De La lucha contra la macrocárcel a una perspectiva revolucionaria contra la cárcel

Autodefentsa, 2010

Con este escrito tenemos la intención de apuntar algunas cuestiones respecto a la lucha contra la cárcel, extrayéndolas de experiencias concretas en torno a la «lucha» o, mejor dicho, a la movilización contra la macrocárcel de Zaballa en Gasteiz. Como Autodefentsa intentamos llevar a cabo durante los últimos años unas prácticas e hicimos una humilde apuesta hacia la extensión de esta «lucha» priorizando su contenido. Fue un intento de romper las dinámicas, a veces repetitivas, del entorno radical que se identifica como anticarcelario, e ir jugando con las posibilidades que vimos en nuestra ciudad. Por el camino nos encontrábamos con varias decepciones y desilusiones que suelen aparecer cuando uno se mete en un terreno minado.

Antes de nada hay que decir que en este texto usamos términos como «revolucionario», que en estos días muchas veces suenan pretenciosos, o quizá también demasiado estigmatizados/caricaturizados como «anarquista», pero por otro lado, si dejáramos de usarlos, dejaríamos también de lado sus planteamientos. Si la revolución (aparte de ser una palabra tan cargada de misticismo por, entre otras razones, su falta de base real) no es imaginable, eso no quita la necesidad de búsqueda de perspectivas revolucionarias y su indispensable concienciación, acompañadas por experiencias de conflicto. Para hacer realidad nuestras ideas, hace falta la organización y coordinación de nuestras prácticas para generar una mínima presencia… Por eso, hablar de un movimiento anticarcelario, tendría que ir unido a hablar de un movimiento revolucionario, de una organización revolucionaria. Es por eso que este texto no apunta a los especialistas del tema carcelario, sino a todos los que todavía se plantean una realidad sin cárceles.

Al considerar las perspectivas de esta manera, es cierto que nos enfrentamos siempre a un péndulo que oscila entre los objetivos más amplios, es decir, un mundo libre y la necesidad de enfrentarnos a la realidad en su totalidad, y las posibilidades reales de conflicto en una paz social generalizada. Dos premisas en tensión que no podremos suprimir… Por un lado, el aquí y ahora de los objetivos maximalistas lleva muchas veces a un dogmatismo y a una simplificación de la realidad; y por otro lado, la fijación en el posibilismo cierra el camino de las luchas parciales a las que el sistema siempre dejará una puerta abierta. Entre estos dos polos andaremos siempre con la pretensión de ir acercándolos.

El escenario anticarcelario en Euskal Herria

La cárcel y la represión en las últimas décadas han formado parte de la realidad de este país y, en consecuencia, ha habido un grado de sensibilización mayor que en otros lugares. Para algunas personas la cárcel no es ese edificio apartado y oscuro rodeado de la mitología creada por los medios de comunicación y la paz social existente, sino que ha sido el lugar en el que ha permanecido o ha afectado a algún familiar, amigo, conocido. No es únicamente por esta experiencia personal que las reivindicaciones para los presos políticos y contra la represión (contra la tortura y la dispersión, principalmente) han tenido eco e importancia en la calle. La concienciación a este nivel, es por la labor de un movimiento, el de la Izquierda Abertzale, que políticamente ha defendido a su colectivo de presos y siempre ha tomado esta defensa y sus reivindicaciones como una parte central de sus movilizaciones.

