Amor Nuño y la CNT. Crónicas de vida y muerte, Jesús F. Salgado

[En francés más abajo]

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Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid, 2014

Argelaga

La memoria histórica del proletariado tiene en este libro riguroso, objetivo y documentado una verdadera aportación. El autor nos obsequia con una biografía del militante anarcosindicalista Ricardo Amor Nuño, figura poco conocida hasta hoy, y se adentra en los vericuetos de la represión sangrienta y arbitraria habida en la retaguardia republicana durante los primeros meses de nuestra guerra civil revolucionaria, descubriendo a sus auténticos responsables. Y por supuesto, sin obviar la implicación que pudo tener en ella el movimiento libertario. El triunfo de los leales a la República en Madrid llenó las cárceles de sospechosos, desafectos y sediciosos. En la capital además, quedaron libres, infiltrados o escondidos, miles de partidarios de la sublevación militar-fascista, lo que determinó una intensa labor policial y miliciana para contrarrestar su trabajo de información y sabotaje, labor que no vaciló ante medidas terroristas como los “paseos”, las “sacas” y las ejecuciones sumarias, amparadas por las más altas instituciones, cuando no directamente ordenadas por sus representantes. La defensa de la libertad y la legitimidad se avienen poco con el terror y pronto se convirtió en lugar común atribuir las matanzas a los “incontrolados” o a los anarquistas. Los historiadores académicos acostumbran a transitar por ese camino, donde se llevan la palma los narradores de tinte liberal o socialdemócrata, pasando por alto las pruebas o recurriendo alegremente a su manipulación. El premio a la ignominia corresponde a Jorge Martínez Reverte y a Paul Preston, que encontraron en Amor Nuño al chivo expiatorio ideal, militante de poca relevancia, bien muerto y olvidado. Así, un honrado luchador del Sindicato madrileño del Transporte que jamás manchó sus manos con sangre, moralmente íntegro, que salvó la vida a muchos perseguidos e hizo lo que pudo contra los desmanes, pagando su integridad con la muerte ante un pelotón de fusilamiento franquista, se ha visto convertido por obra de una infame fabulación digna del mejor estalinismo en un asesino despiadado, traidor a la causa, expulsado de su organización y huido al bando nacional. De esta forma escriben la historia los mercenarios. El objetivo es claro: limpiar la fachada del gobierno de la República y exonerar de la menor acusación a los socialistas y republicanos, que fueron quienes en aquellos tiempos ocuparon la mayoría de cargos y tomaron las fatales decisiones. El autor, Jesús Salgado, aporta pruebas testimoniales y documentales que no dejan lugar a dudas. El Estado republicano ha de presentarse inmaculado, defensor de la ley y el derecho, frente a los sublevados, verdaderos exterminadores. Pero eso no fue así exactamente.

Las ejecuciones sistemáticas en el bando leal comenzaron con la creación en agosto de 1936 del Comité Provincial de Investigación Pública por el Ministerio de la Gobernación y la Dirección General de Seguridad. También fueron creados comités de depuración en la policía, la guardia civil y los militares. Los comités, organizados bajo el Gobierno Giral, continuaron activos bajo el Gobierno Largo Caballero. Alrededor de la mitad de las muertes ocurridas en los seis primeros meses de la guerra fueron cosa del CPIP. Especialmente las ocurridas tras el incendio de la Cárcel Modelo, las del tren de Jaén y las de primeros de noviembre. Otras muertes caben achacarlas a los “incontrolados”, que no eran anarquistas, sino conocidos miembros de la policía, componentes de “brigadas” como la de Atadell, la del Amanecer, etc., o a patrullas comunistas que a veces esgrimían carnets de la CNT. “Incontrolados” era al principio de la guerra un calificativo que servía para designar a los grupos que escapaban al control de las organizaciones. Solamente en fases más avanzadas de la guerra el término se empleó contra las bases anarquistas que se resistían a la contrarrevolución encabezada por el PCE. Tan activos o más en la represión fueron diversos centros socialistas, ugetistas y comunistas, bien pertrechados de coches y armamento, con sus correspondientes “checas”. Por supuesto, la CNT también tuvo una checa (la del cine Europa), participó en los “paseos” y envió representantes a los comités depuradores. Hubo afiliados en las brigadillas del CPIP. Pero el número de muertos que se pueden colocar en la cuenta de los anarquistas es sensiblemente menor que el de sus competidores socialistas y comunistas, mayoritarios en Madrid y controlando todos los resortes administrativos. Muchos presos fueron ejecutados con ráfagas de ametralladora, arma fuera del alcance de los libertarios. En cuanto a los escasos representantes de la CNT en la policía y los comités, éstos obedecieron órdenes que emanaban del Ministerio de la Gobernación, del Ministerio de la Guerra o de la DGS, al frente de la cual se encontraba un miembro del partido de Azaña. La CNT no tenía una política de represión específica como la que tenía el PCE o la primera Junta de Defensa, claramente partidaria de “liquidar” y presidida oficialmente por el socialista Largo Caballero.

