Interrogantes sobre el cenit del petróleo

El artículo de José Ardillo, «Interrogantes sobre el cenit del petróleo», nos introduce en los cauces y remolinos que el más que probable agotamiento del crudo o peak oil abre tanto en el proceso de acumulación capitalista, dinamitando a la menor oportunidad el mismísimo régimen del «bienestar», como en cada uno de nosotros. Y lo hace sin tratar de vendernos ilusiones o recetas voluntaristas, lo que es de agradecer. Tampoco es amigo de anteponer escenarios apocalípticos para captar nuestra atención. Muy al contrario, su escrito es capaz de responder a multitud de preguntas simplemente abriendo otras nuevas. Ardillo, seudónimo de Toni García, cofundó el colectivo ya extinto Los amigos de Ludd, es autor del libro de ensayos Las ilusiones renovables. La cuestión de la energía y la dominación social (Muturreko burutazioak, Bilbao, 2007) y de la muy congruente novela de anticipación El salario del gigante (Pepitas de calabaza, Logroño, 2011).
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Argelaga 1.

Atravesamos una época de gran incertidumbre en todo lo que concierne la cuestión del futuro de la energía. Hace cien años, la era del petróleo no hacía más que comenzar, tenía un gran futuro por delante, enormes espacios por explorar y numerosos pozos que perforar. Eso sí, un «gran futuro» relativo ya que la edad de esplendor del petróleo no habrá sido más que un breve parpadeo en la historia de la humanidad, por no hablar de la historia geológica.

Desde hace más de una década comenzó, como se sabe, la guerra de la información en torno al agotamiento del petróleo. Desde entonces han aparecido numerosos libros, artículos, blogs y notas de prensa que abordan la cuestión desde diferentes perspectivas. Hacer un recuento, aunque fuera sumario, de esta controversia excedería nuestras capacidades así como los límites de este artículo. Nos conformaremos, por el momento, con la formulación de algunas dudas e interrogantes que nos salen al paso.

Como ustedes saben, el problema del agotamiento del petróleo se ha dado a conocer a menudo como «peak oil» (pico o cenit del petróleo), «Hubbert’s peak» (pico de Hubbert), «techo del petróleo», «depletion» (agotamiento), «fin del petróleo barato»… fórmulas todas ellas que se traducen, según los especialistas, en un fenómeno de colisión o choque entre las reservas de petróleo y las expectativas industriales y comerciales de explotación. Lo que ha inducido a varios autores a hablar de «fin de la fiesta», «larga emergencia», «crepúsculo trágico», etc. En la versión más simplificada de este fenómeno, la extracción de petróleo para una zona dada alcanza un máximo productivo –el cenit o pico– a partir del cual se inicia un declive inexorable. Ahora bien, expresado de una forma tan abstracta, esta definición no nos aporta información alguna que sea interesante. Y ahí reside el problema: el agotamiento del petróleo requiere de un contexto muy preciso sin el cual no sabemos de que estamos hablando. El geofísico M. K. Hubbert, que trabajaba en los años cincuenta para la compañía Shell, advirtió que la evolución en la explotación de un yacimiento petrolífero se podía describir gráficamente con una curva en forma de campana: tras un momento breve donde la producción alcanza su culmen, lo que ocurre aproximadamente cuando se ha agotado casi la mitad de la reserva, la producción empieza a declinar. En 1956, Hubbert se sirvió de un modelo predictivo estadístico que le permitió anticipar el declive de la producción de petróleo en Estados Unidos. Este declive comenzó de hecho en 1970, como Hubbert lo había previsto. Ese es el contexto: la industria petrolera estadounidense, los años 1956-70, el subsuelo norteamericano, las tecnologías extractivas de aquella época, las conductas mercantiles y las políticas fiscales de entonces, sin olvidar, claro, el escenario mundial de aquel momento. Años más tarde Hubbert aplicaría su modelo a la industria mundial del petróleo, previendo su cenit al rededor del año 2000.

