidar la ayuda mutua en las faenas del campo, la casa, o el municipio entre familiares, amigos y hermanos, lo que se traduce en un fuerte tejido social en el que predominaban las relaciones personales directas, desde lo local a lo comarcal, y no al contrario (de lo global a lo particular), y donde la necesidad imponía que el dinero jugara en la mayoría de los casos un mero valor residual [4].

Con ello no pretendemos idealizar el pasado ni vender una posible vuelta a este como si tal perspectiva tuviera algún sentido lógico. Tan solo nos sirve en la medida que nos permiten conocer formas de vida que han sabido autorregularse sin la influencia de una economía separada. Por eso nuestro planteamiento pretende ser sencillo, se trata de entender cómo podríamos regular nuestras necesidades en un ámbito concreto sin la necesidad de recurrir al mercado ni a la producción industrial en la medida de lo posible. Entendemos que el modelo que se ha vivido hace años en nuestra comarca, no era la panacea, ya que el intercambio cuantitativo presupone la propiedad privada y se puede decir que es una manera de cuantificar precapitalista; pero si esto lo unimos a un sentimiento de comunidad que fortalecía el intercambio sin retorno y la donación entre el vecindario, así como la costumbre de trabajar en común cuando las faenas requerían de más manos para su finalización, obtenemos una visión interesante que debe ser tenida en cuenta para posibles proyectos emancipatorios.

Volviendo a la cuestión de si dichas prácticas pueden suponer un acto de ruptura o transformación pensamos que, nunca aisladas del resto de comportamientos planteados, puesto que por sí solas no comprometen nada, sí que cumplen su cometido en la medida en que refuerzan las relaciones directas y el sentimiento de comunidad, lo cual, insistimos, sin caer en un reduccionismo a dichos aspectos, resulta al menos alentador para los tiempos que corren, en los que la fragilidad del tejido social se muestra obvia precisamente por su ausencia.

IV.

La «moneda social» funciona al revés: se crea, ya sea de modo cibernético, como hemos indicado antes, o se invierte una cantidad importante de dinero para acuñarla, como se ha hecho en otros lugares hasta ahora; y después pretende generalizarse el uso de las prácticas colectivas aunando intereses individuales con la comunidad virtual, a la cual deberás destinar tu esfuerzo para equilibrar tu parte del intercambio. En primer lugar, con esta relación no se generan lazos comunitarios ni nada por el estilo, a no ser que se considere como comunidad al global de operadores que interactúan por Internet, por lo tanto dicho argumento cae por su propio peso. En segundo lugar, no solo se establece el interés individual de partida por encima del colectivo, sino que es este el que prevalece y determina el resto; más que una simbiosis entre ambos, denota una marcada influencia del primero sobre el segundo.

Además, si vemos el espectáculo generado en Toulouse con el Sol Violette y que las cooperativas españolas han utilizado en sus jornadas como referente, tan solo podemos ser muy escépticos con estas propuestas.

Por tanto sería triste que nuestros esfuerzos fueran utilizados por la falsa conciencia y por opciones políticas cercanas a ese «espiritualismo ciudadanista» que roza lo reaccionario, cosa que no parece nada complicada. Retomando al autor de El manto de Medea: «El verdadero interés del Estado reside más bien en el mantenimiento respetuoso de la confusión ciudadana en la cual participan tanto la idea de decrecimiento como el anuncio de este movimiento social […]. Ocuparse de los asuntos de la comunidad y del territorio en el que vivimos, o bien retomar una actividad de producción que sea realmente económica, significa en la práctica desear el final del Estado».

 

Notas

1. Para ahondar en la cuestión de la rendición de la cultura humana a la tecnología recomendamos la lectura de Langdon Winner y Neil Postman, dos autores que en cualquiera de sus obras esbozan una crítica interesante a los cambios que la tecnología provoca en las facultades sociales de los humanos.

2. Bernelas, Guy. El manto de medea. Muturreko burutazioak. Bilbao. 2008.

3. Queremos recomendar el texto “Fe de erratas: la agitación rural frente a sus límites” de Marc Badal, publicado en la revista Raices nº4 que nos ha servido para aclararnos en algunas cuestiones importantes y creemos que su lectura puede aportar mucho a quién pretenda plantearse la acción política desde lo rural.

4. Los datos de este apartado han sido extraídos del libro A escullar, de Manuel Gil Desco y Rafael Benedito Fornas, en el que podemos encontrar otros muchos antecedentes interesantes y significativos sobre nuestra historia reciente; y los hemos utilizado porque creemos que manifiestan, por sí mismos, sin necesidad de más teorías y palabras, aquello que queremos expresar.

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3 responses to “La moneda social, ¿una herramienta transformadora?

  1. Retroenllaç: La moneda social se extiende de la mano de la autogestión | Red de Intercambio Solidario Saja·

  2. Retroenllaç: La moneda social se extiende de la mano de la autogestión | Red de Intercambio Solidario Saja·

  3. Retroenllaç: MONEDAS SOCIALES: prosperan las redes de intercambio libres y autogestionadas | Liberación AHORA·

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