EDITORIAL#3: El crecimiento económico…

[Português]

Argelaga, noviembre del 2013

El crecimiento económico descansa en la mundialización de las finanzas y en la mercantilización del espacio público o común, incluida la de sus usos antaño libres. El territorio, como soporte de grandes infraestructuras (y también como segunda residencia, espacio lúdico, paisaje, reserva, vertedero, plataforma logística, fuente de producción de energía…) se convierte en pieza clave de la mercantilización total.

La cuestión social por excelencia no se plantea desde el terreno laboral, pues el trabajo es secundario en la valorización (en la conversión de un bien en mercancía), sino desde el territorio, porque la construcción de un espacio apropiado es fundamental en la constitución del mercado global. Pero eso también es su punto débil. La defensa del territorio cuestiona directamente la naturaleza de la globalización y obstruye su funcionamiento. Es pues el factor principal de la moderna lucha de clases. El conflicto territorial configura una nueva clase, una clase proletaria que se forma en la medida en que se excluye, en la medida en que disuelve esa valorización. En la medida en que no consume, no vota, no trabaja por un salario; en la medida en que se autoabastece, cuida su salud y se autoeduca. En la medida en que se ruraliza, o aún mejor, que establece relaciones directas con el campo, que crea una colectividad en el campo o conectada con él.

Desde el propio campo, o desde lo que queda de él, la defensa del territorio no constituye “un mundo”, un lugar de la conciencia, habitado por un sujeto histórico. El habitante del campo ha perdido la memoria, y, por lo tanto, se halla fuera de la historia. No existe como comunidad territorial real dentro de un espacio abstracto oficial, en conflicto con él. La hubo, pero ya no la hay. Lo rural es hoy subsidiario de lo urbano. Está de alguna forma urbanizado. Ha de recrearse para existir realmente y eso no puede hacerse sin oponerse a la urbanización, sin desurbanizar. Paradójicamente, eso no significa destruir lo urbano, ya destruido, sino volver a lo realmente urbano, al ágora. La lucha antiurbanizadora es tanto una lucha por el campo, como por la ciudad.

La primera contradicción del combate en defensa del territorio surge por el hecho de la concentración de la población en las conurbaciones o sistemas urbanos, donde los conflictos sociales suelen mostrarse como laborales, dentro de la economía, sin cuestionarla. La fuerza de trabajo ha de competir con la maquinaria, el ahorro y la eficiencia, por lo que la tasa de explotación puede aumentar sin que lo haga necesariamente la plusvalía. Esto es así porque el “valor añadido” a la mercancía no proviene de los bajos salarios, de la sobreexplotación, sino de la tecnología y la hipermovilidad. Los propietarios de la fuerza de trabajo, los obreros, no son prácticamente necesarios como productores, pero lo son, y mucho, como consumidores. Por un lado tienden a ser expulsados del mercado de trabajo, luego a desclasarse; por el otro tienden a ser integrados en el consumo, luego a atomizase y masificarse. Por eso, ya no combaten contra la explotación, sino contra la exclusión. Tampoco rechazan el estilo de vida consumista; simplemente no tienen otra opción que esforzarse en mantenerlo.

El conflicto laboral no trasciende inmediatamente el orden porque no cuestiona la dominación, ni la forma de vida bajo la dominación. Es un conflicto urbano, que obedece al modo de vida urbano enteramente sometido a los imperativos de la economía global. En el proceso de descomposición de la sociedad de masas, que es una sociedad urbana, se producen multitud de conflictos laborales y otros de índole similar (sobre pensiones, prestaciones sociales, hipotecas, pequeñas inversiones…) intranscendentes por sí mismos, contingentes, anecdóticos. Al reivindicar algo perfectamente plausible en el marco del sistema, se pide que el sistema funcione mejor, que la carga esté mejor repartida. El conflicto laboral no tiene solución extra laboral. Ninguna organización, y mucho menos una comunidad de lucha, nace de él. Es repetitivo, no acumulativo. No cuestiona el sistema capitalista, ni objetiva ni subjetivamente, sino que reivindica un sitio más holgado dentro de él, con mejores salarios, contratos seguros, horarios más reducidos y condiciones más gratas. Todo muy legítimo, pero si no se actúa contra el sistema no se forma una clase; la clase nace en lucha contra él. Y, al revés, no hay verdadera lucha de clases sin una clase luchadora, pero no puede existir tal clase sin conciencia de sí misma. El conflicto laboral no aporta esa conciencia. En general, sin un rechazo previo de las condiciones de vida impuestas, sin una voluntad de segregación, sin una separación entre “mundos”, no hay cuestionamiento posible, ni conciencia que valga. Dadas las actuales condiciones industriales y financieras, hoy la clase explotada o es antidesarrollista o no es clase. Los conceptos de mercancía, miseria, riqueza, explotación, exclusión, clase, etc., han de redefinirse desde la óptica del antidesarrollismo.