Por supuesto no podemos olvidar que es un movimiento que defiende en exclusiva a su colectivo de presos y justamente por ellos hay una reivindicación y una denuncia en contra de la política penitenciaria. En sí no podemos hablar de un movimiento anticarcelario, aunque en su seno haya una sensibilidad anticarcelaria y antirrepresiva. Es un movimiento político con unos objetivos y coyuntura propios. En la actualidad, con el claro posicionamiento contra la violencia de la representación más oficialista de la Izquierda Abertzale y en su apuesta por la política oficial, le ha llevado incluso a la aprobación de la construcción de la macrocárcel de Zubieta en Gipuzkoa, favoreciendo así al Ministerio de Interior español, precursor del Plan de Infraestructuras y Equipamientos Penitenciarios y a la ejecutora de dicho plan, la Sociedad Estatal de Infraestructuras y Equipamientos Penitenciarios. Este detalle, entre otros, que ha pasado casi inadvertido, no ha sido criticado en su totalidad en el seno de este movimiento. El marco de acción se está cercando cada vez más hacia la legalidad, es decir, hacia las herramientas desarrolladas por el gobierno en beneficio de una mejor gestión de los problemas que genera tanto el mercado como la explotación y la demografía. Está por ver si las bases de este movimiento brillarán con luz propia en esta nueva coyuntura política.

De manera paralela en Euskal Herria existen varias asociaciones de corte asistencial, algunas de ellas con planteamientos abolicionistas. Son asociaciones que hacen una labor directa de apoyo a las problemáticas a las que se enfrentan los presos. Giran dentro de la legalidad ya sea mediante subvenciones, o mediante la colaboración con prisiones, mientras denuncian mayoritariamente los errores o carencias del sistema penitenciario: malos tratos, falta de recursos, hacinamiento, etc. Los argumentos de oposición a las macrocárceles de estos grupos han sido principalmente: argumentos de incumplimiento en los procedimientos de construcción, de la falta de necesidad de tantas plazas carcelarias en esta u otra provincia, del mal uso del dinero público, o propuestas de alternativas a la (macro) cárcel.

Estas asociaciones han llegado a conseguir un cierto grado de respetabilidad tanto por parte de los medios de comunicación, como por los movimientos sociales. La continuidad y la tenacidad les han convertido en referente para muchos tanto dentro como fuera de las cárceles.

Además de estas dos realidades cabe mencionar una tercera, menos significativa, de corte anarquista, que nunca se ha consolidado en el tiempo: diversas Cruz Negra Anarquista, coordinadoras anticarcelarias e iniciativas puntuales. La lucha contra el FIES CD, el descubrimiento de rebeldes que conectaron su lucha contra el aislamiento con un apoyo fuera, tuvo su impacto en la creación de una presencia de la lucha contra las cárceles dentro de este movimiento, quedando ahora pequeños resquicios de estas experiencias. Las campañas contra la cadena perpetua y la más conocida quizá la campaña por la libertad de Amadeu Casellas, surgieron y se ampliaron desde una red de personas que mantuvo sus contactos con ciertos presos durante los años.

Sin embargo, estas iniciativas se han limitado a la campaña-activista de turno, acabándose al poco tiempo, demostrando una vez más una gran debilidad organizativa e importantes carencias (in)formativas. Un gran reto aún por abarcar y que debiera producirse para entender en su justa dimensión la complejidad e importancia de este tema. «Abajo los muros de las prisiones» se suele gritar fácil pero muchas veces suele faltar el esfuerzo de buscar una práctica que podría llegar a hacer real una lucha que tiene vertebrado este lema. Y más aun, falta dotar de contenidos y no únicamente de lemas a nuestro discurso.

La crítica anticarcelaria y su doble

Se podría suponer que un discurso contra la cárcel directamente supone un discurso contra la realidad que vivimos. En la práctica se puede ver que no siempre es así y que las palabras son engañosas si no van acompañadas de un análisis en profundidad y de una honestidad en las motivaciones, acciones, iniciativas, proyectos en los que nos involucramos.

En las charlas a las que hemos acudido para hablar sobre el tema de la cárcel, en las jornadas anticarcelarias, se puede ver que la temática generalmente se reduce a las condiciones de vida de los presos, el negocio de la cárcel, experiencias personales de compañeros, luchas pasadas dentro de la cárcel y los problemas que uno tiene cuando habla en la calle con la gente sobre el tema de la cárcel y su abolición (¿y qué hacemos con los violadores?). De esta forma se ha hecho de la cárcel un objeto de estudio siempre bien lejos de nuestra realidad cotidiana, mientras que antes formaba una parte integral de los movimientos revolucionarios. La cárcel ya no es la vivencia de una lucha sino un tema más que tratar para los movimientos sociales con sus reivindicaciones parciales, convirtiéndonos en un apéndice de los mismos.

