Sobre la inviabilidad técnica del capitalismo

Jorge del Arco

Parece ya imposible negar, salvo desde la más absoluta mezquindad, que asistimos al cenit de la producción mundial de petróleo. De hecho, la Agencia Internacional para la Energía (IEA), organismo nada sospechoso por su perspectiva revolucionaria, reconoció en 2010 que la máxima producción de petróleo crudo probablemente se produjo en el 2006 [1]. Esto plantea un límite externo, físico e insalvable al crecimiento económico y, por consiguiente, al capitalismo. La imposibilidad de producir petróleo implica no tener acceso a energía que consumir, lo que en última instancia no es sino trabajo que desarrollan las fuerzas productivas y, por tanto, crecimiento. Este límite externo [2] implica, en teoría, la inviabilidad del capitalismo, al menos tal y como lo conocemos. Es algo que parece que los círculos de expertos y científicos empiezan a aceptar casi de forma unánime, aunque evidentemente ello no suscite las mismas respuestas en todos. También es el motivo por el cual nos llevan bombardeando desde hace años con nuevas soluciones energéticas milagrosas –por cuanto según fracasa una aparece otra que la sustituye y mantiene el nivel de optimismo (fingido o no)– para paliar la falta de petróleo y apremiándonos en la necesidad de que reduzcamos nuestro consumo de energía, aún cuando el consumo industrial de energía es cuatro veces mayor que el doméstico (en un amplio sentido del término). El problema del consumo energético no es la electricidad que consumimos, es la energía que necesita este modelo de producción. Lo cual no quita que dicho modelo no constituya tanto una forma de vida como de relaciones sociales –es decir, el problema no es meramente productivo– y que una forma de vida y unas relaciones sociales diferentes no impliquen una reducción necesaria de nuestra dependencia energética.

Sin embargo, esto no deja de ser una enunciación técnica acerca la inviabilidad del modelo de producción con el que vivimos. Inviabilidad que de por sí no presupone que el capitalismo tenga los días contados –y con capitalismo me refiero a sus formas sociales: sociedad de clases, trabajo asalariado, explotación, dominación, etc.–. Que la escasez de petróleo va a conllevar cambios de difícil predicción a nivel mundial, cuando no los está provocando ya, es innegable. Pero qué cambios o qué capacidad de incidencia tengamos sobre esos cambios, y por tanto sobre sus consecuencias, es lo que debería preocuparnos a los revolucionarios y a cualquiera que desee acabar con la sociedad capitalista.

El final del capitalismo, si es que es a eso a lo que estamos asistiendo, no tiene por qué significar algo bueno si no implica el fin de la explotación y la dominación, es decir, la abolición de la sociedad de clases. He aquí una hipótesis catastrofista: ¿Sería posible que los capitalistas se aprovecharan de los millones de personas expulsadas del trabajo asalariado, que el sistema de producción no puede absorber, para paliar en parte el déficit de energía? Es evidente que no estaríamos hablando del mismo rendimiento que aportan el petróleo y el resto de combustibles fósiles a punto de agotarse, pero por qué no suponer una situación en la que un férreo control social y económico, que limite la competencia salvaje, mantengan intactas la propiedad privada y el trabajo asalariado. La competencia voraz es el alma del capitalismo, pero hay otras formas sociales de explotación y dominio. Por lo tanto, lo importante no es el cambio en sí, sino hacia dónde se dirige.

Pongo sobre la mesa esta cuestión para criticar la postura que se adopta desde ciertos ámbitos científicos al reducir el asunto de la crisis energética –realidad que por supuesto nadie niega– meramente a un problema ambiental, planteando la cuestión sólo como la inviabilidad técnica del capitalismo. No entrar en el conflicto social implica buscar, ante un problema técnico, una solución técnica. Para los que nos vemos forzados a ser explotados, el cambio no puede pasar por encontrar una solución a la cuestión del abastecimiento de la energía para la sociedad hiperindustrializada, sino en acabar con esa explotación que, entre otras cosas, cada vez se vuelve más incompatible con la propia vida. Si olvidamos la dimensión social del capitalismo y nos quedamos sólo con la destrucción medioambiental que genera, estaremos condenándonos.

