Incitación al socialismo. Prefacio a la segunda edición

Gustav Landauer

La revolución ha llegado pero no como habíamos previsto. En cambio la guerra ha llegado justo como la preveíamos, y en ella pronto vimos acercarse implacablemente la derrota y la revolución.

Con profunda amargura he de admitir la evidencia de lo que dije en 1907 en esta Incitación al socialismo y en los artículos de mi periódico Der Sozialist, puesto que esencialmente era la verdad. Todavía no había ocurrido en Alemania una revolución política; ahora ya la tenemos, y únicamente la incapacidad de los “revolucionarios” de construir una nueva economía, en particular, así como de implantar la libertad y la autodeterminación, podría ser la responsable de una reacción que acarreara el restablecimiento de nuevos poderes privilegiados. Todos los partidos marxistas socialdemócratas, en sus diferentes matices y variedades, son incapaces de una práctica política, de la constitución de la comunidad y de sus instituciones populares, incapaces de fundar un gobierno representativo de la paz y el trabajo, y al mismo tiempo, incapaces de alcanzar una comprensión teórica de los hechos sociales, tal como ya habían demostrado de modo desastroso, antes, durante y después de la guerra, en Alemania y en Rusia, empezando con un entusiasmo militarista para llegar al reino del terror cruel e infecundo, ambos íntimamente relacionados y curiosamente aliados. No obstante, si es verdad, tal como sugieren algunos informes publicados y una trémula confianza nuestra en la gracia y el milagro, que los bolcheviques rusos, merced a un crecimiento magnífico e incluso más transformador que el que desplegaron Friedrich Adler en Austria y Kurt Eisner en Alemania, han dejado de lado su dogmatismo teórico y su práctica estéril para adoptar como prioridad la federación y la libertad por encima del centralismo y de la organización autoritaria y militarista del proletariado, si es verdad que se han vuelto creativos y han sustituido al proletario industrial e inane por el espíritu de la Rusia campesina, por el espíritu de Tolstoi, el único espíritu eterno, entonces tal transformación no la debemos al marxismo sino al espíritu celestial de la revolución, que firmemente asido y catapultado por la necesidad, descubre estratos ocultos en la psique humana, especialmente en el hombre ruso, que posibilitan el desarrollo de secretas primaveras dichosas y de fuerza subconsciente.

El capitalismo, por lo demás, no se ha transformado progresivamente tal como prometía, y de forma lenta y pacífica, en socialismo; tampoco ha conducido al socialismo tras un colapso repentino y milagroso. ¿Cómo podrían esperarse milagros del principio de la nocividad, la opresión, el latrocinio y la filistea costumbre? En estos tiempos, cuando la rutina ha llegado a ser una lacra maligna, el espíritu que ha de dirigir la revolución hizo milagros; así, de la noche a la mañana cambió la constitución del Imperio Alemán, reduciendo una estructura gubernamental que los profesores germanos consideraban sagrada e inviolable a un episodio del pasado protagonizado por terratenientes y junkers industriales. El gobierno se ha derrumbado; el socialismo es ahora la única salvación. Desde luego este no brotará del capitalismo; es el hijo pródigo y repudiado que espera en la puerta a que salga el cadáver putrefacto de su padre antinatural. Tampoco podrá adherirse como oropel al cuerpo de la sociedad en tanto que culminación de la riqueza nacional y la economía suntuaria; ha de nacer casi de la nada en el caos. En la desesperación he clamado por el socialismo, pero sacando de ella una nueva esperanza y una jubilosa resolución, y la desesperación que yo y los que piensan como yo llevamos dentro no será permanente. Ojalá que a aquellos que ahora empiezan el trabajo de construir no les falte esperanza, ganas, saber y una perdurable creatividad.