De esta manera podemos ver en el cartel de jornadas anticarcelarias los nombres de asociaciones fundamentalmente reformistas y sus personajes públicos. Esta tendencia ya ha cogido tal normalidad que ni se valora ni cuestiona como una debilidad por nuestra parte. Una debilidad para trabajar y elaborar un tema en nuestros términos, con nuestro lenguaje y con una crítica clara de los medios que usamos para abarcarlo, es decir, con una claridad en los objetivos que perseguimos y una estrategia adecuada a la consecución de los mismos.

No es cuestión de pretender desvalorizar la elaboración y la difusión de información. De hecho, es el aspecto público de una lucha que se expresa de diversas maneras. La información es nuestra herramienta para al menos tener la capacidad de romper la pantalla de desinformación que nos ciega a la hora de ver lo que pasa a nuestro alrededor. Es una herramienta para socializar conocimientos. Pero cuando la información se reduce a la descripción científica y periodística de un proyecto, las consecuencias para un posible debate resultarán de un pragmatismo esencialmente insulso. La información como herramienta debería ir en consonancia con una lucha que parta de lo concreto para abrirla a lo global, para darle la vuelta a una cuestión específica hasta llevarla a una transformación más vital. Todo desde la convicción de que las experiencias a través del conflicto y el contacto con otros discursos y prácticas son necesarias para mover conciencias. No es sólo la ignorancia lo que impide el conflicto sino la normalidad social. La ruptura de esa normalidad es clave para llevar la lucha a un campo diferente de lo que es una manifestación o protesta ciudadana con todos sus códigos demócratas.

Tenemos que tener claro que estar contra la cárcel es mucho más que la desaparición de un edificio o, como algunos defienden, la reestructuración de este edificio. Es el cambio total de la realidad en la que esta institución está arraigada, el cambio total de la relación con nuestras vidas y la naturaleza. Si la lucha contra la cárcel no está arraigada en este planteamiento y entendimiento, el discurso anticarcelario no es más que el maquillaje de una práctica que quiere pintar los barrotes de rosa, una práctica asistencialista dependiente de recursos que son suministrados por los que elaboran, ejecutan, apoyan y legitiman la política penitenciaria del sistema.

Los límites del asistencialismo [1]

La cárcel en sí genera muchos problemas «cotidianos» tanto para los presos como para sus personas cercanas. La cárcel, como matadero de vida, reduce todo a la gestión y funcionamiento interno del encierro. Su propia estructura y dinámica hace imposible proporcionar soluciones. Su esencia es la deshumanización de las personas y ninguna reivindicación puede cambiar eso, solamente puede aliviar ciertas consecuencias, que no es poco.

Ahí está la clara contradicción del asistencialismo, que por un lado está en contra de la cárcel pero por otro propone alternativas a la cárcel o pide más recursos.

Por supuesto, no puede negarse que cuando una se acerca a la cárcel se topa con un panorama de necesidades y problemas de los presos. Este panorama marca claramente las relaciones que se generan dentro. Para obtener beneficios, permisos, medicación, metadona… hay una dependencia de la administración que conscientemente ha sido creada durante muchos años. La introducción de la metadona, de los diferentes grados penitenciarios, de los regímenes FIES, de asistentes sociales y psicólogos, entre otros, han ido determinando el control social dentro de los muros. Es una evolución que ha tenido su impacto tanto en los (no)valores que rigen, como en las estrategias de supervivencia que los presos mismos desarrollan. Se ha cambiado la relación con la administración pasando de una relación de castigo y control a una relación cuasi asistencial. Para poder salir y obtener beneficios penitenciarios, se tiene que pasar por las valoraciones tanto psicológicas como comportamentales de la cárcel, lo que supone después de todo, una humillación. Es una fórmula para que cada preso se encuentre solo frente a la administración. En todo este teatro el preso nunca enseña su verdadero rostro a sus «guías» y así corrompe o desvirtúa muchas veces su personalidad. Esta realidad está atravesada por un claro proceso de intento de descomposición de la tensión entre cárcel y encarcelados, es decir la normalización total del encierro.