Nosotros, que estamos lejos de ser economistas, geólogos, científicos o especialistas de ningún tipo, simplemente tomamos el periódico, leemos y nos preguntamos: cuando se habla del cenit del petróleo, ¿de qué se está hablando en concreto? ¿Se refieren a un milagro de la geología o a un comportamiento rutinario de la industria extractiva? ¿Tiene algo que ver con las decisiones de los magnates del petróleo, los ministerios de energía, los corredores de bolsa? ¿Se trata de geoestrategia o de quiromancia? Según el historiador y consultor Yerguin, vivimos en la Edad del Hombre de Hidrocarburo, ¿quiere decir eso que nuestro Hombre agotará el recurso fósil que le hace ser lo que hoy es para pasar a ser otra cosa? ¿Cómo será ese paso y a dónde le conducirá?

Estos interrogantes podrían parecer ociosos pero provienen sobre todo de la incertidumbre producida por el anuncio de un acontecimiento donde se mezclan innumerables vectores. A veces hemos tenido que escuchar versiones extremadamente simplificadas o abstractas que parecen hablar de un «peak oil» unidimensional, aislado de los mil factores en donde se desenvuelve la evolución de la sociedad y la economía.

Antes de nada, tenemos que decir que todos los aspectos que conciernen al «peak oil» (geológicos, industriales, técnicos, financieros, fiscales et alia) están necesariamente sometidos a uno solo: la política. Lo que realmente importa en la evolución de la producción y consumo del petróleo es como la sociedad industrial y, por tanto, Estados, instituciones, grandes capitales, van a desplegar estrategias para encajar los cambios que se avecinan a medida que los yacimientos de distintos países vayan perdiendo su capacidad productiva. No podemos ver simplemente el cenit del petróleo como un acontecimiento que viene, como algo que se le impusiera a la sociedad desde el exterior. La evolución de la economía, la explotación de combustibles y materias primas, está ligada a los caminos tomados por las sociedades en las que vivimos. Por otro lado, cuando se habla a escala del planeta y de una fuente de energía como es el petróleo que está hoy en la base de toda actividad humana, no podemos abordar el «peak oil»como un fenómeno aislado del conjunto.

Los detractores de Hubbert le han reprochado a menudo que intentara extender su modelo a la totalidad del planeta. Según ellos, para Hubbert era relativamente sencillo hacer una evaluación de las reservas petrolíferas de su país, así como tener una idea bastante clara del comportamiento de la industria, la evolución de los precios, etc. Pero, ¿cómo trasvasar dicho modelo al mundo sin tener un conocimiento cierto de las reservas de países que guardan celosamente sus datos? ¿cómo prever el comportamiento de una industria que podría tomar caminos diversos como perforar a gran profundidad, llegar a zonas antes descartadas, buscar los petróleos no convencionales como las arenas bituminosas, asfálticas, etc.? ¿cómo pasar por encima de otros factores como la evolución de las técnicas extractivas, las crisis económicas que inciden en el consumo, la especulación sobre los precios, las guerras, los desastres ecológicos y la alarma conservacionista? En su libro Hubbert’s Peak. The Impending World Oil Shortage (2001), su autor, Kenneth S. Deffeyes, haciendo gala de un humor republicanoide, y refiriéndose a las predicciones de Hubbert para los Estados Unidos insistía, a pesar de la posible incidencia de factores externos de todo tipo, en la validez del método hubbertiano: «adviértase que la curva de la producción existente en los Estados Unidos ya incluye los efectos de la Gran Depresión, dos guerras mundiales, y Jimmy Carter.»

