La obsolescencia del hombre

AndersGüntherGünther Anders. La Obsolescencia del Hombre: (Vol. I) Sobre el alma en la época de la segunda revolución industrial, y (Vol.II) Sobre la destrucción de la vida en la época de la tercera revolución industrial. Pre-Textos, 2011. Publicados originalmente en 1956 y 1979 respectivamente.

Rafeta

El pasado año 2011 vieron la luz, por primera vez en castellano, los dos tomos que conforman la obra más completa y ambiciosa de Günther Anders: La Obsolescencia del Hombre, escritos fundamentales sobre las consecuencias de la Revolución Industrial.

El método empleado consiste en elaborar sus tesis a partir de exageraciones que puedan apuntar a la verdad, puesto que hay fenómenos que no se pueden identificar si no son amplificados, aún corriendo el riesgo de dibujar los contornos de un mundo exagerado. Tratará de trasladar los conceptos filosóficos a los hechos cotidianos: el consumo de mercancías, la producción en serie, la televisión, etc. dando a luz lo que él denomina una “filosofía ocasional”. Atrae la habilidad de combinar su bagaje intelectual con sus propias experiencias, en tesis llenas de creatividad y pesimismo. Sobre esta dualidad (que atraviesa toda la obra) entre lo académico y lo empírico, lo esencial y lo contingente, influyen sus estudios de filosofía bajo la tutela de Heidegger y Husserl, así como su trabajo de operario en una cadena de montaje en los Estados Unidos, entre otras vivencias.

Sin duda existen en esta obra algunas tesis principales, sobre las que el autor vuelve una y otra vez, que destacan entre las demás. La primera de ellas consiste en el concepto de “vergüenza prometeica” o, dicho de otro modo, el hecho de que no estemos a la altura de la perfección de nuestros productos. Esta “vergüenza” ante los aparatos que continuamente producimos, frente a los que ya somos sólo subsidiarios, se agranda en la medida en que les fallamos por la inferioridad de nuestras facultades (o mejor: prestaciones) en cuanto a fuerza, velocidad, precisión, logros intelectuales, etc. El inicio de uno de los Himnos Industriales Molúsicos no podría expresarlo mejor:

Si yo fuera uno de vosotros
ya no tendría que avergonzarme
me amoldaría con gusto
al eterno retorno.1

Le siguen unas extensas “Consideraciones filosóficas sobre radio y televisión”. En ellas defiende la idea de que mediante las emisiones se nos convierte no solamente en seres pasivos, sino que además la realidad es sustituida por la imagen, creando una confusión sistemática entre ser y apariencia. Esto tiene a su vez un nuevo impacto en los acontecimientos, puesto que tanto los cotidianos como los históricos se conforman cada vez más a las exigencias de la reproducción en masa. Sin duda, y a pesar de los años transcurridos, estas ideas tienen una relación directa con la actual “sociedad en red”.

Se opone rigurosamente a los argumentos que ven en los aparatos sólo medios y que, afirman, dependerá de su uso convertirlos en buenos o malos. Según el autor estos nos marcan a través de su estructura y su función. En el caso de la televisión, por ejemplo, lo que nos transforma no son tanto sus contenidos como el hecho de que no podamos participar, sino consumir sólo su imagen. Ahonda a su vez en los efectos sociológicos de dichos aparatos: los acontecimientos lejanos sustituyen a los cercanos e incluso a la propia conversación en el hogar; mediante su uso se potencia el consumo de masas que tiene lugar hoy, paradójicamente, de manera solitaria; al ser suministrados en casa, a diferencia por ejemplo del teatro o el cine, elevan exponencialmente la producción y el consumo de mercancías, etc.

Mención aparte merecen dentro de este mismo apartado sus apuntes sobre “fantasma” y “matriz”. Los hechos se nos suministran en forma de imágenes y sólo de forma unilateral, resquebrajando la recíproca relación natural hombre-mundo: no podemos responder a nadie, no podemos intervenir en los acontecimientos, luego aparecen como “fantasmas”. Pero no sólo solamente las noticias nos son suministradas, también la moda, la publicidad, etc. creando los modelos a imitar: la “matriz”. Y en nuestro afán por alcanzar dichos modelos, por llegar a ser “matriz”, también nos comportamos como “fantasmas”, es decir, como copias de la imagen. La publicidad masiva a través (no sólo) de la televisión y la radio entronca con la creación de nuevas y falsas necesidades, que empujan al consumo desaforado y a la creación de nuevos productos en un círculo vicioso.

En su ensayo sobre la obra de Beckett, Esperando a Godot, Ser sin tiempo ahonda en las premisas nihilistas que según su parecer rigen la era técnica: personajes sin mundo, los no-lugares, la desesperanza, la vida sin sentido (tema en el que redundará en el segundo volumen) y cómo la alienación domina también nuestro “tiempo libre”. Sus conclusiones parten de la realidad que viven los parados.

De aquí en adelante este primer volumen se centrará en exclusiva en la bomba nuclear y las implicaciones que se desprenden ante la posibilidad del apocalipsis, de esta situación nueva en que la humanidad tiene la posibilidad de autoaniquilarse. La vehemencia de sus análisis lo convierten, seguramente, en uno de los pocos autores que ha dado a la cuestión nuclear toda su profundidad, si es que podemos afirmar algo semejante.