En este sentido el asistencialismo que apuesta por más recursos, asume en cierta medida este proceso, convirtiéndose en ocasiones en una prolongación del mismo sistema penitenciario. Este hecho es más evidente en el momento en el que el individuo sale de prisión y entra en los denominados «itinerarios de reinserción», donde se topa con algunos grupos asistencialistas –que casi siempre con las mejores intenciones– [2], extienden la otra zanahoria en la carrera para salir de la cárcel. Una carrera encaminada a normalizar e individualizar al excluido, en este caso preso o ex preso, partiendo de un paternalismo que premia o castiga los comportamientos dependiendo del grado de asunción de la norma que el individuo muestre.

Más de una vez sentimos una cierta simpatía o sentimentalismo respecto al trabajo que desarrollan algunos grupos asistencialistas. Estar cotidianamente moviendo la problemática de los presos no deja indiferente y ciertamente te acerca a la realidad de la cárcel. Pero este sentimentalismo es peligroso si pone por encima de la cuestión central –la existencia de la prisión– el pragmatismo de la cotidianidad, que muchas veces supone rellenar los agujeros de los problemas que la política penitenciaria deja sin resolver. Por supuesto no somos indiferentes a los problemas ni al sufrimiento de los encarcelados, como tampoco a las situaciones de pobreza y violencia que vive mucha gente en todo el mundo, es decir, toda la miseria que genera el control, la explotación y la alienación. Que recaiga sobre nuestros hombros el peso de la responsabilidad del sufrimiento de todos y el sentimiento de culpa que nos genera la impotencia ante estos hechos, es el caldo de cultivo que alimentan las dinámicas paternalistas que abundan no sólo en las instituciones, sino también en ONG, asociaciones y fundaciones varias.

Lo peor de todo es que todos estos procesos y planteamientos matan los espacios y energías de una respuesta autónoma de las personas que sienten esta violencia cotidianamente en sus carnes, pero crean la figura de algo que les va ayudar a salir de este agujero. Quedan dentro de la lógica y mentalidad de querer ser «realistas», ahogando de esta manera cada posibilidad o esfuerzo de superar el letargo de la normalidad que rompería con el marco de valores promovido por este mundo. Solamente se exige que sean personas flexibles sin criterios ni valores propios, que se amolden a los pasos de reinserción que indican tanto el sistema penitenciario como, a veces con toda su buena voluntad, algunas organizaciones que ofrecen recursos para esta reinserción.

Del «realismo» a la autoorganización

Frente al asistencialismo de carácter mediador y dialogante con la Institución, se encuentra la autoorganización. Un cambio cualitativo en la lucha anticarcelaria, más allá de la mejora y sofisticación del funcionamiento de la infraestructura carcelaria, no es posible si no es iniciativa de los propios presos. Es una premisa que trasciende a cualquier otro tipo de conflicto o lucha: dejar la iniciativa en manos de cada uno para que tome conciencia de su situación y que a partir de su rebelión individual busque a su igual para plantear un conflicto de manera colectiva.

Cuando se habla de la lucha contra la cárcel con sus complicaciones y particularidades es muy espinoso buscar una respuesta a los procesos de individualización que ha ido construyendo la administración carcelaria porque, además, van acompañados de un deterioro general de conflictos organizados y colectivos y también de ideas revolucionarias que puedan dar herramientas para una práctica y un análisis que llegue a la creación de una realidad que haga posible romper el aislamiento. Es una situación que da pie y más credibilidad al realismo reduccionista de las tendencias asistencialistas.