La neutralidad de la que suelen hacer gala los científicos, como prueba de la validez o la veracidad de sus teorías, no solo no existe sino que supone un modo concreto de imaginarse lo social y lo político. Más bien, supone una determinada forma de enfrentarse a la realidad, como si esta poseyera una racionalidad inherente y no fuera una construcción de la propia humanidad. Cómo plantees la información, y por consiguiente cómo se reciba, condiciona la capacidad de respuesta y lo que se pueda hacer con ella. Saber que las soluciones que se proponen desde el Poder no son viables puede ser útil para aquellos que todavía se dejan deslumbrar por la ilusión del progreso, o para aquellos que aún confían en el sentido común de las instituciones de este sistema, pero renunciar a un posicionamiento político frente a los problemas sociales es renunciar a la perspectiva revolucionaria y por lo tanto situarse, conscientemente o no, en la contrarrevolución –entendida como aquellas dinámicas que el sistema, y las personas que lo componen, ponen en marcha para evitar su desmantelamiento.

Los caminos de la contrarrevolución son inescrutables. En cada paso que demos hacia lo que pueda ser una sociedad más libre y justa, habremos de enfrentarnos a quienes no desean perder los privilegios de los que gozan en el orden social actual. Esto quiere decir que no existen recetas y debemos tener siempre claro hacia dónde queremos caminar.

Algunos pensamos que, a estas alturas, hay cosas que no debería hacer falta volver a repetir. Sin embargo, a la luz de las circunstancias, las diremos las veces que sea necesario. Que avancemos o no hacia dónde queremos ir dependerá del camino que tomemos: no se puede combatir la alienación con medios alienados. La única manera de que los explotados dejemos de serlo es que nosotros mismos entendamos esa explotación y luchemos contra ella. Si el actual modo de producción y el sistema social en el que se desarrolla están destruyendo la propia vida y amenazan con llevarse por delante todo lo que los limita, la única forma de evitarlo es luchar contra ellos.

La hegemonía del pensamiento que generan las soflamas capitalistas al interpretar la realidad es un arma poderosa y se infiltra en nuestras propias formas de entender el mundo y enfrentarnos a él. El propio conocimiento –cómo se produce y cómo se reproduce– establece una praxis concreta y una forma de pensar la realidad, al mismo tiempo que genera los límites de nuestra capacidad de hacerlo. Ante la inminente fatalidad del declive, o estancamiento, de la capacidad de producción y consumo de energía, se disparan las alarmas y emergen los discursos que pretenden generar un cambio de conciencia y de hábitos para frenar el desastre. Ahora bien, es relativamente sencillo que esos razonamientos terminen por enviar el mensaje, sea de forma consciente o no, de que todos debemos poner de nuestra parte en la noble tarea de poner límites a la destrucción que genera el sistema capitalista. No entraremos a discutir aquí los argumentos de aquellos que en realidad no quieren destruir el capitalismo, sino limitar su capacidad destructiva o armonizarla con los límites físicos del planeta. Sus objetivos no son los nuestros. Sin embargo, la misma idea de que estamos en el mismo barco, que se hunde y que, por tanto, todos tenemos la responsabilidad de evitarlo, también se cuela entre aquellos que comparten la voluntad de acabar con este sistema de dominio y explotación, entre aquellos que entienden que se trata de un sistema asesino e injusto. He aquí dónde radica el peligro de planteamientos que renuncian al aprendizaje de su propio pasado, a la teoría revolucionaria acumulada durante años de luchas y derrotas. De hecho, unido al discurso catastrofista, y formando parte imprescindible de él, casi siempre nos encontramos con el apremio del ahora o nunca, con el dramatismo de un problema ante el cual si no reaccionamos inmediatamente, si no tomamos los atajos que sean necesarios, seremos irremisiblemente destruidos. En este planteamiento, siempre subyace la idea de la necesidad imperante de dejar de lado todo lo que en apariencia nos impide actuar ahora, que no por casualidad suelen ser aquellos aprendizajes acumulados que avisan del peligro de anacronismos tales como el colaboracionismo de clases. El inmediatismo suele ser el pretexto con el cual se insta a actuar sin tener en cuenta la consecuencia última, ni analizar las verdaderas implicaciones de nuestras acciones.

