Asfaltar Bolivia. La ideología del Progreso en Latinoamérica

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estreno-27f-a-boliviaGuión, Dirección y Edición: Marc Gavaldà
Cámaras: Marc Gavaldà y Lidia Álvarez
Imágenes cedidas por:
Territorios en Resistencia
Katari Films
Ayllu Larikuna

Argelaga, 13 de marzo de 2015 (con motivo del estreno del documental “Asfaltar Bolivia”, de Marc Gavaldà)

Las palabras “progreso”, “desarrollo” y “modernización” en el mundo capitalista, o sea, en el mundo, son la corteza ideológica de la acumulación de capitales y el crecimiento económico; configuran el discurso de la clase dominante puesto que ellas constituyen su eje vertebrador. En América Latina, mientras imperó el modelo agro-exportador neocolonialista y gobernaron las oligarquías que se beneficiaban de él, tales conceptos tuvieron un significado claro: el progreso era progreso de los otros, del capitalismo de afuera. El desarrollo mundial de las fuerzas productivas se concretaba en subdesarrollo local, y la capitalización exterior, en una descapitalización interior. Mientras dominaron los terratenientes latifundistas y la burguesía comercial, la inmensa “riqueza” de la tierra, es decir, la cotización de sus recursos en el mercado mundial, equivalía a la pobreza más abyecta de la mayoría de sus habitantes, proletarizados a la fuerza y bajo la amenaza permanente de la desocupación. A falta de una clase media floreciente y de una burguesía mediana emprendedora, la industrialización fue tardía, escasa y deficiente. Entre tanto, el papel de la tecnología en el desarrollo económico adquiría una importancia creciente y la oligarquía tenía que importarla trasfiriendo su coste a la masa asalariada. El sistema hacía aguas y se sumergía en crisis sociales intensas. La paradoja de un capitalismo imperialista enemigo de un desarrollo capitalista local dio lugar a la formación de un nacionalismo resistente, curiosamente representado por políticos conservadores y dictadores militares que se significaron en el aplastamiento de un movimiento obrero independiente y de una clase media radical en horas bajas. Su programa industrializador y desarrollista utilizaba al Estado como agente principal, tratando de desempeñar la función histórica que no tuvo la burguesía.

El Estado debía romper la “dependencia” político-económica exterior, reforzando la banca nacional y levantando barreras proteccionistas, aunque sin lesionar ni los intereses caciquiles sobre los que se sostenía, ni contrariar la geoestrategia del capital estadounidense, contra la cual tenía todas las de perder. En un pulso desigual, el imperialismo norteamericano se impuso y la vía “prusiana” autoritaria de desarrollo capitalista fue la que predominó durante la fase globalizadora: el Tesoro americano, la Banca Mundial y el Fondo Monetario Internacional, fueron las instancias que impusieron en Latinoamérica las políticas basadas en la estabilidad macroeconómica y el fomento de la inversión exterior, al menos hasta finales de los noventa. Los exiguos capitales obtenidos con el Nuevo Ajuste Estructural, las remesas de emigrantes y la subasta de las empresas estatales y municipales, fueron rápidamente absorbidos por la crisis económica, pero el principal fruto del desarrollismo desregularizador y neoliberal fue una burocracia ávida y corrupta que aceleró la crisis política. En ese contexto de crisis múltiple emergen nuevas fuerzas sociales de perfil socialpopulista que amparándose en las estructuras políticas vigentes llegarán a detentar el poder político. A pesar del lenguaje izquierdista a la antigua usanza, no pretenden abolir capitalismo mediante una “revolución” socialista, sino estimular la creación de capitales desde una óptica reindustrializadora y neoextractivista. Romper con las formas brutales de la globalización, sin renunciar a ella. El Estado vuelve a ser entonces el instrumento de un despegue económico y tecnológico capaz de repartir beneficios y dotarse de una amplia base social. La nueva burocracia es progresista, no en sentido liberal, sino social, ya que la componen dirigentes de los recientes movimientos sociales, viejas figuras de los antiguos y tecnócratas de vanguardia. También es desarrollista y el adalid del progreso material entendido como alta capacidad de consumo de mercancías, pues cree en las virtudes socialmente benefactoras del desarrollo de la economía de mercado.