Está claro que la lucha contra la cárcel, como la planteamos, tiene en estos tiempos menos fuerza y consistencia. La lucha contra los FIES CD –y por extensión, contra la prisión–, que se fue gestando desde dentro de las cárceles a principios de los años 90, fue una renovación de la presencia de la cárcel y la lucha contra ella en los ámbitos anarquistas o antiautoritarios. De manera muy visceral, algunos compañeros y compañeras fuera de los muros tomaron la lucha que se llevaba dentro como suya. Una lucha que se marca claramente por las posturas incondicionales de lucha de compañeros presos que inspiraron al sector más inquieto del anarquismo ibérico, por aquel entonces rompiendo con el anarquismo formal adormecido en sus estructuras, burocracia y nostalgia. Algo que proporcionó un dinamismo y energía fresca a esta lucha –y al anarquismo en general– a pesar de todos los golpes mal digeridos por este camino de lucha que se eligió.

Todo lo que queda ahora de intenciones y proyectos en la calle por parte de los antiautoritarios es consecuencia o herencia de esta experiencia y, en menor medida, de otras del pasado. Ahora quedan unos pocos resquicios de personas manteniendo contacto directo con compañeros presos e/o intentando vitalizar la lucha contra la cárcel, a pesar de todas las desilusiones, aciertos y errores.

La crítica contra el presismo [3], contra la mitificación del preso y todas las consecuencias que acarrea, ha sido en parte asumida por algunas compañeras pero con la incapacidad de afilar la lucha anticarcelaria, nutrirla de estas experiencias superando los errores para encaminar la lucha en una nueva dirección más madura. Todavía no se ha encontrado un equilibrio entre combatividad, necesidad vital de luchar y perspectivas de organización y lucha, con la necesaria capacidad de autocrítica y persistencia en la presencia, la continuidad. Una fatal carencia de un movimiento que se considera antagónico y que al fallar cada uno de estos factores se realimentan y se refuerzan entre sí de manera negativa.

Del apoyo a presos a la lucha contra la cárcel

Las obligaciones y los deberes no corresponden sólo a los que están fuera de los muros de la prisión. La constancia y la responsabilidad, la dignidad, una posición clara y participación (siempre y cuando sea posible, puesto que el encierro no ofrece un campo ilimitado de participación…) deberían conectar en la práctica al preso con el movimiento de solidaridad (que no es otra cosa que el movimiento revolucionario-radical).
Polykarpos Georgiadis

Un movimiento que confunde el apoyo a presos con la lucha contra la cárcel está condenado a quedar desorientado o desintegrado cuando desde dentro no salen campañas ni compañeros presos en huelga de hambre. Entramos en aspectos que tienen similitudes con las dinámicas asistencialistas. Cuando una persona establece relación con las personas encarceladas genera una relación un tanto «frágil»: son desconocidos, con trayectorias vitales muy diferentes, separados por paredes y barrotes, incomunicados la mayor parte de las veces, mediados por la institución, viviendo en dos mundos que tienen ritmos paralelos y se funcionan con claves totalmente distintas. Desde fuera, uno se acerca a la cárcel desde una posición de un cierto «privilegio» como es la libertad de movimiento que nos hace respetar a veces de manera exagerada al preso por su condición, llegando en ocasiones incluso a permitir actitudes que en la calle no toleraríamos en absoluto. Como la cárcel es una realidad desconocida para muchos y además es una realidad separada del resto de la sociedad, existe una especie de imaginario construido por relatos, imágenes y películas que también nos han creado inevitablemente una distorsión de la realidad y de su vivencia.

Así se ha visto en los «presos en lucha» directamente compañeros de causa mientras que en demasiadas ocasiones ni los compañeros eran tan compañeros ni la lucha era realidad. Es importante ver que la lucha contra la cárcel no es única y exclusivamente apoyar a presos. La estrechez de miras en la creencia del preso abanderando la lucha anticarcelaria, tan sólo nos deja a las personas que nos encontramos al otro lado del muro un papel de inactividad y dependencia, y resta potencial revolucionario a la lucha. El potencial revolucionario surge cuando la relación con el preso es una relación de reciprocidad y de intercambio, es decir de compañerismo, donde hay lugar para la crítica y autocrítica, el debate. El necesario esfuerzo para superar lo meramente esloganesco en las relaciones y el reconocimiento mutuo que muchas veces lleva en sí el engaño.