Decir esto no es rechazar la necesidad urgente de actuar desde una posición privilegiada u obviar las posibles consecuencias de la falta de abastecimiento energético, lo que pueden acarrear y lo que ya están suponiendo. Todo lo contrario, precisamente porque seremos nosotros, los explotados, los que más suframos esa escasez, debemos afrontarla como un problema de primer orden. Sin embargo, caer en la ilusión de que el camino más rápido es el más seguro, es igual de peligroso. Pretender que ante la urgencia de hacer algo es necesario recurrir a cualquier medio, en realidad nos aleja del fin que perseguimos.

Desde las instancias científicas y expertas, incluso aquellas con un discurso crítico real, en ocasiones se pretende conseguir convencer a quienes ocupan puestos de responsabilidad política o económica de que es necesario un cambio de rumbo. Se utilizan argumentos lógicos para demostrar la necesidad de anteponer los intereses generales, no tanto los comunes, a los particulares, pero el capitalismo se basa en la competencia y el individualismo y no puede responder a otro interés que el beneficio propio. Apelando a esa inviabilidad técnica, y dejando de lado conscientemente las implicaciones sociales para no parecer radicales, se piensa que la lógica se impondrá frente a los intereses económicos. Sin embargo, se olvidan de varios hechos que deben ser señalados.

En primer lugar, el capitalismo no es racional. Que la mayoría de personas vivan vidas de miseria, rodeados de la más absoluta opulencia material, esclavizados por un trabajo asalariado, cuando se derrochan recursos y bienes, no tiene sentido más que para quienes viven del fruto de ese trabajo. Apelar a su conciencia es ante todo ingenuo. Entre otras cosas porque esas personas, que supuestamente ocupan cargos de responsabilidad, en realidad no tienen más capacidad de acción que nosotros y se deben a la lógica de la mercancía que, desde luego, nunca deja de ir en su beneficio. La esfera de la economía capitalista cada vez se autonomiza más del ámbito político. En su carrera desaforada, sigue sus propias reglas, la obtención del máximo beneficio, y no se detiene. Ni los ejecutivos ni la clase política van a salvarnos del desastre al que nos conduce este modelo de civilización. No quieren, pero, además, no pueden, ya que ello implicaría renunciar a su propia existencia y ninguna clase dominante se ha suicidado jamás.

No obstante, lo peor de esta perspectiva de promover el cambio desde los organismos del poder capitalista no es su ingenuidad, sino los peligros que conlleva. Nos alejan de la posibilidad de tomar las riendas de nuestras vidas y acabar, de una vez por todas, con la economía política. Significa reproducir otro aspecto más de la desposesión, impedirnos eliminar la separación entre lo político y lo social para poder entenderlo como un todo en el cual vivimos y nos desarrollamos, y no sólo como un terreno de juego en el que sobrevivir con unas reglas impuestas que nos impiden jugar.

Confiar en quienes se benefician de este modelo social para que eviten el desastre es la antesala de la derrota. La única forma de evitar el colapso es la que siempre ha estado ahí: construir una nueva sociedad sobre las ruinas de la vieja. Y no es sólo que no queramos que esa nueva sociedad la dibujen y la construyan los que ya nos explotan en esta, por razones obvias, sino que vamos a tener que enfrentarnos a ellos para poder levantar nuevas formas sociales.

