Matar por el desarrollo

M.A.R.C.U.S.E. (Movimiento Autónomo de Reflexión Crítica para Uso de Supervivientes de la Economía). A unos cuantos pasos del bosque de Sivens, a mediados de noviembre de 2014

Un muchacho de 21 años fue muerto la noche del 25 al 26 de octubre en Sivens. Hoy nadie discute que fue el impacto de una granada -un arma de guerra- lanzada por un gendarme móvil, la causa de su muerte instantánea.

Pasadas menos de 48 horas, la prensa y la élite política del país divulgaron los resultados de un informe de expertos, conocido desde hacía días, dando un varapalo al proyecto de pantano en el riachuelo del Testet: demasiado grande, demasiado destrozo ambiental y, en el fondo, de una utilidad discutible. En resumen, que no debían haber comenzado las obras. Lástima por las numerosas personas heridas en septiembre, particularmente por pelotas de goma, cuando intentaban formar una barrera con sus cuerpos para impedir la destrucción del bosque. Y sobre todo, lástima por Rémi F. Todos tenían razón al protestar, pero la tuvieron demasiado pronto, puesto que para los señores Carcenac (presidente del Consejo General del Tarn, socio del proyecto) y Gentilhomme (el prefecto) resultaba inconcebible la suspensión de las obras durante la espera de dicho informe. Vivimos en un mundo donde a menudo tener razón no sirve de nada.

Lástima al cuadrado por Rémi F., por su familia y los amigos que lo lloran: no sólo se dejó la vida en un lugar donde numerosos dirigentes dicen ahora que no era necesario deforestar. Pero encima, fue abatido por gendarmes que no tenían por qué estar ahí… a no ser que se buscasen enfrentamientos con aquellos manifestantes que tienen por costumbre no dar cuartel a la policía. Recordemos que no había nada, ni máquinas, ni material de obra, que necesitara ser protegido durante la concentración del 25 de octubre. El objetivo no era otro que el de proporcionar a las emisoras de televisión un puñado de imágenes de guerrilla para que las difundieran los días siguientes, con el fin de recuperar al menos parte de la opinión local alarmada ante la violencia empleada por las autoridades en septiembre, cuando todavía pensaban que esa era la mejor manera de que la obra echara para delante. Los señores Carcenac y Gentilhomme sabían que tras las manifestaciones del fin de semana, no quedarían argumentos que esgrimir a favor de su pantano, que Ségolène Royal les dejaría tirados, etc. Urgía confeccionar un argumento nuevo: los contestatarios eran “violentos” y “folloneros”.

La operación mediático policial a la que se asiste desde entonces, esta vez a escala nacional, es del mismo calado: hay que desacreditar la multitud de protestas que pululan los últimos años por suelo francés contra proyectos de infraestructuras, como por ejemplo autopistas, líneas de TAV, aeropuertos, o incluso un estadio, una granja-fábrica… El mensaje de Manuel Valls, de sus comisarios y de sus comunicadores es claro: quienes se oponen a los proyectos de manera resuelta y consecuente (no quiere decir no) son unos alborotadores, unos Bonnot y Ravachol, que sembraran violencia y desolación allá donde se los deje enquistarse.

Práctico, puesto que el mensaje evita discutir y justificar la violencia y la devastación que exigen a diario, en las cuatro esquinas del planeta, el funcionamiento de las centrales nucleares, la fabricación de teléfonos móviles o la pulverización de plaguicidas –por un lado, minas de uranio y coltán, cuyas condiciones de trabajo son infernales; por el otro, guerras civiles y campesinos expulsados de sus tierras; en todas partes, aguas corrompidas y cánceres en cantidad. Mejor que se hable de un escaparate roto en Albi que de la vista estremecedora del bosque diezmado de Sivens o de las consecuencias humanas y sanitarias del productivismo agrícola. Mejor echar unos cuantos nuevos telespectadores en brazos de Marina Le Pen enarbolando el espectro de la anarquía, que permitir que la población vislumbre modos de lucha que ofrezcan una salida a la impotencia y la desesperación políticas.

Al día siguiente de la muerte de Rémi F., Carcenac pronunció una frase alucinante: “morir por una idea tiene su valor, pero no deja de ser algo relativamente tonto y estúpido”. A este granuja replicamos: “Matar por intereses privados y por el desarrollo es abyecto, incluso si a nivel planetario resulta trivial.” Pues si forzosamente ha de verse la muerte de Rémi como la consecuencia de una idea, esa no es otra que la que anima obsesivamente a todos los gestores de este mundo, desde el contramaestre de una PYME hasta los jefes de Estado, pasando por el cargo electo local más insignificante: el desarrollo económico a cualquier precio; el empleo, aunque sea inútil y perjudicial; el crecimiento infinito, a fin de seguir siendo (o llegar a ser) más atractivo a la inversión que el vecino de al lado, consolidando así su poder.

En ese mismo día, a Carcenac le había salido del alma una frase como la que sigue: “Si todas las obras que no gustan a nadie tuvieran que protegerse así, ¿hasta adónde podríamos llegar?”. En efecto, ¿adónde podríamos llegar si la gente se ocupara de los asuntos que les conciernen, no dejando que los autodenominados representantes se ocuparan de ellos en su lugar, llenándose sus bolsillos y los de sus empresarios colegas? En estos días, un temor asedia la oligarquía francesa: que ya no sea posible emprender obras de infraestructura industrial en el país sin que surjan oponentes bien informados, determinados y libremente organizados. Que ya no sea posible enchufar la máquina de hacer dinero sin que unos simples ciudadanos vengan y planteen ruidosamente las cuestiones enojosas de rigor: ese proyecto tal ¿para hacer qué? ¿en beneficio de quién? ¿con qué consecuencias para nuestro medio de vida?

Por eso es tan importante para el Estado que un movimiento juvenil no vea la luz, ya que cuestionaría de una tacada los medios (policiales) y los fines (capitalistas) de su acción. ¿Adónde llegaríamos si unos estudiantes de instituto o de universidad reclamaran el desarme de la policía, denunciando de consumo los crímenes racistas que se cometen de ordinario en los extrarradios y la represión salvaje de las manifestaciones anticapitalistas? ¿Adónde iríamos a parar si las diferentes Zonas A Defender contra los proyectos industriales y comerciales acelerados siguieran relacionándose y llegaran a coordinarse y federarse, no sólo en palabras, sino en actos?

Es difícil saber con seguridad plena adónde nos llevaría todo esto, pero tomar ese camino es lo mejor que podría pasar.

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