Actualidad de Gustav Landauer

José Ardillo, que acaba de publicar su segunda novela crítica con la idea de progreso, titulada La repoblación (Brulot, 2013), recuerda a otro clásico olvidado, Landauer, que vale la pena tener presente. Su preocupación por la preparación positiva de la revolución para acometer «el día de después» con una alternativa clara, ya prevista y probada, no tiene parangón en ningún otro autor libertario. En nuestra perspectiva antidesarrollista su lectura es provechosa e incluso inspiradora. En el proceso revolucionario la destrucción es necesaria, pero no más que la reconstrucción sobre otras bases. La negación o se vuelve creación o reproduce lo caduco.
Publicado en Argelaga 2.


La técnica está por completo en la trayectoria del capitalismo; la máquina, la herramienta, el inanimado sirviente del hombre, se ha convertido en amo del hombre.

Incitación al socialismo.

Existen, que sepamos, pocos textos accesibles sobre el escritor y revolucionario Gustav Landauer (1870-1919) y sus dos obras más conocidas de pensamiento político, La revolución (1907) e Incitación al socialismo (1911 y red. 1919), son hoy muy difíciles de encontrar en castellano [1]. Para los que no leemos el alemán la mayor parte de su obra es todavía inabordable. Esperamos que algún día una editorial se decida a rescatar sus principales trabajos y podamos acceder a una lectura más completa. De momento, y apoyándonos sobre todo en las dos obras arriba mencionadas, intentaremos ofrecer un bosquejo de las líneas más importantes de su pensamiento que hoy consideramos relevantes para la reflexión política.

Una de las cuestiones que distinguen a Landauer de otros pensadores políticos de su tiempo, incluso entre los libertarios, es su total desconfianza a la hora de utilizar el método científico para abordar el estudio de la historia y los movimiento sociales. Landauer intentó aunar el conocimiento histórico de las transformaciones revolucionarias con algo que para él era inmanente a la humanidad, es decir, la comunidad, la tradición, y lo que él llamaba, el espíritu. Es ese rasgo lo que le ha valido ser calificado, al mismo tiempo, como conservador y revolucionario. Landauer verá en la revolución social no sólo la ocasión de reaparición de lo nuevo, sino de desvelamiento de lo que ya era existente: la comunidad humana a la que siempre han permanecido unidas las personas y cuyo lugar el Estado ha usurpado progresivamente.

El rechazo pues de Landauer hacia el Estado es absoluto. Nace en él como un sustrato filosófico, e incluso metafísico, donde llegar a afirmar: «Donde hay espíritu, hay sociedad. Donde no hay espíritu se impone el Estado. El Estado es la sustitución del espíritu.»
Cómo exclamaba el personaje del jacobino Desmoulins en la tragedia La muerte de Danton (1835) de Büchner:

La forma del estado tiene que ser una túnica transparente que se ciña al cuerpo del pueblo.

Y sabemos que rasgos adquirió esta túnica que, durante el siglo xix, se convertiría más bien en el sudario de las libertades de las masas trabajadoras.

Pero sería injusto tachar a Landauer de pensador nebuloso, buscador de una insondable mística de la revolución. En muchos casos, podemos ver en la filosofía anarquista de Landauer una interpretación idealista y espiritual del «principio federativo» de su admirado Proudhon. Landauer lo que busca, ante todo, es el «espíritu unificador». Igual que consideraba, acertadamente, a Proudhon, como pensador de la síntesis, él mismo buscará también esta unificación, esta unión de los contrarios, entre revolución y tradición, comunidad e individuo. Así mismo valorará mucho las obras de Kropotkin, particularmente El apoyo mutuo, que se encargó de traducir al alemán, y Campos fábricas y talleres, que incorporará a su propia reflexión.

Pero, en general, podemos ver la obra de Landauer como una expresión nítida de esa corriente libertaria que se opone a la doctrina dialéctica del marxismo y que rechaza la idea de que de la destructividad capitalista pueda nacer la regeneración. Que desconfía de unas supuestas leyes históricas, de la misma idea de Progreso, y que busca asentar la revolución social sobre una vasta federación de experiencias constructivas que sirva para alentar el nuevo espíritu de transformación.