En ocasiones, los expertos que pretenden ser críticos se escudan en que su labor es ofrecer la información de forma objetiva. Sin embargo, cabe decir que, al igual que el conocimiento, esta nunca es neutra. Confundir la necesidad de aportar datos de forma seria y honesta, y escudarse tras esa pretensión para justificar la falta de compromiso político, no es ser objetivo. Se argumentará que los hechos deben ser presentados como son, sin valoración. Sin embargo la ausencia de “determinada” valoración, como es analizar los hechos desde una perspectiva revolucionaria o utilizando herramientas de la crítica de la economía política, no es una muestra de neutralidad, sino de derrota ideológica, y esa es una batalla que también hay que ganar. Limitarse a plantear la inviabilidad técnica del capitalismo en términos científicos –y a lo sumo alguna alternativa técnica también que implique quizá un cambio de paradigma, pero que desde luego no cuestione ni la propiedad privada, ni el trabajo– y replicar que no se quiere ser profeta del cambio social no es un acto coherente de objetivismo: o es ingenuidad o es falta de compromiso. La tan cacareada imparcialidad del pensamiento científico, que igual justifica no posicionarse frente al problema energético que fabricar bombas, lleva aparejada automáticamente una renuncia a la crítica real.

Queda claro que el argumento de tener que ser aceptado por los de arriba es ingenuo y peligroso por cuanto niega nuestra propia capacidad de actuar y no me refiero a actuar individualmente reduciendo mi consumo, reciclando o comprando productos ecológicos, sino a actuar colectivamente en el cambio efectivo de las relaciones sociales que reproducimos. Lo que me preocupa ahora es la creencia de que la forma en la cual exponemos la información no condiciona la respuesta ante dicha información, o lo que podamos hacer con ella. Tal y como se construye y se adquiere el conocimiento, la complejidad técnica de la ciencia también anula nuestra capacidad de acción. Esto no significa que haya que simplificar el discurso o ser menos rigurosos –desde luego también es nuestra responsabilidad formarnos en las cosas que no comprendemos y en las que queremos poder tomar decisiones–, sino que este no debe conducirnos a una posición de impotencia. No se pueden desligar los argumentos de sus implicaciones en la lucha, de ello depende qué cambio de modelo se imponga: uno que nos libere o uno que nos esclavice todavía más. Exponer la información sin tener en cuenta lo que podemos hacer con ella solo sirve para profundizar en la incapacidad y el delegacionismo.

Obviamente, conocer la coyuntura capitalista para actuar es imprescindible. Conocer implica poder hacer un análisis serio y reflexionar sobre la mejor manera de llevar a cabo una práctica revolucionaria. Sin embargo, para poder articular esa práctica de manera efectiva, y que esta nos conduzca a construir una sociedad mejor, no podemos renunciar a nuestras propias herramientas de análisis. En el estado de desarrollo actual, parece ser que el capitalismo ya no es reformable, al menos no para seguir con su avance arrollador. Aparentemente nos hemos topado con un poderoso límite externo, como es la incapacidad de producir la energía necesaria para mantener el ritmo de crecimiento. Incluso hay perspectivas teóricas que también abordan el problema del reformismo interno del capitalismo, en tanto que la competencia por aumentar la tasa de ganancia hace imposible seguir proponiendo mejoras para los trabajadores, al contrario, es necesario destruir las que fueron obtenidas a través de diferentes luchas durante el siglo XX. Como ya he dicho al principio, esto en sí mismo no es ni bueno ni malo. El capitalismo no se va acabar por sí solo, al menos no en sus aspectos de explotación y dominio. La importancia de la imposibilidad de reformarlo solo es relevante si nos conduce a dejar de buscar soluciones a sus contradicciones dentro del propio sistema. Ahora bien, el peligro de esta conclusión es doble. Por un lado, creer que puesto que ya no hay posibilidad de reformas, automáticamente las masas de proletarios del mundo se levantarán, más temprano que tarde, en una insurrección generalizada, y nosotros solo debemos sentarnos a esperar a que eso ocurra. Por el otro, que dado que el desastre es inminente y de magnitudes planetarias, es decir, que afecta a la civilización capitalista en su conjunto, la única forma de evitarlo es asumir la responsabilidad conjunta de detener el colapso. Ambas son preocupantes, pero la segunda es la que quiero criticar aquí por cuanto afecta a ese discurso crítico cientifista y «neutro». Ese argumento conduce a la misma idea que llevamos años escuchando con respecto a los problemas medioambientales del modelo industrial: todos estamos en el mismo barco. Sí, es cierto, pero unos manejamos los remos y otros llevan el timón. Así que de lo que se trata no es de remar más duro, sino de arrebatarles ese timón. Rechazar el conflicto no es una actitud responsable frente a la gravedad de la situación, es lo que interesa a quien no pretende cuestionar el orden social, sino únicamente resolver sus límites técnicos.