La verdadera crítica del régimen industrial y financiero apareció en la conurbación como crítica de la vida cotidiana (que es crítica del patriarcado y crítica ecológica), desligada tanto de una base territorial como de una base laboral. Esa separación de la praxis es un problema mayor que sólo puede superarse mediante la unificación de la crítica teórica, globalmente antidesarrollista, con los conflictos urbanos y territoriales. El factor consciente lo proporciona la propia irresolubilidad del conflicto en el marco del sistema. Solamente en ese sentido, las derrotas pueden ser victorias.

Las organizaciones, formales o informales, defensivas o constructivas, han de fijarse objetivos a corto plazo que superen los límites del sistema, de acuerdo con unos principios estratégicos adecuados. Para eso la lucha real obliga a prescindir de los órganos de integración como partidos, asociaciones legalistas y sindicatos. También ha de desconfiar de los movimientos sociales que no los cuestionen y prevenirse contra sus partidarios. Ha de adoptar estructuras horizontales, asamblearias, antiestatistas, impidiendo determinados mecanismos de obstrucción y de delegación. En el instante en que lo haga, podrá transformarse en una lucha por la comunidad urbana anticapitalista.

La violencia de dicha lucha no determina su radicalidad; es cien veces preferible la astucia. Si no se atiene a la autodefensa, la violencia no es más que una afirmación de impotencia: impotencia por organizarse autónomamente, impotencia por dotarse de medios eficaces, impotencia por separarse de condicionamientos políticos y sindicales, por no saber por dónde tirar, adónde ir. Es un acto de pura negación, desprovisto de pasión creadora. Se rechaza un sistema, pero no se afirma otro. No se construye sobre pura negatividad. Lo peor es que derive en estética individualista y trate de justificarse así, caminando en círculo y volviendo al principio. La cólera de la insatisfacción no puede transitar por caminos distintos de los de la conciencia, que son los de la praxis diaria. La respuesta no puede ir separada del objetivo y éste no puede limitarse a la destrucción.

La lucha social urbana ha de tratar de asimilar la problemática territorial y ver que el campo y la metrópolis son escenarios de un mismo combate. Esa confluencia implica la asimilación de ciertos elementos críticos nuevos asociados a la formulación de otro tipo de derechos (a la alimentación sana, al agua, al territorio, al aprendizaje libre, a la atención y cuidado solidarios, a la asamblea, a la defensa…). Se trataría menos de un nuevo código de leyes que de una suma de costumbres libres a reinstituir. Los elementos arriba aludidos más evidentes son la crítica del consumismo y la crítica de la política. El principal es la crítica del trabajo asalariado. Reuniendo todas las críticas en una, la cuestión de la desposesión moderna quedará replanteada. El antidesarrollismo deriva de ella.

El nuevo sujeto ha de encontrar su espacio, hacerse su espacio (su mundo), tanto en el territorio como en la conurbación. Ha de desertar de la conurbación y, o bien reocupar el territorio, o bien transformarla en territorio. A lo largo de esa deserción y de ese cambio, que nunca se producirán sin lucha (por el territorio, por la ciudad), se constituirá como clase. Pero no se formará en el lugar de trabajo, que es un no lugar, sino en la perspectiva de su abandono. No se construye en el acomodo, sino en la ruina.

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