Ante la vastedad de este nuevo “terreno filosófico”, a saber, nuestra existencia bajo el signo de la bomba, aparece un interrogante de proporciones inabarcables: si la humanidad subsistirá o no. A partir de esta terrible incertidumbre y de su inherente inconmensurabilidad, despliega una amplia tesitura de reflexiones y nuevas tesis. Fruto de la unión de estas con la idea de la “vergüenza prometeica”, nacen las siguientes palabras:

(…) los hombres de Estado, desde Truman a Kissinger y Carter (y los mass-media americanos en general), cuando hablan del peligro de la destrucción (atómica), nunca la llaman fin del género humano, sino en general fin de la civilización; o sea, de que lo que a sus ojos bajo ningún concepto tiene que quedar aniquilado, sino que ha de ser conservado en todo caso no es la humanidad con su pasado y su futuro, sino el mundo de los productos y medios de producción: los coches, las fábricas, los frigoríficos, las estaciones petrolíferas marinas, los radiocasetes, los cohetes intercontinentales, las centrales nucleares… que si eso sucediera, habrían existido en vano y para nada: una posibilidad que llena de pánico a estos abogados de la civilización, porque interpretan ese “final de las cosas” como el máximo derroche y, por tanto, como inmoral. (…) Si, a pesar de todo, estos “tecnócratas” (un título insuficiente) consideran digna de ser mantenida también la existencia de la humanidad, es sólo porque, a sus ojos, tiene que haber propietarios que impidan que los productos y los medios de producción subsistan sin dueño y sin sentido, o sea, de manera digna de lástima, una idea que infunde no sólo pánico, sino también compasión. (…) Si fuera necesario un testimonio clave a favor de “la obsolescencia del hombre”, aquí está.”2

El mundo, en su transformación, fuerza a hombres y mujeres a transformarse con él, pero esta metamorfosis nunca puede concluir puesto que los propios límites de nuestras capacidades lo impiden. De aquí nacerá otra de las ideas centrales, la del desnivel prometeico, a saber: que producimos más de lo que podemos imaginar y tolerar. “Ejemplo: hoy podemos planificar y, con ayuda de los medios de aniquilación producidos por nosotros, llevar a cabo la aniquilación de una gran ciudad. Pero imaginarnos ese efecto, concebirlo, sólo lo podemos hacer de manera muy deficiente.3 Y aún esta, es sólo una de las implicaciones ligadas a la “era de la bomba”, es decir, a la del industrialismo en su fase más avanzada. Como sistema totalitario ha logrado suprimir la dualidad entre “legal” y “moral”, mediante uno de los temibles imperativos del reino de la mercancía: “Lo que podemos hacer nos está permitido; no: lo debemos; no: lo tenemos que hacer”. De aquí se desprende la idea de que desde 1945 (desde Hiroshima y Nagasaki) vivamos en un estado de prórroga indefinida.

Sin duda debería existir alguna aplicación para todas estas teorías y es este un tema que indudablemente preocupó a su autor. Él, que no entiende eso de limitarse a teorizar académicamente y que encuentra “la inactividad incomparablemente más penosa que la más penosa actividad”, no iba a dejar de acercarse a dicho asunto. Se trata pues de un intento por “adelantar y superar” ese “desnivel”, por combatir al fin y al cabo, la alienación:

No basta con transformar el mundo. Eso lo hacemos sin más.
Eso sucede ampliamente incluso sin nuestro concurso.
También tenemos que interpretar esa transformación.
Y precisamente para transformarla.
Para que el mundo no siga cambiando sin nosotros.
Y no se transforme al final en un mundo sin nosotros.4

El segundo volumen profundiza en muchas de las conclusiones vertidas en el primero y, aunque aparezcan nuevas ideas, se presenta sobre todo como una extensión o apéndice de este.5 Una de sus tesis fundamentales se enuncia como sigue: que el sistema técnico ha pasado a ser un mundo que se encuentra por encima de nosotros y que por tanto, hemos dejado de ser sujeto de la historia para ser sólo “co-históricos”. Y que este proceso presenta una doble vertiente: se ha encargado de barrer las bases materiales y el acervo cultural que hacían posibles la supervivencia fuera de este y, al mismo tiempo, ha generado (mediante el suministro de todas las ideas y mercancías) una masa de individuos ciegos a su propio conformismo.

Estos dos conceptos, el de la técnica y el del conformismo, son temas centrales a lo largo de toda la obra. Sobre el primero afirma que la máquina ha convertido el producto en un medio de producción para producir otros productos y, en cuanto que domina efectivamente el mundo, es interiorizada por el alma humana. A su vez, como ya se ha dicho, argumenta que el peligro que nos amenaza no reside en su mala utilización sino que es inherente a ella.

