Progreso y Revolución. A propósito de La Repoblación de José Ardillo

Portada-La-Repoblacion-BrulotJosé Ardillo: Madrid, 1961. Seudónimo de José Antonio García. Fué uno de los editores del boletín Los Amigos de Ludd y se encargó de la redacción del libro Las ilusiones renovables (Muturreko 2007). Es autor de la novela El salario del gigante (Pepitas de Calabaza, 2011). Ha publicado también un conjunto de textos en el folleto La respuesta del anarquismo a la ciencia (CMR 2011) y en los últimos años ha colaborado en publicaciones como Raíces, Cul de Sac, Ekintza Zuzena o Invierno.

Curro Rodríguez

En el mes de febrero de 2013, los compañeros de Brulot editorial nos obsequiaron con una nueva referencia para su catálogo de publicaciones. Fieles a su línea editorial, en la que como bien dicen no creen en mitos, ni en vanguardias, ni en líderes intelectuales (o de cualquier tipo). Pero sí creemos en una autocrítica que empieza en nosotros mismos, que es necesario retomar la formación y el debate político con un mínimo de seriedad;1 la nueva obra publicada de Ardillo escarba sutilmente en uno de estos aspectos que forman parte de la mitología de la teoría y, frecuentemente, tal y como ha demostrado la historia, buena parte de las prácticas revolucionarias. La Repoblación no es un ensayo de teoría política, ni siquiera un panfleto estructurado en unas cuantas tesis lúcidas de las que poder seguir sacando nuevos materiales de derribo de las condiciones generalizadas de desposesión que vivimos. La Repoblación nos hace llegar un mundo de reflexiones bajo el formato de novela, donde la ficción alcanza hasta el lenguaje que nombra la realidad que nos presenta.

El reino de Harzan y su particular deriva revolucionaria será el contexto general en el que Ardillo pone en escena toda una serie de reflexiones en torno al concepto de Revolución y sus operaciones, podríamos decir, de imposición sobre el entorno que pretende, valga la redundancia, revolucionar. La trama, lejos de presentarse con aires generalistas, nos es propuesta a través de las retinas henchidas de júbilo, pero también de fe por los acontecimientos, del joven Serban, furibundo revolucionario que no duda en sacrificar los escasos espacios de individualidad (una historia de amor quizás…) que el proceso revolucionario permite, en pro de las exigencias que un momento histórico de tal calibre impone. Porque es en este punto, donde precisamente el autor comienza a darnos una idea de lo que La Repoblación, y el proceso de deriva personal que caracteriza al protagonista, significa para la crítica radical y especialmente del concepto de Revolución.

En una entrevista publicada en el primer número de la revista “Un amargo declinar”,2 José Ardillo proporciona una de las claves que desarrolla como alma vertebradora en la trama de La Repoblación:

Estoy desengañado de ese espíritu revolucionario. ¿De qué hablamos cuando hablamos de “revolución”? Los ejemplos históricos que tenemos del fenómeno revolucionario no nos dan muchas pistas para orientar nuestra acción en el presente. ¿Qué tiene que ver nuestro momento histórico con 1936, 1917, 1904, 1871, 1848…? A no ser claro, que queramos hablar de manera retórica de la revolución.

Porque es precisamente de la realidad revolucionaria, además de las imposiciones de la retórica de lo que Ardillo habla en su libro. De este modo, siguiendo la regresión cronológica que el autor cita, encontraríamos quizás el paradigma en que la obra revolucionaria y la ideología del Progreso comienzan su andadura histórica de forma conjunta: la Revolución Francesa. Es precisamente a partir de 1789 y muy especialmente en la etapa napoleónica, cuando la idea de Progreso3 se transforma en la nueva razón de estado, la nueva piedra de toque de la burguesía como clase dominante, y donde posiblemente La Repoblación tenga su símil histórico mas cercano. El estado burgués, se dedicó a colonizar cualquier aspecto de la vida que pudiera escapar a la lógica del modelo que el capital llevaba imponiendo desde al menos hacía trescientos años. Por tanto, un objetivo claro, común a todas las revoluciones burguesas y/o liberales decimonónicas, fue liquidar cualquier vestigio de vida tradicional, campesina, indígena o forma de vida mínimamente autónoma y alejada de las nuevas premisas que la dictadura de la mercancía y la ideología del Progreso se afanaban por imponer. Una legión de funcionarios y oficiales del estado se diseminaron por todos los rincones de las nuevas naciones-estado. Ingenieros, profesores, militares, técnicos y especialistas, eran la punta de lanza de esta operación basada en las nuevas exigencias de la cuantificación y el control estadístico. Un paso más hacia lo que el Iluminismo, la ciencia positiva y el conjunto de las doctrinas liberales ya venían predicando desde antes de la Revolución.