Renunciar a un posicionamiento radicalmente antagonista no sólo conduce a la parálisis, también conlleva una pérdida mayor, y más grave, de autonomía. Refuerza el delegacionismo como arma para que otros sigan tomando las decisiones por nosotros. No tiene sentido cuestionar o criticar las decisiones que tomen, sin cuestionarnos por qué tienen que ser ellos quienes las tomen y, sobre todo, en qué nos benefician. Entre otras cosas, el posicionamiento anticapitalista implica tomar conciencia plena de en qué lado se está y obrar en consecuencia. Quien se queda en el cómodo palco de la ciencia, alegando que no se tiene otra función que la de informar y que deben ser otros quienes usen esa información para promover los cambios, no deja de estar eligiendo un lugar: el del experto analítico del conflicto social, o ambiental, desde fuera, lo que en definitiva es estar contra. No hablo de la confrontación absolutista de “estás conmigo o estás contra mí”, sino de las consecuencias del inmobilismo. No actuar, comprometiéndose de forma directa y sólo exponer una información que otros tendrán que usar –lo cual de por sí ya reproduce divisiones y jerarquías a la hora de afrontar el problema–, es lo mismo que colaborar con que el cambio no se produzca, o lo haga según unos intereses concretos.

Nunca ha sido más evidente la necesidad de romper con esa lógica de que la ciencia y el conocimiento científico están por encima de las connotaciones sociales de su desarrollo. Los hechos objetivos que estudia la ciencia no están exentos de un contexto histórico y social. Si realmente se pretende que la ciencia pueda ser un instrumento de transformación y no una herramienta al servicio capitalista, ha de bajarse del pedestal de la neutralidad y el objetivismo y comprometerse con las implicaciones de sus planteamientos y su aplicación práctica. De lo contrario, seguirá siendo un instrumento de legitimación del capitalismo, aún cuando sea por no actuar contra él.

Comprometerse con el cambio, significa hacerlo con todas las consecuencias, incluidas las de una práctica política que, bajo el título de experto, pretende proponer una visión de la realidad tecnocrática. El capitalismo es fundamentalmente un modelo social, no solo económico. Entender esto tiene unos efectos muy concretos a la hora de llevar a cabo una crítica que permita ir más allá y no quedarse solo en la enunciación estéril de sus nocividades. Llevarnos las manos a la cabeza o predecir futuros pseudoapocalípticos –y, una vez más, no porque no sean posibles– recuerda demasiado a los lamentos cristianos acerca de la pobreza y el hambre en el mundo, sin dedicar una sola de las reflexiones a por qué ocurre lo que ocurre y, por tanto, qué debemos hacer para cambiarlo. Lo que debe preocupar a quien pretenda acabar con este modelo son las implicaciones sociales y políticas del fin de la producción de combustibles fósiles, no sólo en términos de la inviabilidad capitalista, sino de las posibilidades físicas –y energéticas– de una sociedad libre.

[1] http://crashoil.blogspot.com.es/2010/11/la-agencia-internacional-de-la-energia.html

[2] Sobre los límites internos, que no abordaré en este artículo por cuestiones tanto de espacio como de concreción, considero interesante el trabajo de Robert Kurz, Roswitha Scholtz y el resto del grupo en torno a las revistas Krisis y Exit!

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