En cualquier caso, ese carácter “total” que atribuye a la técnica nos parece por momentos algo exagerado, uno de los riesgos sobre los que habíamos advertido al esbozar su método. Tiene una fuerte tendencia a universalizar sus conclusiones, extraídas a partir de experiencias que tienen lugar principalmente en Estados Unidos y Europa y, aunque a veces diferencie entre “Este” y “Oeste”, añada el apéndice “al menos en los países desarrollados” o, ya hacia al final, asegure que no se puede hablar del mundo como un todo, no deja de referirse en todo momento a “nuestro mundo” como el mundo de los aparatos. No vamos a poner aquí en duda la inmensidad del “universo técnico”, pero si aún hoy, no ha logrado penetrar en todos los rincones del planeta, recordemos que cuando se publicó esta obra la población rural seguía superando en número a la urbana.

Esta magnificación le impide, a nuestro juicio, vislumbrar algunos de los límites con los que predeciblemente terminaría por encontrarse esta “nueva era”, factor que sorprende por el carácter (digamos profético) que acompaña al resto de sus páginas. Al afirmar de manera tan rotunda que “si hay algún quién de la historia, ese quién no somos nosotros, sino precisamente la técnica” y asumir esta tesis como “eternamente válida”6, soslaya todo aquello que la pueda limitar. Cabría pensar que de esta idealización se desprende el pasar por alto las contradicciones energéticas que subyacen al modelo industrial. Sin embargo el autor parece aferrarse a una ilusión cuando afirma: “El problema con que pronto nos veremos confrontados ya no será el de la escasez de energía, sino el del exceso de ésta.”7 Y aquí emplea una jerga con expresiones del tipo: “fuerzas naturales inagotables”, “recoger (la energía) llovida del cielo” o “fuentes de energía ilimitadas” que “brotarán gratis”. Curiosamente su crítica radical de la técnica y sus implicaciones termina por cegarle ante este aspecto central, más aún cuando dicho capítulo data de 1979, año en el que el debate acerca de las fuentes de energía y sus limites frente al modelo de crecimiento ilimitado se encontraba en pleno auge.

Un arma de doble filo es también su tendencia, casi obsesiva, por una teoría total (en el sentido de que explique todo) a partir de un solo tema: la televisión, la bomba atómica, la técnica, etc. Pues si bien cabe reconocer que en su afán por lograr una explicación sin fisuras, aborda cada cuestión minuciosamente y con una originalidad sorprendente, no es menos cierto que ese volver una y otra vez a los mismos lugares termina por resultar algo cansino y repetitivo. Y aunque se vanaglorie, hacia el final de sus textos, de no proponer ningún sistema filosófico, dicha tentación no deja de constreñir su pensamiento, puesto que la realidad se reproduce de manera mucho más amplia de lo que pueda abarcar ninguna teoría.

Profundizando aún más, si cabe, sobre los efectos de la alienación y la técnica sobre el “alma humana”, nacen sus reflexiones alrededor del conformismo y la libertad, o mejor, sobre la falta de libertad. El hecho de que ésta se nos presente como evidente, o sea, que no la notemos, no atenúa la gravedad del asunto y de facto, es así como se persigue el despojarnos de nuestro último saldo de libertad: el saber de nuestra no-libertad. “Estamos privados precisamente del sentimiento de estar privados y, de esa manera, somos en apariencia libres.”8 Al respecto no nos resistimos a citar el proceso circular que, según el autor, mantiene en pie la sociedad conformista:

Cuanto más integral es un poder, más muda es su orden.
Cuanto más muda es una orden, más obvia resulta nuestra obediencia.
Cuanto más obvia es nuestra obediencia, más segura resulta nuestra ilusión de libertad.
Cuanto más segura es nuestra ilusión de libertad, más integral es el poder.9

Ciertamente son muchos los temas y matices que van apareciendo a lo largo de los dos volúmenes que conforman esta extensa obra. Abarcarlos todos es algo que escapa de nuestras posibilidades y propósitos. No obstante no queremos cerrar esta modesta reseña sin conceder especial mención a los capítulos sobre el trabajo (y el paro) y la privacidad (y el control social), puesto que por su lucidez nos llegan, más que como una predicción lanzada desde una época pretérita, como un terrible diagnóstico de aplastante actualidad.

Al final, Anders, no pretende otra cosa que desentrañar los previsibles peligros del mañana, aquellos que se imprimen no ya en la esencia del ser sino en las vísceras de los aparatos, para arrojar un pequeño haz de luz que nos permita vislumbrar en qué seremos convertidos si no conseguimos detener su monstruoso brazo mecánico. Una llamada a la intuición y a la capacidad de interpretar que termina con un homenaje a los que fueron historiadores del futuro: Verne, Huxley, Orwell, Lem… Aunque como a aquellos, le mueva el ferviente deseo de que no se cumpla ninguno de sus pronósticos.

1. La Obsolescencia del Hombre (Vol.I), pág. 38.
2. La Obsolescencia del Hombre (Vol.II), págs. 280-282.
3. (Vol.I), pág. 256.
4. (Vol.II).
5. No está de más señalar que acusa el cambio en la traducción y que algunas de las notas al pie aparecen incompletas.
6. Ibid.pág. 280.
7. Ibid, pág. 388.
8. Ibid, pág. 61.
9. Ibid, pág. 150.

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