Todo lo que se dice por aquí de la quiebra del capitalismo es válido solo plenamente en la Alemania de hoy y también en Los Estados que, de grado o por fuerza, han compartido su destino. Como se ha dicho, el capitalismo no ha quebrado en virtud de su inmanente imposibilidad, sino que el capitalismo de un grupo de Estados, actuando unido a la autocracia y al militarismo, ha sucumbido frente a un capitalismo liberal, militarmente más débil pero económicamente más fuerte, confluyendo con la erupción volcánica de la cólera de sus propios pueblos. No voy a hacer predicciones sobre el momento o la forma en que aquel otro capitalismo e imperialismo más representativo y astuto se derrumbe. Las causas sociales necesarias para una revolución se hallan presentes por doquier. Sin embargo, la necesidad de liberación política, la única razón por la que la revolución se mueve hacia una meta y sobrepasa el estadio de la mera revuelta, es de fuerza variable en los países que han experimentado revoluciones políticas democráticas. La continuación parece evidente: cuanto mayor sea la libre movilidad política que exista en un determinado país, y mayor resulte la adaptabilidad de las instituciones gubernamentales a la democracia, lo peor y más desastroso, es decir, la lucha, llegará cuando la penuria social, la injusticia y la degradación finalmente generen el fantasma de una revolución, y, en consecuencia, una verdadera guerra civil, a no ser que los pasos no vayan encaminados de inmediato al establecimiento del socialismo. Los síntomas, aparecidos primero en Suiza –en horrible combinación con la guerra, el comercio bélico, el sucedáneo suizo de la guerra y la corrupción que engendra la guerra- son bastante claros para todo aquel capaz de distinguir entre el trabajo creador y los crueles y desafortunados excesos o la barbarie intermitente.

Para la revolución solo cabe una política. No se logra el apoyo de las masas esclavizadas si dichas masas no sienten el deseo de liberarse de la opresión social y la miseria económica. Sin embargo, la transformación de las instituciones sociales, de las relaciones de propiedad y del tipo de economía no proviene en absoluto de una revolución. En tales casos, la acción desde abajo solamente puede ocasionar unas cuantas sacudidas, destrucciones y abandonos; por otra parte, la acción desde arriba, incluso la de un gobierno revolucionario, no lleva más que a suprimir y a mandar, pero el socialismo ha de ser construido, erigido y organizado con una nueva mentalidad. Esta prevalece fuerte y ardientemente en la revolución. Entonces los robots se vuelven seres humanos; hombres fríos y sin imaginación arden de entusiasmo. Todo el statu quo, incluidas opiniones buenas o malas, es cuestionado. La razón, inicialmente centrada en el propio interés, se convierte en pensamiento racional, mientras miles de hombres, quietos o moviéndose intranquilamente en sus casas, por primera vez en su vida forjan planes para el bienestar común. Todo deviene accesible al bien. El milagro increíble entra en el terreno de lo posible. La realidad que de otra manera se ocultaba en nuestro interior, en las estructuras y los ritmos del arte, en las sagradas especulaciones de la fe, en el sueño y el amor, en los miembros danzantes y las miradas relucientes, ahora pugna por su realización. Pero el tremendo peligro persiste si las viejas costumbres rutinarias y la vacua imitación prenden en los revolucionarios y los convierten en radicales filisteos, incultos y superficiales, con la retórica tonante y el gesto violento, que ni saben ni quieren saber que la transformación de la sociedad no nace sino del amor, del trabajo y del silencio.

Otro punto que se ignora, a pesar de las experiencias revolucionarias del pasado, es que todas las revoluciones aportaron un gran cambio, un soplo de aire fresco, un punto de inflexión en los pueblos, pero los resultados reales fueron escasos. Al final solo hubo cambio en la privación de derechos políticos. La libertad política, la madurez, el honesto amor propio, la autodeterminación y la cohesión orgánica y corporativa de las masas a través de un espíritu unificador, unas asociaciones voluntarias en la vida pública, todo esto no puede llevarse a cabo más que por un gran ajuste, por una justicia social y económica, por el socialismo. ¿Cómo podría constituirse en nuestra época un conjunto de comunidades, a semejanza de la antigua cristiandad, proclamando la igualdad de todos los seres humanos en cuanto al origen, derechos y destino? ¿Cómo se formaría una vida pública libre, impregnada por el espíritu dinámico que todo lo llena, en manos de hombres entusiastas y de mujeres fuertes e intensas, si la esclavitud, la exclusión y el ostracismo persisten bajo cualquier forma o disfraz?