En conclusión, podría decirse que la lucha contra la cárcel no es eficaz si se reduce a un apoyo a presos y su movilización, sino que debería pasar necesariamente por la creación de un movimiento fuera de los muros que llevara en su seno una estructura de autodefensa y apoyo en todos los aspectos y contra la represión. Plantear una lucha dentro-fuera en la que el preso sea uno más, de manera horizontal y transparente, asumiendo que la lucha es de todos por igual, y no una relación desigual donde el preso determine por su condición de reclusión una dirección, convirtiendo a las personas de fuera en meras transmisoras al servicio del «compañero» de turno. Es responsabilidad de ambos actuar conjuntamente –por supuesto, en la medida de las posibilidades de cada cual–, debatir, considerar estrategias y estrechar los lazos de la afinidad. El compañerismo, asumir responsabilidades y peleas, por pequeñas que sean, conjuntamente, es la base desde donde pueden surgir los cimientos de luchas más fuertes y duraderas, no las fantasías revolucionarias que llevan las luchas a la imaginación y al espectáculo.

Contra las macrocárceles

Desde el principio, para nuestro grupo, uno de nuestros objetivos era visibilizar la lucha contra la cárcel y darle una continuidad, un mínimo en estos tiempos de pacificación social, vista la pobreza organizativa y activista del movimiento. Un mínimo que se pudiera ir fortaleciendo con la práctica y que fuera definiendo unas líneas de acción, que se interconectaran a su vez con a veces viejos compañeros –y otras no tanto– afines que trabajan en la misma dirección.

En los tiempos que corren, muchas veces la lucha contra la cárcel y la concienciación sobre la realidad de ésta y el peso que tiene en el sustento de la sociedad, queda reducida al esfuerzo de unas pocas personas, ligadas al apoyo a presos con todas las limitaciones que tiene y, por supuesto, de todos los que viven la cárcel en primera persona y le hacen frente. En este aislamiento vimos la necesidad de buscar otras maneras de desarrollar la lucha, sacarla de este círculo cerrado y dotarla de contenido y no necesariamente a iniciativa de presos, entendiendo la cárcel no solamente como este edificio que afecta a los que están dentro, sino como una institución que condiciona también las relaciones de todos los que estamos fuera, como arma por excelencia contra cualquier disidencia o rebeldía, como cajón para todos los problemas que genera la explotación y alienación y no pueden ser solucionados a golpe de normalidad. Entendemos su destrucción como algo necesario e inseparable de una lucha por un mundo libre. Y también entendiendo que la lucha contra la cárcel necesariamente pasa por tomar postura en el conflicto permanente contra la dominación.

Estos planteamientos sobre la cárcel están claramente vinculados a nuestros planteamientos y maneras de entender la lucha por nuestra libertad y, en consecuencia, en cómo mover y extender nuestras ideas y prácticas en este medio hostil que nos rodea. Estas ideas están vinculadas a cómo vemos la actividad política en esta situación actual donde nuestra capacidad ofensiva es nula y donde solamente nos quedan objetivos de supervivencia, resistencia y autodefensa. Esta cuestión no está concluida definitivamente aquí y ahora, puesto que vive en el trasfondo de cada proyecto político que nos planteamos y se mueve y se modifica con los tiempos y fuerzas disponibles.

Partiendo de esta premisa, hace más de dos años vimos la necesidad de buscar medios para sacar la cárcel a la calle y salir de este callejón al que muchas veces nos aboca la problemática carcelaria para hacerla un punto de movilización también fuera de los muros. Como en muchas otras luchas, las movilizaciones surgen contra políticas actuales, proyectos de construcción… que conllevan cierta polémica (entre otros, por parte de los afectados) o que generan una cierta sensibilidad. Son luchas específicas que por la diversidad de la gente que las compone hacen surgir contradicciones pero también posibilitan una concienciación y un debate.