De acuerdo, pero ¿y las predicciones a escala global?¿Se cumplirá inexorablemente el modelo predictivo de Hubbert? ¿Llegaremos al final de la curva descendente de la campana o, por el contrario, la industria mundial ha anticipado ya el recambio y se prepara para abandonar la extracción sin importarle si queda más o menos petróleo en los yacimientos? ¿Cuál es el comportamiento lógico o deducible de una industria cuando hablamos a escala del planeta y nos referimos a un recurso estratégico como es el petróleo? Es ahí donde se pone en juego la cuestión. Lo de menos es buscar la brillantez de un modelo predictivo, su grado de acierto. Lo que realmente importa es el sentido histórico y social que estamos dando a la cuestión del agotamiento de los recursos fósiles. Cuando miramos el problema desde la perspectiva mundial lo que debe preocuparnos es como la sociedad industrial está transformándose a medida que avanzamos en el desgaste de combustibles y materias primas.

En el año 1970, un ciudadano medio norteamericano, poseedor de un vehículo utilitario, podía vivir en completa ignorancia del declive que se estaba dando en la producción de petróleo de su país. El mismo gobierno podía permitirse el lujo de asistir pasivamente a este declive ya que su poder militar y financiero le aseguraban la provisión de petróleo a bajo precio en los países árabes y en otros lugares. Desde luego, dicho declive no podía pasar sin consecuencias y a lo largo de los años posteriores las repercusiones se harían notar. En cualquier caso, el gobierno norteamericano… ¿estaba dispuesto a elaborar una estrategia que le sacara de su dependencia para con el petróleo? En absoluto. A partir de los años setenta, muchos países industrializados realizaron esfuerzos considerables para encontrar nuevos yacimientos de petróleo fuera de los países pertenecientes a la OPEP. Reino Unido y Noruega comenzaron a explotar las profundidades del Mar del Norte y los Estados Unidos no dudaron en buscar el petróleo a mayor profundidad en el Golfo de Méjico o en Alaska. La llamada escasez energética de los años setenta no estimuló más que superficialmente el desarrollo de otras fuentes de energía que pudieran sustituir al petróleo y, por lo que respecta a la movilidad y el transporte, con la excepción tal vez de Brasil, ningún gobierno se planteó seriamente disminuir su dependencia del petróleo. Este primer «choque» petrolero de los años setenta no sirvió en ningún caso de aviso para las clases políticas ni para los financieros, si exceptuamos los gestos vacíos, como la fotografía de Schumacher y Jimmy Carter en la Casablanca, con un ejemplar de Small is Beatiful. En aquella época se habló mucho de energías «libres» y «limpias», pero entonces apenas tuvieron un despegue industrial o comercial significativo. La experiencia piloto de los años setenta nos sirve para ver, por un lado, como los intereses de la industria petrolera tienen un enorme peso sobre las decisiones políticas y, por otro lado, para constatar que el petróleo entonces, como ahora, resultaba una sustancia endiabladamente difícil de sustituir dentro del funcionamiento de un régimen económico mundial que, en sus grandes rasgos, sigue siendo el nuestro.

¿Qué enseñanza o lección podemos sacar hoy de este ejemplo con respecto a la controversia sobre el agotamiento del petróleo? La más evidente es que hoy los gobiernos e industrias no pueden permitirse el lujo de quedarse sentados esperando que llegue el famoso cenit del petróleo. Hoy los países desarrollados no pueden ir a buscar petróleo en otros lugares que no estén dentro de este planeta. ¿Se estaría llegando a los límites? Es ahí donde está la dificultad de concebir el modelo de agotamiento de Hubbert a escala del planeta. Hoy estamos asistiendo a un sinfín de fenómenos contradictorios en el mundo de la economía y de la industria [1]. Para algunos esto es el signo de que el recambio, la «transición energética», se prepara. Para otros, son los anuncios de una crisis profunda e inminente. Sabemos que, en efecto, la producción de algunas naciones ha entrado en declive: Indonesia, 1996, Reino Unido, 1999, Méjico, 2004… Se dice que tal vez Arabia Saudí habría alcanzado ya el techo de su producción.