Para ver hasta que punto Landauer desconfiaba de una visión progresista de la historia, basta leer algunas páginas de La revolución donde, al igual que Kropotkin, subraya la importancia de las comunas medievales: «La Edad Cristiana está caracterizada precisamente por la totalidad de autonomías, que mutuamente se compenetraban y entremezclaban sin formar por ello una pirámide o algún otro tipo de poder central. La forma de la Edad Media no era el Estado, sino la sociedad, la sociedad de sociedades.»

Igual que Marx lo había hecho tiempo antes, constata que «El desarrollo del comercio y de las manufacturas ha fortalecido entretanto a la burguesía; el tercer estado quiere completar integralmente la atomización y el individualismo […] la organización por estamentos es destruida; los gremios, abolidos; las tierras comunales –vestigios bien conservados de la antigua propiedad común– divididos; las asociaciones profesionales, disueltas y proscritas.»

Pero, a diferencia de Marx y de muchos de sus seguidores, Landauer no ve en estos procesos un mal necesario, un paso forzoso para la realización de una nueva sociedad. Esa «atomización e individualismo» son causa y efecto de una nueva forma de reorganizar el Estado en base a la economía política moderna y la separación de poderes, con el objetivo de favorecer el desarrollo del capital. Dice Landauer: «sólo deben existir ciudadanos y Estado; no debe ser tolerado ningún tipo de asociaciones al margen del estado, y ni siquiera el estado puede entrometerse en la libertad de la propiedad.» Dicho sea de paso, esto debería servir de reflexión para los que hoy buscan asociarse políticamente celebrando su estatus de «ciudadano», cuando aquí vemos por enésima vez como el ciudadano, históricamente, nace y se define como mónada disgregada y servil a la ideología del Estado capitalista. Sin que esto sea un pretexto, claro, para contraponer como superiores la condición de siervo o de súbdito.

La crítica del marxismo

Para comprender mejor la posición de Landauer y su ideal de cambio social es necesario empezar por comprender sus duras críticas al marxismo al que llega a tachar de verdadera peste.

Ya desde su obra La revolución, Landauer descarta poder utilizar la ciencia para el estudio de la historia. En la Incitación sus ataques llenos de ironía hacia esa tendencia científica del marxismo se intensifican. Landauer ridiculiza esa pretensión de Marx y sus discípulos de considerarse a sí mismos, de alguna forma, como la vanguardia de la conciencia histórica. Acorralados entre el hegelianismo y el pragmatismo político, el Partido pasa a encarnar el proceso histórico tomando conciencia de sí mismo, mientras el resto de pobres mortales, inmersos en este proceso, no pueden advertir la naturaleza de lo que ocurre. El marxismo, pues, condena tanto el idealismo utopista, que proyecta sus sueños sobre una realidad material que desconoce, así como cualquier tipo de voluntarismo que otorgue a la conciencia moral la capacidad para intervenir espontáneamente sobre la realidad social.

De cualquier modo, Landauer está lejos de expresarse como un pensador sistemático en Incitación al socialismo. Más bien habla como un autor satírico, un poeta, un encendido y provocador polemista. Esto tal vez molestará a espíritus más metódicos. Pero sus palabras, en muchos casos, consiguen hacer temblar el aparatoso armazón del materialismo histórico del marxismo. Landauer desmonta la teolología marxiana que confiere a la historia un curso progresivo hacia el comunismo. Critica la «necesidad de un proceso natural» que hace pasar del estadio de los pequeños propietarios a la gran propiedad y al capitalismo. Ironiza: «gracia a Dios se proletarizan cada vez más masas de proletarios […] frente a gigantescos empresarios aislados, y entonces se da el salto a la tercera etapa, entonces el segundo proceso de evolución, el último paso al socialismo es un juego de niños. La hora del capitalismo privado suena. Dentro del capitalismo se ha llegado, dice Karl Marx, a la centralización de los medios de producción y a la socialización del trabajo.» En ese caso: «La producción capitalista engendra con la necesidad de un proceso natural su propia negación: el socialismo. Pues la cooperación y la propiedad común de la tierra es, dice Karl Marx, una conquista ya de la era capitalista. Las grandes, enormes, casi infinitas masas humanas, las proletarizadas, no tienen realmente casi nada que hacer por el socialismo. Sólo deben esperar hasta que llegue.»