La revolución política que lleva dicho espíritu al poder, implementándolo de manera imperativa y decisiva, puede aclarar el camino al socialismo mediante un cambio de condiciones y una mentalidad renovada, pero como mucho no pasa de decretar la incorporación de los individuos en tanto que esclavos del gobierno a una nueva economía militarizada. La nueva idea de justicia es quien debe crear sus formas de economía correspondientes. La idea ha de abarcar las necesidades del momento dentro de una visión amplia y modelarlas enérgicamente. Lo que antes no era más que un ideal, ha de realizarse mediante el trabajo que nace renovado de la revolución.

La necesidad de socialismo se hace presente. El capitalismo se derrumba. No funcionará por mucho tiempo. La ficción de que el capitalismo funciona ha estallado como una pompa de jabón; lo único que empujaba al capitalista a una febril actividad y le llevaba a jugarse su fortuna junto con la dirección y administración de su empresa, el denominado beneficio, ya no basta para atraerle. La era de la rentabilidad del capital, del interés y de la usura ha terminado; los detestables beneficios de la guerra fueron su danza de la muerte. Si no queremos perecer en esta Alemania, morir real y literalmente, la salvación está en el trabajo, el verdadero trabajo hecho y organizado por una comunión generosa y fraterna. Se han de desarrollar nuevas formas de trabajo, liberado del tributo al capital, creando incesantemente nuevos valores y nuevas realidades, recolectando y transformando los productos de la naturaleza para satisfacer nuevas necesidades. La era de la verdadera productividad del trabajo acaba de comenzar. A menos que se demuestre otra cosa, hemos llegado al final del túnel.

La tecnología ha puesto al servicio del hombre fuerzas naturales bien conocidas desde tiempos inmemoriales, bien descubiertas hace poco. Cuanta más gente cultive la tierra y transforme sus productos, tanto más dispondremos en abundancia; el género humano podrá vivir dignamente y sin preocupaciones. Para ello no es necesario ser esclavo de otro; tampoco ser excluido o desheredado. El trabajo, la esencia de la vida, no debe ser un arduo tormento. Todo el mundo podría vivir abriéndose a las ideas, al sentimiento, al juego, al dios que habita en ellos. Las revoluciones y su dolorosa, larga y opresiva prehistoria nos enseñan que solo la miseria más extrema, que solo el sentimiento de una total desesperación conduce las masas a la razón, a la razón que a la gente sensata y los niños siempre llega con naturalidad; ¿qué horrores, qué ruinas, penas, calamidades, pestes, conflagraciones y crueldades sin cuento habría que esperar si en la hora fatal la razón, el socialismo, la dirección espiritual y la conformidad con la idea no entrasen en la mente de los individuos?

El Capital, hasta hoy amo parásito, ha de volverse sirviente –algo que represente la comunidad, la reciprocidad, la ecuanimidad en el intercambio. Hombres dolientes, ¿acaso os sentís impotentes ante una solución obvia y puerilmente fácil? ¿Incluso en la hora de la necesidad que para vosotros también era la hora de la acción política? ¿Seguís siendo como animales que han perdido sus instintos y os quedáis atontados por la razón, después de esperar tanto tiempo? ¿No veis todavía el error engañoso de vuestra presuntuosa arrogancia e indolencia? Lo que ha de hacerse es tan simple y claro que hasta un niño lo comprendería. La clave es esta: mirad a vuestro alrededor. El impulso de la idea que dirige la revolución puede ayudarnos a tomar grandes medidas y a embarcarnos en grandes empresas. Ateneros a la idea, los intereses menores no tienen porqué ser obstáculos. A pesar de todo, la decisión plena tropieza con montañas de escombros apilados en el corazón de los individuos y encima de ellos. Se ha abierto un camino, más ancho que nunca, con la ayuda de la revolución y la quiebra del sistema vigente: ¡os llaman, a vosotros y a vuestros amigos, para empezar por lo pequeño, voluntariamente, inmediatamente, en todas partes!