Aquí empieza realmente la controversia. Para los escépticos del «peak oil» dos cosas son claras. Lo primero es que queda mucho más petróleo de lo que los «hubbertistas» estiman. Por tanto, no estamos ante una situación de emergencia. Y lo segundo: estas reservas de petróleo dejan tiempo suficiente para un «descenso» suave y razonado. La economía mundial sabrá adaptarse en las próximas décadas a un nuevo régimen energético: no será el petróleo, pues, el que nos abandone, será la sociedad industrial, con nuevas tecnologías y nuevas estrategias, la que abandonará el petróleo definitivamente. Los argumentos más economicistas insisten en que los mismos mecanismos financieros expulsarán gradualmente del mercado al petróleo e introducirán otras formas de energía que están ya en nuestro horizonte: biocombustibles, hidrógeno, carbón líquido. Y todo ello en base a una nueva automovilidad impulsada por la electricidad o el gas. Será una nueva época que ya se prepara.

Por el contrario, los defensores del «peak oil», en su versión lúgubre, hablan de un declive global de la producción que ya se ha dado, o que se dará dentro de muy poco, y que tomará por sorpresa a las naciones desarrolladas. Es decir, que el ritmo de extracción y producción no bastará para satisfacer una economía que, en ningún caso, habrá sabido dar los pasos para salir de su dependencia del petróleo. Los precios subirán vertiginosamente, lo que podría paralizar todo el sistema o llegar a situaciones de una tremenda tensión bélica. Será una nueva época, pero más bien de terror y miseria.

De un lado, los optimistas consideran que el mismo mercado y la iniciativa de los gobiernos están ya reubicando las necesidades energéticas. Que aún tenemos por delante cuarenta o cincuenta años para aflojar nuestra dependencia y reorientar la economía hacia la llamada sostenibilidad.

De otro lado, los hubbertianos pesimistas advierten que la sociedad industrial sufrirá un contundente descalabro por que los mercados continúan bombeando petróleo a toda mecha sin que las propuestas de recambio se consoliden.

Los fanáticos de la maquinaria económica tienden a pensar que los servicios y necesidades se modifican y se adaptan en función de la ley de la oferta y la demanda y en función de los precios. La plasticidad de la economía cubre todo su campo de visión. Es lo que les hace pensar que antes de 1973, antes de la primera crisis relacionada con el petróleo, con los precios y los mercados de aquella época, ningún gobierno habría pensado seriamente en dedicar hectáreas de terreno al cultivo de los agrocarburantes, o a desarrollar el automóvil eléctrico, o a cultivar algas como posibles combustibles. Todo ello quedaba fuera del campo económico de lo posible y deseable. Hoy se espera que las energías renovables puedan llegar a contribuir pronto con un 20 % a la producción eléctrica mundial. El precio del kilovatio nuclear sube cada vez más y esto hace que, por ejemplo, el kilovatio eólico empiece a ser rentable. Con los precios del diésel ocurre lo mismo: tal vez dentro de un tiempo el galón de bioetanol será competitivo. Para muchos economistas e incorregibles optimistas, la famosa transición energética se está dando ya por que la plasticidad del mercado empieza a hacerlo real. Para estos analistas el agotamiento físico del petróleo es un fenómeno secundario, lo que cuenta es la fe en la libertad de los mercados para que puedan encontrar nuevas vías, nuevos materiales, nuevos servicios. La creatividad del capitalismo está, según ellos, más allá del petróleo y más allá del cualquier recurso concreto. Nada es insustituible y toda forma de explotación no es sino un paso para seguir avanzando hacia nuevos sectores de la actividad económica.

En fin, podemos llegar a admitir, con estos optimistas y entusiastas, que las reservas de petróleo son mayores de lo que los hubbertianos estiman. Concedámoslo por mor de la discusión. Pero la cuestión fundamental sigue ahí. ¿Por qué? Por que todo parece indicar que la transición energética, tal y como la proclaman economistas, periodistas y observadores, no se está produciendo. Es en este punto donde los hubbertianos podrían acumular argumentos a su favor, como en sus intervenciones más acertadas suelen hacer.