Muchos estudiosos del marxismo encontrarán excesiva esta «simplificación» de las ideas de Marx. Pero hay que admitir que, incluso en el caso de que Landauer reduzca la teoría de Marx a algunos aspectos de la vulgata más difundida, y a sabiendas de que el mismo Marx pudo matizar su propia visión hasta el día de su muerte, no cabe duda de que, en líneas generales, todo el socialismo de inspiración marxista se ha construido sobre este tipo de supuestos; y de que el propio Marx es responsable de haberlos dado forma en muchas de sus páginas.

La reacción de Landauer contra la teoría marxista es visceral, poética, exaltada. Coincide curiosamente con la de otro contemporáneo suyo, el poeta y agitador dadaista Hugo Ball, calificado de místico y anárquico, admirador de Bakunin, Hölderlin y Herman Hesse, cristiano heterodoxo y furibundo crítico de Marx. En su conocido libro Crítica de la Inteligencia alemana (1919) lanzaba acusaciones contra Marx y Engels que pueden encontrar una afinidad innegable con las de Landauer. Las aceradas críticas de Ball, a pesar de su inclemencia, descubren inevitablemente taras reales en la filosofía política del marxismo. Dice de la Internacional de Marx:

Su obra consistió en colocar los objetos de necesidad y de uso común por encima de los religiosos y los ideales, la materia sobre el espíritu […] Su objetivo es la eliminación de la cualidad y de la caballerosidad, hasta conseguir el aborregamiento de los individuos nacionales y personales.

Según Marx, todos los problemas son iguales porque con la llegada de la industrialización se pueden equiparar el jefe de Owambu y el funcionario de telégrafos de Estocolmo, jugando ambos un pequeño papel igual […]

[Marx] descompuso con dureza la situación material del trabajador fabril, pero se negó a concederle un resto de alma y de fuerza para afirmarse a sí mismo frente a la desvalorización de su personalidad en el Estado autoritario […] Desde el momento en que sólo pensaba en términos de cantidad y de medida, introdujo en el proletariado el mismo espíritu nihilista y desorganizado que predomina en las finanzas […]

Y más abajo:

¿Es que la mayor tarea del socialismo no es precisamente la de profundizar la humanidad del ser humano? La implantación de la dictadura del proletariado, ¿significa renunciar a la emancipación, utilizar métodos violentos y destruir los fundamentos de la sociedad? Ya tenemos la doctrina de los bolcheviques.

Estas citas pueden parecer extremas, pero nos ayudan a entender mejor el contexto libertario, humanista y espiritual en el que Landauer se integra dentro de la tradición de su propio país. Esa «revolución moral» por la que clama Ball, sin la cual la revolución política y económica de poco valen, coincide con la revalorización que hace Landauer de la voluntad y el espíritu de rebelión al margen de todo mecanicismo histórico. Acusa al marxista de filisteo, de fanático del Progreso, de denigrador de todo lo pasado. Dice así: «Algo así como una República de ciudades de la Edad Media o un mercado aldeano o un mir ruso, un allmend [2] suizo o una colonia comunista no puede tener para él la más ínfima analogía con el socialismo; pero un vasto Estado centralizado se parece ya en cierto modo a su Estado futuro.»[3]

Landauer critica mordazmente esa exaltada apología que los marxistas hacen de la moderna sociedad productiva y tecnificada: su fascinación por la sociedad capitalista e industrial es el reflejo exacto de su concepción progresista de la historia. Denuncia que el marxista «preferiría sucumbir y ahogarse en el capitalismo» antes que reconocer que en los restos de comunidades de la Edad Media que han sobrevivido en algunas naciones de Europa «hay los gérmenes y los cristales vitales también de la cultura socialista futura». Como, dicho sea de paso, lo creían otros socialistas heterodoxos como Herzen o William Morris. Y añade Landauer: «pero si [al marxista] se le muestra las condiciones económicas, digamos de Alemania, en la mitad del siglo xix, con su sistema fabril, con la devastación de la tierra, con la uniformización de las masas y de la miseria, con las economías destinadas al mercado mundial en lugar de ser destinadas a las necesidades efectivas, encuentra allí producción social, cooperación, comienzos de propiedad común, se siente a gusto.»