De lo contrario será el fin: el Capital ha perdido el camino de vuelta a consecuencia de las adversas condiciones económicas, de las demandas gubernamentales, de los compromisos internacionales; el endeudamiento nacional con otros Estados y consigo mismo significa en política financiera más déficit. Francia en tiempos de la Gran Revolución cubrió limpiamente las deudas del ancien regime y el propio caos financiero mediante un gran ajuste que empezaba por la distribución de tierras y el estímulo del trabajo emprendedor provocado por la liberación de las cadenas del pasado. Nuestra revolución puede y debe distribuir tierras a gran escala. Puede y debe crear una nueva y revitalizada población campesina, pero ciertamente no puede proporcionar a la clase capitalista ningún tipo de estímulo. Para los capitalistas, la revolución sólo es el fin de la guerra: bancarrota y ruina. Los capitalistas, sus dirigentes de la industria y del comercio, no han perdido solamente sus ganancias, sino que carecen de materias primas y del acceso al mercado mundial. Además, el componente negativo del socialismo está presente y no hay poder en la tierra capaz de neutralizarlo: así lo demuestran la escasa disposición de los trabajadores, cada vez menor a cada hora que pasa, y su incapacidad psíquica en continuar trabajando bajo condiciones capitalistas.

Así pues, el socialismo ha de construirse en medio de la bancarrota, en condiciones de miseria y de crisis, improvisando. Clamaré desde lo alto que hay que hacer de la necesidad virtud a las nuevas corporaciones obreras surgidas tras la caída del capitalismo espoleadas por las necesidades apremiantes de las masas. Igualmente reprocharé a los proletarios de la industria, que se consideran a sí mismos los únicos trabajadores, su mentalidad estrecha, su áspera obstinación, su intransigencia y la vulgaridad de su vida intelectual y emocional, su irresponsabilidad e incapacidad para la organización positiva de la economía y la dirección de las empresas. Pues con absolver a los individuos de cualquier culpa al declararles producto de las condiciones sociales dominantes, no se logra que sean diferentes a como son, ya que la nueva sociedad no va a edificarse con las causas que determinaron la naturaleza de los individuos, sino simplemente con esos individuos. No evitaré dirigirme a los funcionarios municipales, a los ejecutivos de cooperativas y grandes fábricas, a los directores y empleados técnicos y comerciales, a los abogados y a los agentes cuyo papel en el presente sistema se ha vuelto superfluo, para que ayuden al movimiento, modesta, técnica y celosamente, en un espíritu comunitario y con su aporte personal (1). Criticaré duramente la falsificación del papel moneda hecha por el gobierno en nombre de la política monetaria, y especialmente, la compensación por falta de uso de ese autodenominado dinero, si bien cada persona honesta, sin importar la profesión que antes tuviera, ha de participar en la construcción de la nueva economía, en la salvación de la sociedad ante el peligro, pues ha de colaborar en su planificación y construcción tanto como sea posible. Recomendaré el uso de la actual improductiva burocracia militar a fin de que al quedar esta sin empleo pueda situarse en posiciones donde la economía de urgencia, que nos ha de traer la salvación, necesite de ella. Apelaré a la poderosísima energía revolucionaria, que ha de encabezar la salvación y la socialización de la realidad. Llegados a este punto, dejadme que haga un breve sumario preliminar: lo que he repetido una y otra vez en la “Incitación” y en otros artículos de mi Sozialist que lo complementan, es que el socialismo es posible y necesario en cualquier estadio de la economía y de la tecnología. Que no depende de la gran industria ni del mercado mundial, que no le sirve la tecnología industrial y comercial del capitalismo, y menos la mentalidad producida por esa monstruosidad. Puesto que el socialismo ha de comenzar a partir de ahora y que la realización de su idea y virtud al principio nunca es masiva ni sucede con normalidad, ya que resulta sobre todo del autosacrificio de pocos y del arrojo de los pioneros, el socialismo, repito, ha de liberarse él mismo desde las ruinas, partiendo de la miseria y del trabajo gozoso. En su interés hemos de regresar a la vida rural y a la unificación de la industria con la artesanía y la agricultura, a fin de salvarnos nosotros mismos y aprender a vivir en comunidad y en justicia. Pedro Kropotkin nos enseñó el método del cultivo intensivo de la tierra y de la unificación del trabajo manual con el intelectual en su famoso libro Campos, fábricas y talleres, así como que las nuevas formas de crédito y dinero cooperativo han de experimentarse creativa y gozosamente, ya que nuestra situación lo necesita de forma drástica. La necesidad exige, voluntariamente sí, pero bajo la amenaza del hambre, un nuevo comienzo y unos nuevos cimientos, sin los cuales estamos perdidos.