Pensar que el mercado, como un ente divino, podría encontrar siempre sustitutos al petróleo es igualmente caer en un juego de espejismos y abstracciones enormemente peligrosas. Tal vez el «peak oil» mundial, tal y como a veces lo difunden algunos comunicadores, sea una quimera, un reclamo para medioambientalistas ingenuos, como lo es la propaganda de Al Gore sobre el calentamiento global. Pero sin duda la transición energética pacífica, resultado de la sabiduría involuntaria del mercado, es una quimera mayor, y mucho más amenazante.

De hecho la prensa diaria nos ilumina suficientemente sobre los obstáculos grandiosos que las estrategias de recambio energético están encontrando a su paso. No hace falta leer entre líneas: la verdad salta a los ojos. En primer lugar vemos como la economía de los combustibles fósiles se resiste desesperadamente a morir [2]. Leemos, por ejemplo, que en uno de los yacimientos de petróleo descubiertos recientemente en las costas de la Guyana, la industria está dispuesta a llegar a más de 6.000 metros de profundidad para extraer el preciado fluido. Pero algunas plataformas del Golfo de Méjico lo hacen a más de 10.000… Cuesta representarse algo así, pero sucede. El procedimiento es caro, costoso, dañino, pero eso no detiene a las empresas y Estados. Hoy se piensa seriamente seguir extrayendo petróleo en grandes cantidades a partir de las arenas asfálticas [3] y de los «petróleos pesados», de nuevo un procedimiento caro y con un coste medioambiental enorme. China aspira a aumentar su parque automovilístico y para ello no dudará en explotar el petróleo allá donde yazca [4]. Se piensa codiciosamente en zonas del Ártico [5], en el Mar de China, en el Caspio…

Sorprende leer un reportaje publicado recientemente en el New York Times. Según este periódico los Estados Unidos han iniciado, en los últimos años, una escalada para recuperar su vieja capacidad productiva. Es una especie de nueva locura petrolera que se está produciendo en el Estado de Tejas. ¿Volverán los buenos años? Citamos: «En 2011, los Estados Unidos no han importado más que el 45% de los carburantes líquidos que han consumidos, mientras que las importaciones de petróleo han alcanzado el porcentaje récord de 60% en 2005.» Según el rotativo las políticas de Bush, que Obama habría continuado, la evolución de las tecnologías, la situación de los precios, el descenso del consumo de gasolina, entre otras causas, estarían operando un verdadero milagro. Citamos de nuevo: «La producción nacional de petróleo, que conoció una caída regular, pasando de 9,6 millones de barriles por día en 1970 a 4,95 millones de barriles por día en 2008, ha vuelto a subir en el curso de los últimos cuatro años hasta situarse en una cantidad al rededor de los 5,7 millones de barriles por día. El ministerio de Energía estima que la producción diaria podría ponerse cerca de los 7 millones en 2020. Algunos expertos creen incluso que la producción podría llegar a los 10 millones de barriles por día –lo que colocaría a los Estados Unidos casi al mismo nivel de Arabia saudita.» Evidentemente, estas cifras tienen el hogareño sabor del cuento de la lechera. No queremos señalar, de ser creíbles dichas estimaciones, lo que esto significaría para las perspectivas hubbertianas, pero nos sirve para insistir en la complejidad del fenómeno del agotamiento del petróleo. En cualquier caso, el reportaje señala que todas estas nuevas perforaciones, ligadas a las relacionadas con el gas de «esquisto» han lanzado el territorio tejano a una nueva fase de especulación y destrucción ecológica. Lo que era previsible.