Pero Landauer no se detiene ahí. Asocia el marxismo al culto de la máquina y de la Técnica. De hecho, parece señalar que es la tecnología industrial la que ha hecho posible que Marx llegue a conceptualizar el capitalismo y, a la vez, la posibilidad de su superación.
Landauer, con su estilo entre irónico y solemne, ataca al corazón de la doctrina de Marx:

El padre del marxismo no es el estudio de la Historia, no es tampoco Hegel, no es Smith, ni Ricardo, ni ninguno de los socialistas anteriores a Marx; tampoco es una situación temporal democrática-revolucionaria; es menos todavía la voluntad y la demanda de cultura y de belleza entre los hombres. El padre del marxismo es el vapor.

Y añade después:

Lo que Marx ha considerado como analogía del socialismo, como la etapa preparatoria inmediata del socialismo, no era otra cosa que la organización del establecimiento productivo suscitado por las exigencias técnicas de la máquina de vapor dentro del capitalismo.

Nuestro autor denigra la concentración productiva y humana causada por la maquinización, a la que asocia la concentración financiera y burocrática. En definitiva, Landauer rechaza todos los presupuestos sobre los que reposa la ciencia de la historia marxista. En el nacimiento de la edad capitalista e industrial no ve ningún aspecto particularmente positivo que pueda servir de apoyo a una transformación de carácter socialista. Al contrario, ve más bien que capital, industria, concentración productiva y fabril, burocracia, poder financiero y Estado moderno, son obstáculos muy poderosos que operan contra la posibilidad de una revolución genuina.

Todo lo que para los marxistas-leninistas eran «condiciones objetivas» de la revolución para Landauer no son sino miserables fantasmas del intelecto: veneración de la Historia contra espíritu, conciencia moral y voluntad de rebelión.

La cuestión de las comunas y las cooperativas de producción

El historiador del anarquismo Max Nettlau ya señalaba que los socialistas y marxistas de su época despreciaban esta idea de Landauer de fundar comunidades agrarias y artesanas que tenían por objeto servir de base al proyecto revolucionario. Hay que decir que su impulso era contemporáneo de lo que en Francia se desarrollaba bajo el nombre de «medios libres», con figuras como Emile Armand, y que no era sino la proliferación de comunidades voluntarias lanzadas por pequeños grupos de militantes anarquistas. Si el alcance de estas experiencias era minoritario y limitado, su importancia cualitativa y ejemplar no era desdeñable. Armand fue uno de los teóricos del movimiento y llegó a publicar una antología de textos sobre experiencias de vida en común. Esta cuestión de las comunidades voluntarias, y por extensión todo lo que concernía las cooperativas agrarias y el retorno a la tierra, suscitaría un gran debate a lo largo del siglo en los medios libertarios.

En el mundo anarquista ibérico, en los años treinta, este debate se saldaría con la división informal, y siempre vaga, entre agraristas e industrialistas, con figuras como Federico Urales e Isaac Puente en el primer bando y Abad de Santillán, con su El organismo económico de la revolución, como representante del segundo. El congreso de mayo del 36 en Zaragoza supondría el punto culminante de este debate, sin que ninguna de las partes saliera enteramente ganadora, a pesar de la adopción de la obra de Puente, El comunismo libertario, como posible texto programático.

La discusión sobre las comunidades, el retorno a la tierra y a formas de organización más sencillas y, en general, todos los aspectos constructivos que estaban integrados en la búsqueda de una sociedad más equilibrada, volvería una y otra vez en los años sesenta y setenta del pasado siglo.

¿Cómo se reflejaba este problema en la obra de Landauer? Su ideal anarquista, más que basarse en la destrucción directa del Estado, se basaba en la posibilidad de crear relaciones al margen de éste. Vivir otra vida fuera del Estado y la sociedad capitalista. Cuando dice: «El socialismo no viene por el camino del desarrollo del capitalismo y no viene por la lucha de los obreros productores dentro del capitalismo», deja suponer que su ideal de transformación se basa en una oposición constante a la organización y a la cultura capitalista que pueda realizarse en una periferia, en una vida exterior al capitalismo. No estamos muy lejos de las ideas de Tolstoi. Esto hoy cobra un especial interés para nosotros.