Permítaseme añadir una última palabra, la más importante a mi parecer. Ya que hemos de hacer de la necesidad virtud y transformar el trabajo urgente al que obliga la crisis en los inicios provisionales del socialismo, nuestro sacrificio contara en nuestro haber. Prescindamos de la cuestión de cómo nuestra república socialista, remontando desde la derrota y las ruinas, podrá mantenerse entre los Estados vencedores y los poderosos países regidos por el capitalismo. No mendiguemos, no temanos a nada, no miremos de reojo. Comportémonos entre dichos Estados como un Job motivado por el sufrimiento, abandonado por Dios y por el mundo para servir a Dios y al mundo. Construyamos nuestra propia economía y las instituciones sociales adecuadas para disfrutar de nuestro duro trabajo en una vida digna. Una cosa es segura: si las cosas fueran bien en la pobreza, si nuestro ánimo se alegrara, los individuos pobres y honrados de todas las naciones seguirían nuestro ejemplo. Nada, nada en el mundo, posee la irresistible fuerza de atracción del ejemplo. Fuimos políticamente retrasados, los siervos más arrogantes y provocadores de todos; el daño que acarreó esto y el inevitable destino nos enfureció contra nuestros amos y nos empujó a la revolución. Así pues, de golpe, es decir, debido al golpe que se nos asestó, tomamos el mando. Vamos a ser los primeros en el camino hacia el socialismo, orientando a los demás con el ejemplo. El caos se expande por todos lados; nuevas actividades y desorden se vislumbran en el horizonte. Pero las mentes se están despertando, los ánimos se inclinan hacia la responsabilidad, las manos llaman a la acción. Ojalá la revolución conduzca a un renacimiento. Ojalá, que hombres nuevos e incorruptibles, que tanta falta hacen, emerjan de la oscuridad o de las tinieblas y que esos renovadores, purificadores y salvadores no falten a nuestro pueblo. Larga vida a la revolución y que ojalá crezca y ascienda en estos duros y maravillosos años. Ojalá que los pueblos se imbuyan del nuevo espíritu creador nacido de la tarea a cumplir, de las condiciones sociales imperantes, de las profundidades primigenias, eternas e incondicionadas, ese espíritu nuevo que ha de recrear nuevas condiciones. Ojalá la revolución produzca una especie de fe, fe en la acción, en la vida y en el amor, que haga feliz a la gente, que la redima y le ayude a superar situaciones imposibles. ¿Qué pasará con la vida? Todos nosotros moriremos pronto, no viviremos lo suficiente (2). Únicamente sobrevivirá lo que hayamos realizado nosotros mismos, lo que hayamos hecho entre todos. La creación pervivirá, no en la criatura, sino en la obra del creador. Solo permanecerá el fruto de unas manos honestas y voluntariosas y la dirección marcada por una idea pura y genuina.