Este reportaje sobre el «renacimiento» de la producción petrolera norteamericana ha venido acompañada de diversos comentarios. En las páginas digitales de Crisis energética hemos podido leer este verano pasado la respuesta más contundente. El artículo en cuestión, titulado «¡Que siga la fiesta, el Peak Oil es un mito!» es valioso tanto por la información que aporta como por su orientación crítica. En efecto, su autor se ocupa de contrarrestar la ola de optimismo interesado que ha generado esta supuesta recuperación de la producción norteamericana. Parece que ciertos medios de información han dado por zanjada la cuestión del cenit petrolero, posponiéndolo para una edad lejana. El problema es, de nuevo, que función darle al pesimismo. Lo verdaderamente terrible no es que los empresarios y estadistas se amparen detrás de una propaganda que oculta al público la verdad sobre el porvenir de los combustibles fósiles. Lo más preocupante es la cantidad de medios que están dispuestos a poner en marcha para continuar movilizando el mundo sobre el modelo que ya conocemos [6]. El autor de Crisis energética reprocha al periodista George Mombiot su conformismo frente a la propaganda oficial. Por desgracia, la frase de Mombiot («hay bastante petróleo para freír el planeta») anuncia más la época que nos espera que cualquier otra previsión derrotista sobre el futuro energético. No quiere decir esto que demos la razón a un personaje como Mombiot, claro, sólo que su pesimismo, por una vez, apunta en la dirección correcta. Por decirlo de otra forma: los más fieles al «peak oil» tienen motivos para desanimarse. Si esperaban un colapso súbito, tendrán más bien altibajos, frenazos, depresiones, dentro de un prolongado descenso que se parecerá más a un hundimiento interminable. Insistimos, buscar la exactitud del momento cenital se convierte en un pasatiempo cuando lo que realmente importa es analizar como Estados e industrias desdeñan las enormes dificultades que salen a su paso en la búsqueda de un petróleo cada vez más costoso.

Así que parece que la plasticidad del mercado, la inteligencia creadora del capitalismo, no lo puede todo. Encontrar un sustituto al petróleo puede parecer un pasatiempo de sociólogos y think-tanks, pero mientras tanto los hombres serios que dirigen el mundo continúan su búsqueda desenfrenada del crudo, como el capitán Ahab perseguía a Moby Dick.

Pero, en segundo lugar, ¿de qué transición energética se nos está hablando? ¿Es la energía eólica la que va a liberarnos de la dependencia de los combustibles fósiles? ¿el aprovechamiento de la energía solar por el negocio fotovoltaico? Aquí se mezclan planos distintos de la cuestión, por que la energía eólica, o fotovoltaica, comporta instalaciones propuestas para servir electricidad a una sociedad mundializada, mecanizada e industrializada que depende locamente del petróleo para impulsar su movilidad, su comercio y su producción de alimentos, es decir, para seguir existiendo [7]. Son medios caros y sofisticados que crecen sobre una economía ruda y agresora, hipertrofiada de combustibles fósiles. Son poco más que un derivado chic del petróleo y morirán con él.

Pero no anticipemos acontecimientos. No podemos saber lo que ocurrirá. Lo que sabemos es que nos encontramos en medio de una tensa espera donde la propaganda nos anega e intenta confundirnos. Pero, en cualquier caso, ¿es esto la «transición energética» con la que los optimistas y dicharacheros cuentan para abandonar el petróleo sin necesidad de rapiñar las reservas? ¿El coche eléctrico? ¿La economía del hidrógeno? ¿Los agrocarburantes? ¿La fusión nuclear? Si de eso se trata, entonces los optimistas van a tener que posponer mucho más el declive del petróleo. Hablan del año 2037, del 2050… Tendrían que darse un plazo más holgado. Lo van a necesitar, porque con la batería de recursos y artimañas que presentan se requerirán al menos dos siglos si quieren que su querida transición energética no se convierta en un pasaje del Apocalipsis: si se piensa que es muy posible que el ITER [8], ni ahora ni en sus sucesivas mutaciones, llegue jamás a producir electricidad aprovechable. Cuando se tiene en cuenta que la producción total de los llamados biocombustibles apenas representa hoy el 3% de la producción total de carburantes, o cuando uno advierte que el coche eléctrico es un juguete lujoso diseñado para circular en un mundo que no existe… Y de la producción de hidrógeno es mejor no hablar, ya que ya hemos hecho perder bastante tiempo a nuestros lectores.