Es evidente que el progreso de la economía es fundamental para la buena marcha de una sociedad sometida a las leyes del mercado mundial, y éste parece depender ante todo de la explotación de recursos mineros, madereros, hídricos, agrícolas y petroleros. Parece que no haya más alternativa que, o la desintegración de las viejas estructuras sociales ligadas a formas obsoletas de capitalismo, o la destrucción del territorio y la desintegración de las comunidades supervivientes. La nueva clase dirigente intenta estabilizar la sociedad de clases mediante la imposición un modelo extractivo basado en la explotación del patrimonio natural como motor principal de crecimiento. Usa la vieja táctica reformista de los socialdemócratas del “bienestar” por etapas, a la vez que reproduce pues el viejo modelo exportador, el único que le permite proletarizar sin dramas los sectores de la población sobre todo campesina que permanecían al margen del mercado, hecho que les hacía merecer la categoría de “pobres.” Según los cánones progresistas, el “bienestar” popular consiste en la posesión de objetos fetiche como automóviles, electrodomésticos, ordenadores y teléfonos portátiles, en el uso de pesticidas y cartillas bancarias, o en la compra online y en grandes superficies, exactamente el tipo de miseria caracterizada por la abundancia de mercancía inútil que prolifera en los países enteramente capitalizados. El Progreso, bandera de la nueva clase, al fin y al cabo no es más que la industrialización del territorio y la monetarización de toda la actividad social. Así pues, los modos de vida tradicionales, agrarios, colectivistas, han de sucumbir ante el modo de vida moderno, consumista, individualista y depredador, para que el actual equilibrio de clases se mantenga y la burocracia extractivista se consolide.

En América Latina, los Estados son ahora la pieza clave de la globalización, de cuyas infraestructuras se encargan sus gobiernos. Las carreteras, las represas, las urbanizaciones y las centrales eléctricas preparan y acondicionan el territorio para la penetración de la economía: se encargan de “vertebrar y articular el país”, es decir, facilitan la transformación del territorio en capital. Dicho proceso es indiferente a las necesidades reales de la población y a los impactos medioambientales, pues persigue objetivos meramente capitalistas. Y precisamente las comunidades indígenas, no contaminadas por el Progreso, se yerguen como baluarte contra la barbarie desarrollista, pagando el precio de la criminalización de su protesta, de los vejámenes policiales y del soborno de sus representantes. La defensa del territorio no es simplemente una resistencia a la expropiación de sus recursos; es una defensa de la identidad, de la cultura y del patrimonio ancestral. De una manera de vivir que, lejos de ser ideal, es mucho más libre y saludable que la establecida por la mundialización de las finanzas. Por eso se convierte en faro de las masas urbanas colonizadas, atrapadas en modos de vida neuróticos, contaminantes y despersonalizados, reprimidos, infelices y extremadamente dependientes. La idea de Progreso cobra en las periferias metropolitanas, en las conurbaciones parásitas, un sentido tanto o más macabro que en los proyectos faraónicos insensatos con que la nueva casta progresista castiga al territorio y a sus habitantes. Las luchas no se detienen en regatear servicios, reclamar más créditos o exigir más puestos de trabajo, reivindicaciones que limitan y traban a los movimientos urbanos. Son luchas antiestatales y anticapitalistas, por el derecho a ignorar al Estado-Capital y vivir al margen de él. Precisamente lo que en la época de su fusión completa con el Capital ningún Estado puede tolerar. Exigen justicia, pero de la clase que ningún tribunal mercenario puede impartir.

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3 responses to “Asfaltar Bolivia. La ideología del Progreso en Latinoamérica

  1. Retroenllaç: Asfaltar Bolivia·

  2. Retroenllaç: Documental “Asfaltar Bolivia”. Unha reflexión sobre o mito do progreso. | abordaxe·

  3. Retroenllaç: A ideoloxía do Progreso en Latinoamérica x Revista Argelaga | abordaxe·

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