No hubo terror anarquista en la retaguardia, hubo terror gubernamental. Hasta el momento en que el Gobierno abandona Madrid, a él hay que señalar como responsable máximo de las masacres de derechistas en la capital. A partir del 8 de noviembre, la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja, comparte responsabilidad, que el 21 de noviembre de 1936 asume en su totalidad, cuando el dominio comunista es absoluto, siendo la decisión de los asesinatos obra de la Consejería de Orden Público, cuyo secretario fue Santiago Carrillo, funesto personaje al que el comanche Martínez Reverte trata de cubrir con su falsificación. Cierto es que Amor Nuño formó parte de la Junta, primero como consejero de Industrias de Guerras y luego como delegado de Transportes, hasta su dimisión en diciembre, y aunque desde sus cargos poco pudo contribuir a la represión, se le puede reprochar haber estado en una institución en nombre de la cual se cometían atrocidades. Eso es todo. No puede ser excusa el hecho de que la CNT pintara poco en la Junta, y menos en decisiones de esa índole. Tampoco se puede alegar en descargo de los responsables últimos de los crímenes la imposibilidad de actuar de otro modo, dado el furor asesino de los comisionados, puesto que un anarquista, Melchor Rodríguez, nombrado Director General de Prisiones en diciembre por Juan García Oliver, otro anarquista, Ministro de Justicia, con los escasos medios a disposición de su cargo, paró en seco las “sacas” y los fusilamientos en las tapias de los cementerios. Dicho sea sin intención de disminuir, ocultar o justificar el papel de los libertarios en la represión: solamente evaluarlo en su justa magnitud. Y condenarlo.

Argelaga, primavera 2015.

Amor Nuño et la CNT. Chronique de vie et de mort

La mémoire historique du prolétariat est dans ce livre rigoureux, objectif et documenté un véritable apport. L’auteur nous comble avec une biographie du militant anarcho-syndicaliste Ricardo Amor Nuño, figure peu connue encore aujourd’hui, et pénètre dans tous les recoins de la répression sanglante et arbitraire qu’a connue l’arrièr-garde républicaine pendant les premiers mois de notre guerre civile révolutionnaire, faisant découvrir ses véritables responsables. Et bien entendu, sans faire l’impasse sur l’implication que le mouvement libertaire a pu avoir. Le triomphe des « loyaux » à la République à Madrid a rempli les prisons de suspects, d’opposants et séditieux. Dans la capitale, en outre, des milliers de partisans du soulèvement militaro-fasciste sont restés libres, cachés ou infiltrés, ce qui a entraîné un travail policier et milicien intense pour contrecarrer leur travail d’information et de sabotage qui n’a pas reculé devant des mesures terroristes comme les «  promenades »meurtrières, les« sorties de prison » assassines et les exécutions sommaires, sous l’aile des plus hautes instances, quand ce n’était pas directement commandité par ses représentants. La défense de la liberté et la légitimité s’accordent mal avec la terreur et c’est vite devenu un lieu commun d’attribuer les massacres aux « éléments incontrôlés » ou aux anarchistes. Les historiens académiques ont pour habitude d’emprunter ce chemin, où les conteurs à coloration libérale ou sociale-démocrate remportent la palme, omettant les preuves ou les manipulant sans état d’âme.

Le premier prix à l’ignominie revient à Jorge Martinez Reverte et à Paul Preston qui ont trouvé chez Amor Nuño le bouc émissaire idéal, militant de peu d’importance, sitôt mort sitôt oublié. C’est ainsi qu’un honnête combattant du Syndicat madrilène du Transport qui n’avait jamais eu de sang sur les mains, moralement intègre, qui a sauvé la vie de nombreux hommes pourchassés, et qui a fait ce qu’il a pu contre toutes les dérives, payant son intégrité face au peloton d’exécution franquiste, s’est vu transformé par l’oeuvre d’une infâme affabulation digne des pires staliniens en un assassin sans pitié, traître à la cause, expulsé de son organisation et passé aux rangs des nacionales. C’est comme ça que les mercenaires écrivent l’histoire. L’objectif est clair : ravaler la façade du gouvernement de la République et exonérer de toute accusation les socialistes et républicains, qui ont été ceux qui dans ces temps-là, ont occupé la plupart des postes et ont pris les fatales décisions. L’auteur, Jesús Salgado, apporte des preuves avec témoignages et documents qui ne laissent aucun doute. L’État républicain se doit d’être présenté sans tâche, défendant la loi et le droit, face aux rebelles, véritables exterminateurs. Mais il n’en a pas vraiment été ainsi.