Viendo que en nuestro territorio empezaban a construir macrocárceles, creímos que era una ocasión propicia para intentar sacar del estancamiento la lucha anticarcelaria, creando sensibilidad por este tema, pero también fortaleciendo lazos entre compañeros a través del esfuerzo colectivo. Un esfuerzo llevado a cabo con dedicación, manteniendo posturas propias, pero buscando lo común.

Nuestra apuesta iba de lo local a lo general, buscando la complicidad con otras luchas afines y complementarias, huyendo del slogan facilón. Marcamos unos objetivos y forjamos una estrategia en torno a la construcción de las macrocárceles, intentando entender en profundidad la cuestión carcelaria.

A modo de conclusión

En estos tiempos Euskal Herria se encuentra en un cambio político que ya se estaba gestando durante años y consideramos importante de cara a la cuestión carcelaria: la cuestión de los presos políticos, posibles cambios en materia penitenciaria, la cuestión sobre la sentencia del Tribunal Supremo del 28 de febrero de 2006 [4], etcétera. En este contexto, nos movemos entre las ruinas de un conflicto abierto que atraviesa muchos aspectos de la vida en este país.

Los referentes de lucha están cambiando y crear nuevas perspectivas forma parte del esfuerzo de los que con determinación e inteligencia siguen intentando proyectos e instigando resistencia. Por estas razones, con un poco de amargura en la boca, escribimos esta valoración sobre la lucha contra las macrocárceles y la lucha contra la cárcel en general. Una valoración que esperamos se entienda como aportación a una lucha latente para los que quieren engancharse a ella. Una aportación en forma de experiencias y conclusiones que ojalá tan sólo sean el principio de un debate que vemos necesario si queremos continuar esta lucha inacabada con más fuerza y contenido…

Notas

1. Entendemos por asistencialismo el conjunto de las ayudas sociales que tienen por objetivo cubrir las necesidades de los marginados de la sociedad e intentan integrarlos en ella. Esta práctica con sus dinámicas paternalistas y casi totalmente organizadas y/o financiadas por parte del Estado e instituciones religiosas, tiene como consecuencia la creación de personas dependientes y el desvío de posibles conflictos. Esta sociedad es cada vez más atomizada y las prácticas asistencialistas solamente se retroalimentan sin alternativa posible de dar autonomía a las personas. En este texto se concretará más este tema a nivel carcelario.

2. No entraremos en este texto a valorar el papel de los organismos del llamado tercer sector que directamente pretenden un lucro y beneficio que aporta lo que para ellos no es más que el negocio de la reinserción, porque no es la intención de este texto y merecería un análisis aparte.

3. Presismo: se empezó a hablar de presismo en relación sobre todo al texto El fin de las cárceles es el fin del presista, Jake Libertario nº 19, FIJL, 2002. A grandes rasgos presista es la persona que considera la lucha anticarcelaria una lucha única y parcial, en la que el sujeto revolucionario sería el catalogado como “compañero preso”, sin mucho fundamento, y cuya labor es principalmente asistencial. Hoy en día se hace un mal uso de este concepto, denominando presista a las personas que dedican sus esfuerzos a la lucha anticarcelaria.

4. Sentencia por la cual la reducción de penas por beneficios penitenciarios (trabajo, estudios…) se aplica respecto de cada una de ellas individualmente y no sobre el máximo legal permitido de permanencia en prisión. Lo que de facto está suponiendo una cadena perpetua para las personas a las que se les está aplicando. En el momento de sacar este número está en el candelero, ya que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos con sede en Estrasburgo sentenció que la llamada doctrina Parot viola los artículos 7 y 5.1 de la Convención Europea de Derechos Humanos. Un antecedente que podría resultar interesante para otros presos denominados comunes a los que también se les aplica dicha medida excepcional.

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