Dice Landauer:

El legítimo marxista […], no quiere saber nada de cooperativas campesinas, de cooperativas de crédito, de cooperativas obreras, aun cuando prosperen y lleguen a tener grandes proporciones.

En su libro Caminos de utopía (1950), Martin Buber, filósofo y amigo de Landauer, señalará que el movimiento cooperativista del siglo xix, sobrevivió a la época de mayores represiones y desbandadas.
Refiriéndose al caso de Francia e Inglaterra subraya:

Ni siquiera las persecuciones y disoluciones de muchas cooperativas después del golpe de Estado lograron sofocar el movimiento. El verdadero peligro que las amenazaba provenía aquí, como en Inglaterra, de su propio seno: la capitalización, la paulatina transformación en sociedades capitalistas o semicapitalistas.

La mayor parte de las cooperativas, nos dice, habían sido absorbidas, décadas después, por el modo de funcionamiento jerarquizado y comercial propio de la empresa burguesa. Pero añade: «Sin embargo, en todas partes hallamos también bellos ejemplos de lucha interior por el socialismo.»

Para Buber, la única salida para las cooperativas de producción y consumo era la progresiva integración de ambas y su desarrollo como federación. Había que llegar a una tupida red de cooperativas, organizadas incluso en forma de colonias, basadas en el apoyo mutuo y que no estuvieran completamente aisladas de la sociedad capitalista sino que sirvieran de influjo constante para su transformación.

En Francia, el debate sobre el cooperativismo, en la época de Landauer, es bastante intenso en los medios libertarios. Los «medios libres», las comunidades voluntarias anarquistas que se dieron en Francia en las primeras décadas del siglo xx, se justamente como una alternativa a la integración burguesa de las cooperativas. Como lo expresaba el anarquista André Lorulot: «la cooperación no ataca el modo de producción y de apropiación capitalista en su principio; la cooperativa produce un tipo de nueva pequeña burguesía que amenaza instalarse entre la pequeña burguesía propiamente dicha y el proletariado.» «Por el contrario: «el medio libre no tiene por fin la búsqueda de beneficio. Se propone agrupar a los individuos fuera del engranaje social y de emanciparlos en consecuencia del yugo social.»

Estas comunidades tendrán ecos en el intento de Landauer de lanzar ensayos de colonias socialistas en Alemania y Suiza. Como seguidor de Proudhon pensaba que era posible adoptar las cooperativas y el mutualismo. Creía en la progresión pacífica hacia una sociedad igualitaria y libre, a condición de que esto se hiciera sin concesiones al Estado y al capital, organizando la vida productiva sobre ideales morales y estéticos superiores a los normalmente aceptados por la cultura socialista y obrera. Su ideal de superación de la sociedad capitalista integraba pues la búsqueda de una belleza y una armonía de las que la sociedad medieval cristiana podía estar más cerca a pesar de todas sus deficiencias. La revolución espiritual que le inspiraba no estaba tan lejos del ideal de un Münzer, un Ball o un Winstanley, pero incorporando las aportaciones de Kropotkin y Prudhon en cuanto a lo organizativo y no ciñéndose a ningún dogma religioso en concreto.

Landauer creía en una revolución que despertara en la humanidad el amor, el deseo de comunidad y el deseo de remontarse a las fuentes del ser.

Poco después de la revolución alemana de los consejos obreros de 1919, en la que participaría activamente, fue asesinado brutalmente por el ejército. Así se perdió uno de los hombres más lúcidos y honrados que diera la Alemania de su época.

En cualquier caso, la discusión lanzada por Landauer en favor de un movimiento liberado de los dogmas del progreso y de las teleologías decimonónicas es hoy de plena actualidad. También lo es el problema fundamental de la proyección de una sociedad a partir de experiencias constructivas y autónomas tales como cooperativas agrícolas, escuelas libres, redes alternativas de distribución de bienes o redes de apoyo mutuo basado en el intercambio de servicios.