Munich, 3 de enero de 1919

1. Dedicamos este prefacio a la memoria del director de minas Jokisch, que, afectado por el espíritu revolucionario, se dio voluntariamente la muerte. Quizás en realidad se tratara de un conservador que protestaba contra el socialismo; sin embargo, lo que hizo fue una obra revolucionaria en el sentido de que la revolución despierta lo mejor y más oculto del individuo para entregarlo libre y heroicamente a lo eternamente común. Sus motivos para suicidarse quedaron explícitos en la siguiente nota:
A los mineros de la Alta Silesia
Después de haberme esforzado en vano en enseñaros con palabras, he decidido hacerlo con hechos. Quiero morir para probaros que las tareas que asignáis a mi modesta persona son peores que la muerte. Tenedlo bien presente: sacrifico mi vida para enseñaros que lo que pedís es imposible. La enseñanza que os doy desde la tumba dice: No maltratéis ni expulséis a vuestros empleados. Los necesitáis y no encontraréis otros dispuestos a trabajar como posesos. Los necesitáis porque no podéis llevar adelante la empresa sin una dirección. Si la cabeza falta, la empresa sucumbirá y moriréis de hambre. Y con vosotros vuestras compañeras, vuestros hijos y cientos de miles de inocentes ciudadanos. La urgente advertencia que os dirijo os exhorta al trabajo intensivo. Solamente si trabajáis más que antes de la guerra y sois más moderados en vuestras exigencias, podréis contar con la afluencia de medios de vida a precios soportables. Como me he dado muerte por vosotros, cuidad de mi mujer y de mis queridos hijos, que no caigan en la miseria por culpa de vuestra sinrazón.”
(N. del A.)

2. Cuando estalló la revolución en Baviera el 7 de noviembre de 1918 Landauer fue llamado a Múnich por su amigo Kurt Eisner, presidente socialista independiente de la nueva “dieta” bávara. Con sus compañeros Erich Mühsam y Ernst Toller, jugó un papel central en el movimiento de organización de consejos de obreros, campesinos, soldados y marinos. Durante estos acontecimientos se opuso a las pretensiones socialistas y comunistas de cualquier control del Estado sobre la industria y la agricultura. Tras el asesinato de Eisner (cuya muerte se sumaba a las de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en Berlín), Landauer fue nombrado comisario de educación en el gobierno de la República de los Consejos de Baviera proclamada el 7 de abril de 1919 a propuesta suya, pero su trabajo, saboteado por el KPD, no duró más de una semana. A finales de mes, el gobierno socialdemócrata alemán de Noske envió los Freikorps prusianos para acabar con la revolución bávara, defendida solamente por unos centenares de “guardias rojos”. El 1 de mayo Landauer fue detenido en casa del difunto Eisner. Al día siguiente, en el patio de la prisión de Stadelheim, celebrando la victoria sobre los revolucionarios, un oficial “blanco” lo abofeteó, desencadenando una salvaje agresión por parte de los soldados: fue golpeado con porras y culatas, pateado y pisoteado hasta la muerte. Su cuerpo quedó tirado desnudo en la lavandería. El soldado que mató a Landauer resultó exonerado tras declarar que él meramente “cumplía órdenes”. El oficial que golpeó a Landauer fue multado con 500 marcos. Otro oficial fue arrestado, pero no por asesinar a Landauer, sino por robarle el reloj. El jefe de la soldadesca, mayor Fritz von Gagern, jamás fue molestado. Un monumento a Landauer, erigido por la FAUD, organización anarcosindicalista alemana, fue derribado por los nazis tras la subida de Hitler al poder (N. del T.).

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s