El Catecismo Revolucionario. El libro maldito de la anarquía

el-catecismo-revolucionarioLa Felguera, Madrid, junio de 2014

Argelaga

En realidad, el título exacto de la obra es “Catecismo del Revolucionario” y contiene una visión jacobina de la conducta revolucionaria llevada al extremo. El principio de que el fin justifica los medios desemboca en una mezcla de fanatismo e inmoralidad que a muchos ha parecido repugnante y a otros ha seducido. Dostoyevski sería de los primeros; Servando Rocha, de los últimos. Por suerte, una oportuna reedición de Los Demonios nos facilita una lectura que puede servir de contrapunto literario a la del Catecismo en cuestión.

El grupo editor de La Felguera se ha caracterizado por publicar títulos y estudios que responden a una fascinación por el mal, por el crimen, el sacrilegio, el ocultismo, la magia, etc., siguiendo la tradición romántica de la redención por el pecado, prolongada por los surrealistas y por escritores no encasillables como Georges Bataille y Jean Genet. La Razón no lo explica todo, pues una parte de la naturaleza humana y social es irracional. En situaciones históricas particulares, cuando las convenciones sociales aflojan sus lazos debido al descrédito de las ideologías, las creencias o las religiones, puede surgir el monstruo que todos llevan dentro, con su secuela de horror y asombro. La liberación lleva consigo esta singular contradicción que pocos han querido ver, pero éste no es el caso de Servando. Su atracción por Nechaev, “el primer terrorista”, y en general, por todos los malditos, no tiene motivaciones positivas, ni se adentra en el terreno de la ética; es la atracción del abismo. Es la misma que sintió Bataille por Gilles de Rais y Breton por Lacenaire. Es en definitiva, un combate contra la incurable moralina que trata de cegar los caminos secretos y prohibidos de la revolución, cuya realidad es insoslayable.

Aclarado esto, vayamos por lo que creemos deficiencias de la edición. Empecemos por el concepto de “nihilista”, que Servando, siguiendo al autor de Los Demonios, reserva en exclusiva a los conspiradores satánicos cuya carencia de principios abriría la puerta a la permisividad absoluta. En suma, la generación perdida de la década rusa de los setenta del siglo XIX. El término saltó de la filosofía –donde existía dentro de la crítica al idealismo trascendente- a la literatura por obra de Ivan Turguénev, que en su novela Padres e Hijos, publicada en 1862, daba la siguiente definición: “Nihilista es la persona que no se inclina ante ninguna autoridad, que no acepta ningún principio como artículo de fe, por grande que sea el respeto que se dé a este principio.” Turguénev reflejaba el estado de ánimo de los medios intelectuales de su época y el conflicto de generaciones que sacudía sobre todo a las clases dominantes. Los jóvenes que rozaban los treinta años en 1840, rechazaban la tradición, el autoritarismo imperial, la servidumbre campesina y los prejuicios religiosos. Dice Bazárov, el personaje central de la novela: “Actuamos en virtud de aquello que consideramos útil. En los tiempos actuales lo más útil es la negación, por eso negamos.” La negación les llevaba a declararse ateos, materialistas, evolucionistas, demócratas, e incluso socialistas. Leían filosofía alemana y literatura científica. El escritor apuntaba pues a los Lavrov, Herzen, Bakunin, Belinski, etc., y en efecto, la figura de Bazárov se inspiró parcialmente en Bakunin, a quien conocía bien, así como el protagonista de otra novela suya, Rudin. Estos primeros nihilistas fueron los responsables espirituales, según Dostoievski, de esa otra generación sin talento ni instrucción, pero extremadamente enérgica y determinada, que a menudo saltaba la delgada línea entre la mistificación y la revolución, entre la estafa y la iluminación fanática: la generación del ascético “hombre nuevo”, del revolucionario “puro”, sin vida personal, ni ataduras amorosas o familiares, consagrado enteramente al sacrificio por la causa, idealizada en la novela ¿Qué Hacer? de Nikolai Chernichevski, que apareció tempranamente en 1863. La generación cuyo prototipo prosaico y real fue el primario Serguei Nechaev.

Un importante fallo de la edición a nuestro entender ha sido dejarse llevar en exceso –en este caso un poco ya es mucho- por las afirmaciones del historiador estalinista Edward H. Carr, hostil a Bakunin por obvias razones políticas. Por ejemplo, no todas las sociedades fundadas por Bakunin fueron ficticias; a decir verdad, ninguna lo fue. Otra cosa es que sus dimensiones no correspondiesen a las declaradas, pero, al menos, una de ellas, la Alianza de la Democracia Socialista, tuvo una importancia considerable. Mucho menos de recibo es la atribución de la autoría del Catecismo, parcial o total, a Bakunin. La cuestión no está definitivamente zanjada, pero cabría de tener en cuenta un argumento nada desdeñable, el de que las ideas del Catecismo no son las de Bakunin y sí las de Nechaev. Las pocas que podrían coincidir con el anarquismo no vienen expresadas en el lenguaje típico bakuniniano, brillante y filosófico, sino en otro vulgar y apagado. La observación de que Bakunin unos años antes redactara en Nápoles un “Catecismo Revolucionario” para su Fraternidad Internacional Revolucionaria no demostraría sino que el uso de la palabra “Catecismo” era relativamente corriente en los medios radicales. Por otra parte las ideas del catecismo napolitano no tienen nada que ver con las del catecismo nechaeviano. El historiador Michel Confino inclinó la balanza del lado de Nechaev al descubrir y publicar la carta que Bakunin dirigió a éste, donde hablaba de “tu catecismo” y diseccionaba y repudiaba su sistema jesuítico, que la edición tiene el acierto de incluir. Confino fue más lejos y estudió los testimonios de la agitación estudiantil donde apareció el famoso “Comité” de Nechaev. Éste, que también contó con la presencia de Piotr Tkachev, encarnación avant la lettre del bolchevique, no tenía demasiado alcance pero no fue una invención; es más, llegó a adoptar un “Programa de Acción Revolucionaria”, autoritario, elitista, jacobino, que propugnaba una toma del poder político y no a la inmediata revolución social. Fue escrito por Nechaev y Tkachev, autor éste en 1868 de un artículo titulado “Los hombres del porvenir y los héroes de la burguesía” que adelantaba tanto o más que el Programa mencionado las cualidades del “revolucionario del futuro” que luego veremos desarrolladas en el Catecismo. El tratamiento de la cuestión de la estructura organizativa quedaba pendiente de redacción y fue objeto de un nuevo documento, un “catecismo”, probablemente el que publicó Nechaev en Suiza con la ayuda de Bakunin. Aunque falte quizás la prueba documental definitiva, puede concluirse que la autoría de Bakunin es más que discutible, y que la de Nechaev es la más probable. Lo que no significa que los personajes de su estilo hayan sido ajenos a los medios libertarios. En las encrucijadas de la revolución española, por ejemplo, se dio con mayor frecuencia de la deseada la trasmutación del anarquista ético en burócrata sin escrúpulos. En ese sentido, el Catecismo del Revolucionario, sí que es el libro maldito de la anarquía.

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