Les exécutions systématiques dans le camp des loyaux (à la république) ont commencé avec la création en août 1936 du Comité Provincial d’Investigation Publique par le Ministère de l’Intérieur et la Direction Générale de Sécurité. Ont également été crées des comités d’épuration dans la police, la garde civile et les militaires. Les comités, organisés sous le Gouvernement Giral, ont continué à être actifs sous le Gouvernement de Largo Caballero. Environ la moitié des morts survenues pendant les six premiers mois de la guerre ont été le fait du CPIP. En particulier celles qui se sont produites à la suite de l’incendie de la Prison Modelo, celles du train de Jaen et celles début novembre. Il convient d’attribuer d’autre morts aux « éléments incontrôlables » qui n’étaient pas anarchistes, mais bien des membres connus de la police, composant des « brigades » comme celle d’Atadell, celle de Amanecer, etc. ou des patrouilles communistes qui parfois brandissaient des cartes de la CNT. « Membres incontrôlés » était le qualificatif qui servait à désigner au début de la guerre les groupes qui échappaient au contrôle des organisations. C’est seulement au cours de phases ultérieures que ce terme a été employé contre les bases anarchistes qui entraient en résistance contre la contre-révolution dirigée par le PC. Aussi actifs voir davantage l’ont été différents centres socialistes, de l’UGT et des communistes, bien pourvus en véhicules et armement, avec leurs « checas » (police politique) correspondantes. Bien entendu la CNT a également eu une « checa » (celle du cinéma Europa), a participé aux dites « promenades » et a envoyé des représentants aux comités d’épuration. Il y a eu des affiliés dans les brigades volantes du CPIP. Mais le nombre de morts que l’on peut attribuer aux anarchistes est sensiblement inférieur à celui de ses concurrents socialistes et communistes, majoritaires à Madrid et contrôlant tous les ressorts administratifs. De nombreux prisonniers ont été exécutés par des rafales de mitraillette, armes non accessibles aux libertaires. Quant aux rares représentants de la CNT dans la police et les comités, ces derniers ont obéi aux ordres donnés par le Ministère de l’Intérieur, le Ministère de la Guerre ou la DGS, avec à son front un membre du parti de Azaña. La CNT n’avait pas une politique de répression spécifique comme celle qu’avait le PCE ou la première Junte de Défense clairement partisane de la « liquidation » et présidée officiellement par le socialiste Largo Caballero.

Il n’y a pas eu de terreur anarchiste dans l’arrière-garde, il y a eu une terreur gouvernementale. Jusqu’au moment où le Gouvernement abandonne Madrid, c’est lui qu’il faut signaler comme le plus grand responsable des massacres de « droitistes » dans la capitale. A partir du 8 novembre, la Junte de Défense de Madrid, présidée par le général Miaja, partage la responsabilité, qu’elle assumera entièrement le 21 novembre 1936, quand la domination communiste est absolue, la décision des assassinats étant l’oeuvre du Ministère de l’Ordre Publique, dont le secrétaire fut Santiago Carrillo, funeste personnage que le stalinien Martínez Reverte essaie de couvrir par sa falsification. Il est vrai que Amor Nuño a fait partie de la Junte, d’abord comme conseiller des Industries de Guerre et ensuite comme délégué aux Transports, jusqu’à sa démission en décembre, et même si dans les postes occupés il n’a pas pu contribuer beaucoup à la répression, on peut lui reprocher d’avoir appartenu à une institution au nom de laquelle des atrocités étaient commises. C’est tout. Le fait que la CNT n’ait pas pesé grand chose dans la Junte et encore moins dans des décisions de cette nature ne peut pas être une excuse. On ne peut pas argumenter non plus à la décharge des derniers responsables des crimes l’impossibilité d’agir d’une autre manière, étant donnée la fureur assassine des commissionnés, étant donné qu’un anarchiste, Melchor Rodriguez, nommé Directeur Général des Prisons en décembre par Juan Garcia Oliver, autre anarchiste, Ministre de la Justice, avec le peu de moyens à sa disposition arrêta net les « sorties de prison » assassines et les exécutions devant les murs des cimetières. Cela dit sans intention de minimiser, cacher ou justifier le rôle des libertaires dans la répression mais seulement l’évaluer dans sa juste proportion. Et le condamner.

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