La historia de la etnografía nos da un buen ejemplo de lo que el Imperio Napoleónico se propuso como meta para consolidar su proyecto de dominación. Ya desde los tiempos del Consulado, la labor de control administrativo de todo el territorio francés comenzó a ser exhaustiva. Tal y como demuestra Marie-Noelle Bourguet,4 las campañas de encuestación y trabajo estadístico que el estado francés comenzaba a desarrollar, tuvieron un fin claro, construir la nación, forjar su unidad. Aunque claramente parece un tópico de la era de los nacionalismos, ese edificio por construir, el de la nación francesa, tenía unos cimientos bastante bien definidos, y tal como cierto prefecto de Aude, un tal Barante indica, en un gran imperio, las costumbres, las formas de vivir y de alimentarse, varían infinitamente de una provincia a otra… Para comparar con exactitud las riquezas de dos países diferentes, hay que saber no solamente con cuánto de ella se alimenta a sus individuos, sino cómo se alimentan. Las necesidades del mercado ya no sólo se circunscriben a las ferias regionales de antaño, ahora el estado-nación apremia a sus funcionarios para detallar las riquezas que el territorio contiene y puedan ser susceptibles de ser convertidas en mercancías. Y es precisamente la experiencia que se deriva de esta labor administrativa y de investigación, la que podemos encontrar descrita en el relato de Ardillo. Ese cómo se alimentan, será uno de los ejes transversales sobre los que se monta todo el argumento de la novela. Y del mismo modo, el diario de campo del que se sirve el protagonista, se asemeja a los cuadernos de estos funcionarios napoleónicos que vagan por los rincones de cada provincia, de cada prefectura como punta de lanza de las huestes del Progreso, de los vástagos de la Revolución.

Al igual que ese funcionario del Imperio Ruso descrito en la novela de Vladimir Arseniev, Dersu Uzala, que llega a los confines del oriente ruso en misión de exploración, Serban recibe un mandato, un encargo de manos del aparato burocrático que la Revolución ha creado. De idéntica manera que este oficial ruso, Serban tiene que asumir desde su llegada a los territorios del Molh Dar, que la vida no se desarrolla de la misma manera en un manual agronómico, en un cuaderno etnográfico o una estadística oficial, que en la vida real de las gentes y sus costumbres. La Revolución y el Progreso imponen lo que la dignidad de las personas y sus maneras de vivir autónomas niegan. Y este es otro de los aspectos referenciales que La Repoblación muestra en sus páginas: una fenomenología de la experiencia mediatizada por la dominación burocrática.

Sin duda, otro de los ejemplos paradigmáticos en la historia de las revoluciones y sus concepciones del Progreso nos lo muestra el caso de la Revolución Rusa. Pero, aunque podríamos ceñirnos a los ejemplos que la historia de la etnografía soviética nos proporciona, es quizás en el ámbito de la literatura en donde las experiencias de la duda existencial determinadas por el proceso revolucionario se hacen mas patentes. Los escritores rusos que vivieron los grandes levantamientos revolucionarios desde 1905 no sólo reflejaron en sus obras las nuevas contradicciones que la Revolución imponía, sino que vivieron en primera persona, y muchas de las veces como una experiencia traumática, estas diatribas. Unos de estos autores, y quizás el más representativo en torno a la crítica de la imposición técnica y burocrática de la Revolución, fue Evgueni Ivánovich Zamiátin. Su novela Nosotros, es todo un alegato en contra de la deriva despersonalizadora de cualquier revolución social, muy especialmente en lo concerniente al mundo de la tecnificación, la industrialización ciega y, por qué no decirlo, al Progreso, tal y como la Rusia soviética lo heredó de la tradición y el pensamiento burgués. Fuera, o en los márgenes de la Proletkultura, autores como Gorki en un primer momento, Blok, Mayakovski, Esenin o Ana Ajmatova, experimentaron la sensación de vacío que la Revolución no podía llenar, o que más bien les hacía padecer. O los escritos críticos con el industrialismo del temprano leninismo y su nep, como El Bosque ruso de Leonid Maximovich Leonov:

Preguntado acerca de si los escritores soviéticos reflejaban en sus obras el fabuloso desarrollo científico, Leonid M. Leonov contestó a un periodista yugoslavo: “Yo divido a los intelectuales en dos categorías: los físicos y los líricos. Unos son naturalistas, sabios en Ciencias Exactas; los otros crean en el campo humanista. Entre los científicos se encuentran grandes figuras como Einstein, De Brogli, Niels Bohr, Robert Wiener. Menciono estos hombres para rendir el debido respeto a ellos y a su obra. Pero si los científicos trabajasen sin humanistas su trabajo podría ser dañoso para la humanidad. Todo este saber se verifica en el hombre y en el niño. Los sabios consiguen grandes descubrimientos sin pensar en ello. En los grandes momentos hace falta mirar a los niños en los ojos. Cuando los sabios crearon la bomba atómica no pensaban en la mirada infantil de los niños sino en otras cosas”.5

O los rebeldes de las novelas de Yuri Olesha, en donde encontramos las mismas dudas con respecto a la era tecnológica y de masas:

No temas ‒Dice Goncharova expresando la doble relación de su autor frente a la realidad–. ¿Es que crees que estas rudas lamentaciones están movidas por la falta de alimentos? No temas. No se trata de ello. Se trata de los crímenes contra la persona humana. Hay muchas cosas en la política de nuestras autoridades con las que no puedo conformarme. Ven. Mira: aquí está en la otra mitad la lista de hechos beneficiosos. ¿Crees que no comprendo los beneficios del poder soviético? Ahora unamos las dos mitades. Esta soy yo. ¿Comprendes? Este es mi temor, mi delirio. Dos mitades de una misma conciencia, la confusión, que me enloquecerá… No soy contrarrevolucionaria. Soy la persona humana del mundo antiguo que discute consigo mismo. (Brajnovic, 1975, pág. 142).

Fácilmente podrían ser fragmentos sacados de las reflexiones existenciales que pueblan la novela de Ardillo y que, de alguna manera, apuntan a un problema no resuelto en la relación que surge en cualquier proceso revolucionario con la ideología del Progreso. Y como bien menciona el autor en la entrevista para la revista “Un amargo declinar”, hay que tener en cuenta que muchos radicales que están en contra del capitalismo o de la forma-Estado no plantean problemas a los avances del Progreso. Ahí está el error…

Por eso, una de las inquietudes críticas de José Ardillo navega en esta dirección, desvinculando la retórica de las concreciones históricas, aunque sea mediante la ficción literaria, o el ensayo histórico. Un buen ejemplo es el artículo “La respuesta del anarquismo a la ciencia”. Porque siendo evidente que la revolución que nos muestra en La Repoblación, ciertamente no es fruto de las ideas libertarias, es notorio que el ámbito del anarquismo y sus concepciones ideológicas no quedan fuera del marco crítico anteriormente expuesto. La idea del Progreso no sólo se hizo un hueco en el mundo del anarquismo como contraposición maniquea al oscurantismo del Antiguo Régimen. La fe en la ciencia frente al pensamiento doctrinario de la religión, no enmascaraba otros aspectos también sujetos a la influencia de este modelo ideológico. El afán por el productivismo,6 el empeño por la adopción del positivismo como dogma científico, o la copia lisa y llana de las teorías criminológicas y psiquiátricas burguesas,7 son claros ejemplos de cómo el anarquismo ha asimilado hasta nuestros días el discurso del Progreso material como algo propio. Y como bien afirmaban en un texto Los Amigos de Ludd, colectivo al que perteneció el propio Ardillo, reflejando las contradicciones inherentes al pensamiento libertario sobre este asunto:

A los anarquistas les espantan las minas y las ciudades llenas de polución, el estrés de las grandes urbes y las cadenas fabriles de montaje. Del progreso sólo desean conservar el producto acabado: la avioneta eléctrica que pasa silenciosamente por el cielo limpio.8

Es por tanto este muro ideológico el que grosso modo, y salvando las generalizaciones, sigue atenazando el pensamiento anarquista a la hora de hacer frente a un lastre semejante en el análisis y la crítica social e histórica. Un peso muerto, primero importado del pensamiento burgués y después generalizado por todo el izquierdismo, que el anarquismo ha hecho propio en no pocas ocasiones y del que, salvo honrosas excepciones, no se ha sabido librar para avanzar en una idea propia de Revolución. La Repoblación es pues un relato imaginario, una fábula, pero una fábula que intenta combatir esa idea tan extendida de que la historia progresa siempre en un sentido favorable a la humanidad.

 

1. Desde Abajo y desde afuera. Miguel Amorós. Brulot 2007.

2. Un amargo declinar. Energía y totalitarismo ecológico. Invierno. 2012.

3. Para una visión histórica de la evolución de la idea de progreso: La idea del Progreso. John B. Bury, Alianza. 1971. Y para una crítica de la idea del Progreso: Revista Cul de Sac, #1, Novimiembre 2010.

4. “Prefectos en el campo. Una etnografía administrativa de la Francia del 1800”, en Britta Rupp-Eisenreich, Historias de la Antropología (Siglos XVI-XIX). Júcar.1989.

5. Citado en Luka Brajnovic. Literatura de la revolución bolchevique (pág. 113). EUNSA. 1975.

6. Véase “Hacia una historia de la aversión de los obreros al trabajo. Barcelona durante la revolución española. 1936-39”, Michael Seidman. www.sindominio.net/artaldetikat/textos/aversion.html

7. Recomendamos el artículo publicado en el boletín Enajenadxs #6 , “Violencia, locura y miserabilismo intelectual”, especialmente el punto que habla del anarquista Diego Abad de Santillán. es.scribd.com/doc/49217952/ENAJENADXS-Salud-Mental-y-Revuelta

8. “Utopistas y anarquistas frente al control de la energía” (pág. 80), en Las ilusiones renovables. Los Amigos de Ludd. Muturreko burutazioak. 2003.

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