Por un lado, todas estas experiencias proporcionan la oportunidad de vivir ya, en buena parte, de otro modo. Constituyen una posibilidad genuina de educación en formas de autonomía. Poseen un valor inherente por que generan en las personas actitudes y comportamientos que prefiguran la idiosincrasia de una sociedad igualitaria, más equilibrada y armoniosa con la naturaleza. Por otro lado, en un aspecto más inmediato, pueden ofrecer a ciertos grupos la posibilidad de sobrevivir más dignamente y escapar en parte a la esquizofrenia de la sociedad industrial, donde la mayor parte de empleos contribuye generalmente al sostenimiento del sistema y su onda destructiva. En cualquier caso, pueden ser siempre una vía abierta a la deserción, lo que no es poco en los tiempos que vivimos.

El peligro es, como siempre, que caigamos en una valoración aislada de los fenómenos. Cada pequeña capilla busca reafirmar su verdad ignorando el conjunto de factores que intervienen en cualquier iniciativa colectiva. Si las experiencias de reapropiación a las que hacemos mención se toman como dogmas exclusivos sólo servirán para aislar más el aprendizaje político y hacer más grande el abismo de insignificancia en el que habitamos.

Pero, además, hay una cuestión mucho más grave. En su época Landauer no desligaba su teoría sobre la transformación social de otras exigencias mayores, políticas, culturales e incluso filosóficas. El momento en el que vivía era además de una efervescencia social que nosotros no hemos conocido. Su ideal de las comunas y las cooperativas podía articularse pues con un deseo general de lucha y de transformación que hoy está ausente en la sociedad. Es por eso que la mayoría de iniciativas constructivas que se presentan hoy como panaceas están gravadas con el peso de la época, no hay una crítica consecuente del asistencialismo de Estado, se deriva inevitablemente hacia la supervivencia sin más, se despolitizan los análisis y ya no se busca rebasar el horizonte que nos impone la cultura del capitalismo. Cada vez más, todo se polariza en torno a dos posiciones: o un rechazo frontal del sistema centrado en la vaga esperanza de una lucha desesperada y solitaria, o una vía constructiva que reproduce ingenuamente las estrategias del mercado y la «economía verde». Y entre esos dos polos, estamos casi todos, perdidos, viviendo como podemos con nuestras paradojas a cuestas.

Falta el «espíritu unificador»… Falta retomar las cuestiones donde las dejaron autores como Landauer. La relectura de sus textos puede ser una invitación a comenzar el debate sobre premisas más claras y atrayentes que gran parte de lo que nos propone la «escena crítica» contemporánea.

José Ardillo

Notas

1. La revista libertaria La bicicleta presentó en los años setenta un texto de Paul Avrich dedicado a Landauer. También existe una texto de Michael Löwy titulado «Gustav Landauer, révolutionnaire romantique» del año 2003, donde presenta la vida y obra de nuestro autor. Más recientemente, ha aparecido en la revista Erosión. Revista de pensamiento anarquista (2012) un artículo de Diego Mellado que está en gran parte centrado sobre Landauer. En cuanto a las traducciones en castellano, sabemos que se ha hecho una reedición de La revolución en Argentina hace algunos años. También en francés se ha editado recientemente una colección de artículos.

2. Tanto el mir como el allmend eran formas comunales de propiedad y uso de la tierra.

3. En el texto ya mencionado de Michael Löwy éste comenta, en una nota, que Landauer parece ignorar que Marx y Engels veían el mir ruso como un punto de apoyo para el desarrollo hacia el socialismo. Pero el reconocimiento de Marx del mir ruso llega al final de su vida. Es verdad que el esfuerzo de Marx por comprender las formas de autoorganización campesinas del pasado salva in extremis la honestidad intelectual de Marx pero no sirve para enmendar el sentido de toda su obra anterior que, en esencia, funda su idea del socialismo sobre la revolución capitalista de los medios de producción.

4. Estas citas están extraidas del libro Les milieux libres. Vivre en anarchiste à la belle époque en France (Les Editions Libertaires, 2006) de Céline Beaudet. Este libro constituye una interesante investigación histórica sobre las comunidades anarquistas francesas al rededor de 1900.

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