Nos toca a nosotros despertar a la realidad. El despliegue futuro de la «transición energética» podría seguir un ritmo más o menos pausado, podría dar vueltas sin avanzar hacia ninguna parte, demorarse eternamente con esperanzas vanas, podría siempre mantener el peor escenario a distancia, pero lo que es claro es que nunca se parecerá a una suave operación de recambio [9]. Con los datos que hoy tenemos en la mano, es razonable pensar más bien en cuadros de conflicto, de tensión, de guerra neocolonial [10], de ansiedad y de destrucción ecológica.

Así que podemos cerrar este artículo como lo comenzamos, con una gran incertidumbre, a la que se añaden algunos oscuros presagios.
Hasta pronto.

José Ardillo

Notas

1. Ver a ese respecto el artículo de Roberto Bermejo «Techo del petróleo y economía» en Mientras Tanto nº 117.

2. Como declaraba recientemente el presidente de la Unión francesa de industrias petroleras: «Hasta 2030, la demanda de energía aumentará un 34% y como no sabemos hacer volar los aviones ni andar los coches con otra cosa que no sea petróleo, la demanda de crudo aumentará.»

3. Se dice que sólo en la región del Orinoco, en Venezuela, podría haber depósitos suficiente de «petróleo pesado» como para obtener una cantidad mayor de barriles de petróleo que el conjunto de las reservas de Arabia Saudí. La extracción de petróleo a partir de estos aceites pesados incluye un procedimiento caro y ecológicamente amenazante. Antes de obtener un petróleo refinable es necesario inyectar vapor de agua por separar el petróleo de las arenas y del agua. Hasta hace poco se calculaba que la obtención de un barril de petróleo a partir de este procedimiento era treinta veces el precio de un barril de petróleo convencional.

4. Para ver las transformaciones energéticas que ha sufrido China en los últimos años se puede consultar el artículo de Jesús Ramos Martín «La insostenibilidad energética del “Gran Dragón”: China 1985-2009» en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global nº 115, noviembre 2011.

5. Según el Instituto de geología norteamericano las reservas del Ártico contendrían 90.000 millones de barriles de petróleo, encontrándose la mayor parte de ellas bajo el mar. Desde el punto de vista del consumo diario mundial, al decir de los expertos, un volumen menor.

6. Las plataformas petroleras del Ártico tendrán que protegerse de los icebergs con gigantescos islotes de hormigón.

7. En lo que concierne la energía fotovoltaica ver el artículo de Pedro Prieto «La energía neta de la solar fotovoltaica en España. Los límites del desarrollo renovable» en el mismo número antes citado de Mientras Tanto. De especial interés resulta la valoración conjunta que el autor hace en sus conclusiones sobre las energías renovables.

8. El ITER ha podido ser calificado, sin sonrojo, como «el más grande proyecto de investigación energética en el mundo.»

9. Para ver un ejemplo reciente de optimismo energético de lo más banal, el artículo de Emilio Trigueros, «La elusiva conciencia de la energía» publicado en El País,11 de abril de 2012.

10. El periódico contestatario francés CQFD publicaba en su último número de marzo una interesante entrevista con Raphaël Granvaud, que justamente ha hecho una laboriosa investigación sobre la explotación del uranio en África por parte de la empresa estatal francesa AREVA. Ahí se ve claramente hasta que punto la dominación neocolonial sigue siendo la estrategia indispensable para alimentar de energía a las viejas naciones desarrolladas. A ese respecto se puede leer con provecho lo que escribe Eduardo Romero sobre la estrategia militar española para salvaguardar sus intereses energéticos en el Golfo de Guinea. Ver su libro Quien invade a quien. Del colonialismo al II Plan África, Cambalache 2011.

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